Milei, el devorador de pecados

Javier Milei ha logrado ser un político al que no se lo ve como tal sino como una mezcla de predicador religioso y showman cumbiantero. Sin nada que decir a gente que no quiere que le digan nada, sino que le permitan gritar en conjunto su indignación.

Milei, el devorador de pecados
Acto de Javier Milei.

Los datos objetivos, el clima social, la degradación política, el vacío de poder y la anarquía incipiente, hacen inevitable comparar este momento del país con aquel acontecido durante 2001 en los meses previos a la debacle de diciembre. Se vive una sensación de fin de algo que no se sabe bien qué es, pero que parece no dar más. Y el sentimiento antipolítico de la gente es tan grande como en aquel entonces, solo que por ahora, a falta de un sustituto del corralito, no se expresa en las calles.

Pero también hay tres diferencias esenciales que juegan a favor de este momento. El gobierno de Fernando De la Rúa en los hechos culminó varios meses antes de diciembre. Primero, cuando su vicepresidente Chacho Alvarez renunció acusando al gobierno de corrupto. Segundo, cuando los atentados a los torres gemelas el 11S hizo que Estados Unidos dejara de ayudar a través del FMI a la Argentina. Y tercero, cuando un par de meses antes de la caída, en las elecciones legislativas que ganó el peronismo, éste se apoderó de la conducción del Congreso con lo cual se ofrecía como sustituto del gobierno en desgracia.

Hoy, felizmente, ninguna de esas tres cosas ocurre. La vicepresidenta Cristina Fernández piensa del presidente Alberto Fernández lo mismo que Chacho Alvarez pensaba de De la Rúa, o peor, pero a diferencia de aquél, ni se va ni rompe con el gobierno. Los Estados Unidos esta vez no están dispuestos a abandonar a la Argentina y por eso el FMI se ha convertido en el respirador, el salvador económico de este gobierno en terapia intensiva. Y en tercer lugar, el que gobierna es el peronismo, o sea que no tiene enfrente una oposición destructiva como la que suele ejercer el peronismo cuando el que no gobierna es él.

En tal sentido, podría decirse que en comparación con De la Rúa, Alberto viene comprando el tiempo suficiente para finalizar su gestión en las fechas institucionales. Sin embargo, la similitud con el 2001 sigue avanzando, con un gobierno nacional donde mandan tres enfrentados entre sí, por lo cual no manda nadie. Hay, efectivamente un vacío de poder que conduce a la tan temida anarquía si no se lo para a tiempo. A confesión de parte relevo de pruebas, el ex ministro Ferraresi dijo que si no asumía Massa en el ministerio de Economía, se iban todos en helicóptero, Y ahora que parece que el efecto Massa se desvanece, el riesgo de otro helicóptero se evitó viajando a Estados Unidos en procesiones paralelas Sergio y Alberto, uno a hablar con el FMI y otro con Biden para ir a pedirles prestado el tiempo hasta diciembre de este año. Habrá que ver si con esto alcanza.

Luego del triunfo legislativo de 2021, Juntos por el Cambio en vez de dedicarse a preparar un plan de gobierno para sustituir bien preparado a la actual gestión en 2023, liberó todo un feroz internismo y eso decepcionó a mucha gente que sustituyó su esperanza de cambio por el prejuicio de “que son todos iguales”. Ahora la oposición se ha moderado y el renunciamiento de Macri ayudó bastante a ello. Pero el gobierno se desmadró enteramente, más divididos no pueden estar, están conduciendo un barco en estado de naufragio por irresponsabilidad de los capitanes.

Esas defecciones de las principales fuerzas políticas han hecho crecer de una manera prodigiosa a una extraña criatura que apareció antes pero que en estos últimos dos años se ha vuelto una alternativa real de poder. Un hechicero, un mago, un pastor evangelista... un devorador de pecados al revés.

El devorador de pecados es un personaje con reminiscencias bíblicas pero que existió realmente en la Inglaterra del siglo XVII: cuando una persona fallecía, llamaban al “comepecados” para que absorbiera en su interior los pecados del muerto y éste pudiera ir tranquilo al paraíso. Pero con eso, el devorador vendía su alma, se condenaba eternamente a cambio de una recompensa pecuniaria que le daban los deudos del finado. Era una especie de chivo expiatorio que pagaba con su cuerpo o con su alma los pecados de los demás.

Milei es un devorador de pecados pero al revés, porque cada vez que la clase dirigente, la casta según él, comete un pecado (y comete uno, dos o mil todos los días) él se lo come, pero en vez de entregar su alma o de sufrir en su interior el castigo por los pecados ajenos, esos pecados lo hacen engordar, lo hacen más fuerte y poderoso. A más pecados de la clase dirigente, más pecados devora Milei y dentro suyo los transforma en poder para atacar a los malignos. A cada pecado de la clase dirigente un nuevo elector a favor de Milei.

A diferencia de 2001 ahora no cae en saco roto el odio o la bronca contra la política y/o los políticos. Se canaliza en Milei que logra venderse como un hombre que nada tiene que ver con la política o mejor dicho con el resto de los políticos. Ya no se necesita el voto en blanco, lo sustituye Milei que es lo mismo pero con posibilidad de ser elegido. Él sigue las tendencias de la sociedad, no tiene programas de gobierno sino propuestas “troskistas de derecha” porque son irrealizables y nunca se lograron concretar en ningún lado, pero que nadie de los que lo vota escucha porque lo que les interesa es su actitud furiosa, milenarista contra toda la política.

Como Trump o Bolsonaro es un producto de la nueva época globalizada donde los Estados nacionales tienen muy poca posibilidad de cambiar la realidad y entonces los políticos que los conducen cuando no tienen el aliciente de mejorar la vida de los demás, al menos usan al Estado para mejorar la suya propia.

La gente con vocación de cambio de verdad, se va a otras áreas de la realidad donde es posible influir en la revolución sociotecnológica quizá más importante de toda la historia de la humanidad. Frente a ello el poder político convencional está a años luz y no sabe qué hacer. Lo único nuevo que ha incorporado la política en la Argentina es algo malísimo: que en su mundo cerrado, cada vez más alejado del resto de la sociedad, quien entra logra la suficiente influencia para crecer en una sociedad que en todos los demás ámbitos decrece. La política deviene una corporación aislada pero un buen negocio. Cualquier empresario o cualquier emprendedor que quiere triunfar debe recurrir, más que a su trabajo o a la libre competencia, a los favores del poder de turno.

En consecuencia, aparece la magia como reacción ante una casta que progresa solo ella, que nada más busca salvarse a sí misma en vez de salvar a la sociedad y la sociedad se da cuenta. Entonces los hechiceros y brujos pululan. Y a la sociedad no le queda más remedio que creerles. Trump le prometió a EEUU volver a un pasado irremontable a los que no se habían podido colgar del tren del progreso. Hoy existe un mundo tripolar, donde uno de los polos está formado por ciudadanos del mundo que es el de la alta tecnología. Un segundo polo es el mundo corporativo de la política que utiliza lo que queda del poder nada más que para satisfacer a sus propios miembros. Y en el tercer polo hay una sociedad que puja por no quedarse afuera de todo y cuando no puede reacciona con furia e impotencia creando los bolsonaros o los trumps.

En la Argentina hemos pasado de “mi hijo el doctor” a “mi papá el político”. Antes el mérito, el esfuerzo y el trabajo eran los elementos de promoción social de donde salía el hijo universitario que en una generación elevaba socialmente a toda su familia. Hoy lo es formar parte de la casta siendo el papá político el que le deja en herencia a sus hijos las ventajas corporativas de pertenecer a un poder sin poder para cambiar la realidad, pero con suficiente poder para cambiar sus vidas personales y familiares.

Argentina se está trumperizando o bolsonarizando luego de 16 años de un gobierno esquizofrénico que en nombre de una izquierda demodé prometió un retorno del ascenso social pero lo único que logró fue, como ningún otro gobierno, el descenso social para el pueblo en general. Hoy el pueblo se lo quiere cobrar. Y Milei es uno de sus instrumentos, mucho más efectivo que el voto el blanco porque el voto en blanco no se cuenta y el de Milei sí. Milei promete expulsarlos del templo para hacer entrar al mismo al resto de la sociedad. Aunque lo más probable es que entre él solo y los suyos y siga dejando a los demás afuera porque no parece tener la propuesta para desarrollar la Argentina sino solo para canalizar la bronca. Es un vengador no un constructor. Pero ha logrado ser un político al que no se lo ve como tal sino como lo que hoy está de moda y que tan bien muestra la miniserie argentina “El Reino”: una mezcla de predicador religioso y showman cumbiantero. Sin nada que decir a gente que no quiere que le digan nada, sino que le permitan gritar en conjunto su indignación.

En situaciones extraordinarias de vacío de poder el peronismo fue en democracia el gran sustituto mágico, cambiando de identidad de acuerdo a los tiempos sin el menor escrúpulo y con la misma gente. Menem tuvo la misma actitud de predicador religioso de Milei prometiendo delirios. Y luego Kirchner vino a negar todo lo que se hizo Menem (y él con Menem) estatizando horriblemente lo que Menem privatizó horriblemente. Hoy el peronismo anda buscando otro pase mágico para ver si sigue sobreviviendo como cáscara vacía capaz de incorporar cualquier ideología dentro suyo mientras le permita seguir manteniendo el poder. Milei sería el personaje ideal para que encarne al nuevo peronismo si hubiera surgido de dentro suyo. Y eso le daría una enorme posibilidad de ser presidente, algo que desde afuera se le hace mucho más dificultoso, pero no del todo imposible si seguimos decayendo.

En síntesis, Milei ha crecido de los pecados ajenos, se los devora pero no para liberar a los pecadores del castigo divino sino para engordar él con ellos. A más pecados que comete “la casta”, él más crece, Hace dos años que no para de crecer raudamente. No gana por lo que piensa sino porque es un sustituto por ahora bastante irracional a la irracionalidad reinante. La anarquía pide orden, el desgobierno pide gobierno, la falta de poder pide reconstrucción del poder. Si la gente ve a los de Juntos por el Cambio demasiado débiles para ello, o demasiado divididos o demasiado implicados en la casta, les va a costar llegar o aun llegando gobernar. A Milei también porque no tendrá la elite para manejar el poder legislativo y porque además los que están afuera de la política cuando entran en ella (según la experiencia de estos últimos 40 años) suelen ser peores que los que están adentro.

Milei es un síntoma, una reacción que ha encarnado en una propuesta incipiente de poder. Ideológicamente es Bolsonaro, es Trump, es Viktor Orbán el primer ministro de Hungría, es Vox de España. Es Steve Bannon. el mentor de las ideas de Trump. Es Murray Rothbard el anarcocapitalista norteamericano que propone rematar los órganos del propio cuerpo si uno necesita dinero.

Pero nada de eso le importa a sus crecientes votantes. Milei les propone a todos los ciudadanos armarse en defensa propia contra los delincuentes, aunque es bien sabido que si se enfrentan a los tiros un ciudadano honesto y un malandra, éste le ganará casi siempre. Y si el vecino decente mata al malandra, irá a la cárcel o deberá sufrir la venganza de los familiares del criminal. Sin embargo, Milei quiere convertir a la Argentina en un far west armando a las personas pacíficas, aprovechando la bronca de los que se sienten indefensos frente a un estado impotente o cómplice. Les promete venganza, no justicia. Saciar la bronca y el odio que razonablemente han acumulado. Pero a las armas las carga el diablo. Y no sólo a las armas.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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