viernes 7 de agosto de 2020

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Opinión

Prioridades que describen el temor frente a la crisis

La economía de la pandemia está peor de lo que el Gobierno nacional admitía y la salud está peor de lo que el Gobierno nacional esperaba.

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Al escritor Tomás Eloy Martínez nunca dejó de sorprenderle cómo una frase ficticia que usó en su novela sobre Juan Perón se independizó hasta devenit una creencia irrefutable. Puso en boca de Eva Perón las palabras que ella habría susurrado al oído de su futuro esposo, en enero de 1944, cuando se conocieron en un festival benéfico. Como un recurso literario para hacer creíble su narración, Martínez dijo que la frase podía leerse en los labios de Eva en unas viejas imágenes filmadas y guardadas en los Archivos Nacionales de Washington DC.

Esas imágenes existían; la frase era ficción. Al tiempo, la vió escrita en mármol, en un museo. Escribió algunas notas periodísticas aclarando que era falsa. Lejos de convencer, lo criticaron por cuestionar una verdad histórica. La situación le permitió a Martínez entender que la ficción y la historia se escriben para corregir el futuro. “Para situar el porvenir en el lugar de los deseos”.

Cristina Fernández vacila incómoda en esa encrucijada: reescribir la historia para situar su porvenir.  Aunque en diciembre pasado declamó con energía que la historia ya la absolvió de las múltiples imputaciones en su contra, con esa grandilocuencia no convenció nadie. No la creyó ni ella misma. Desde entonces, su única agenda política -en medio de una crisis que angustia al pueblo que dice representar con dimensiones míticas- es la agenda de tareas pendientes para que aquella oración ampulosa se torne performativa: que concrete algo. Que consagre su absolución.

No sólo para evitarse algunas condenas graves necesita Cristina que se reescriba la historia. También para hacer posible la continuidad de su proyecto político. Es la condición imprescindible para situar al kirchnerismo en un momento futuro (el lugar que algunos sugieren para su hijo Máximo). Para esa transición imaginó el gobierno de Alberto Fernández y obtuvo una exitosa validación electoral.

¿Por qué entonces presionó hasta la torpeza de formar una comisión evaluadora de la Corte Suprema de Justicia con el nombre y apellido de su abogado defensor? Hasta sus seguidores quedaron sorprendidos con ese traspié en el tempo.¿Tanto necesita ampliar sus fueros la política que en 90 días hay que reformar la Corte Suprema, detonar Comodoro Py, descabezar los tribunales orales, hacer un revoltijo con el Consejo de la Magistratura, extender el sistema acusatorio sin ninguna consideración presupuestaria y destituir la jefatura del Ministerio Público Fiscal?

Hay una sola respuesta posible: el kirchnerismo teme que se le esté escapando de las manos el momento histórico posible para reescribir el pasado, que es su única chance de proyectar el futuro. Y ese temor nace de la profundidad de una crisis social inesperada.  Eso explica, entre otras cosas, que las banderas levantadas por el oficialismo cuando la intervención a la cerealera Vicentin hayan sido arriadas sin pudor y a las apuradas. Y que el Gobierno resolviera abandonar las proclamas glamorosas sobre soberanía alimentaria para concentrarse en impunidades más pedestres y concretas: una amnistía tributaria en el Congreso para salvar al empresario Cristóbal López; un cerco de hostigamiento sobre los jueces en la causa de los cuadernos.

Las nuevas prioridades del Gobierno describen con precisión sus temores frente a la crisis. Hasta hace un tiempo, la emergencia sanitaria era aquello que había salido más o menos bien. Pero el aumento incesante en la cantidad de víctimas, la extensión ilimitada de la cuarentena y la expansión de contagios que no cede, han puesto en duda algo que el oficialismo ya había facturado como un éxito propio. La dicotomía entre economía y salud que se intentó instalar al inicio de la cuarentena se está saldando del modo menos conveniente. La economía de la pandemia está peor de lo que el Gobierno admitía y la salud está peor de lo que el Gobierno esperaba.

Alberto Fernández percibe de a ratos ese laberinto. Prometió 60 medidas económicas urgentes. No fueron tan urgentes como la agenda judicial de Cristina. El Presidente también apura al ministro Martín Guzmán para que cierre un acuerdo con los acreedores externos. Un proceso que se alarga en espejo con la cuarentena. Guzmán quedó atrapado en su diagnóstico. La economía global se desploma tal como lo advirtió. Pero la reacción fue centrípeta. Los países centrales usaron sus recursos para restañar sus propias heridas. No salieron a rescatar morosos seriales. El FMI envió esta semana un mensaje firmado por tres de sus técnicos: Vitor Gaspar, Martin Mühleisen y Rhoda Weeks-Brown. La expansión del gasto fiscal durante la pandemia incrementó los riesgos de corrupción. “Gasten lo que quieran, pero guarden los recibos”, dijeron en un artículo sobre las reformas de largo plazo necesarias para afrontar la pospandemia.

Nada más opuesto a ese consejo que poner al abogado personal de la vicepresidenta a custodiar a la Corte de Justicia, en nombre de la seguridad jurídica. Es una contradicción que no debería sorprender. Lo decía Eloy Martínez, por aquella frase en el mármol que nunca fue realidad: vivimos en una región donde hasta la historia y la política nacieron como ficciones.