El presidente ya no juega, ¿vuelve la polarización?

Cristina quiere menos piquetes, pero más planes. Y reasignar el peaje. De los piqueteros gerentes de la pobreza, a los caciques siempre vigentes del peronismo feudal.
Cristina quiere menos piquetes, pero más planes. Y reasignar el peaje. De los piqueteros gerentes de la pobreza, a los caciques siempre vigentes del peronismo feudal.

Cristina quiere menos piquetes, pero más planes. Y reasignar el peaje. De los piqueteros gerentes de la pobreza, a los caciques siempre vigentes del peronismo feudal.

Envejeció aquella idea que describía al gobierno del Frente de Todos como una disputa desordenada y abierta entre los dos integrantes de la fórmula presidencial. La asimetría entre esas dos partes ha llegado al límite. Nada queda del Presidente que hace poco más de un mes lanzaba su reelección desde España. Desde esa audacia solitaria, volvió a enjaularse en la paradoja de la lapicera: algo que todos le regalan; algo que todos le reclaman que use. Mientras no se le ocurra usarla con algún criterio propio.

El Gobierno sigue siendo el desgobierno de aquellos dos, pero Cristina Kirchner ha redoblado los pasos para preservar su liderazgo interno. Dice que no gobierna, pero le basta con una mirada fuerte para voltear un ministro. Habla como si fuese oposición, pero sigue administrando los privilegios del Estado mientras la crisis azota el bolsillo de todos los sectores. Dicta clases de economía azorada por la ultrainflación, pero la fogonea con la desconfianza que generan sus negaciones y nostalgias. Aunque hable como oposición, la vice sigue siendo el gobierno.

De la fragilidad de esa impostura, Cristina es plenamente consciente. Por eso se ha lanzado a captar aliados allí donde Alberto Fernández alguna vez soñó conformar su bloque de autonomía. Apunta sin disimulo a los liderazgos territoriales y corporativos: gobernadores justicialistas; sindicatos poderosos; intendentes de municipios tan vastos como cualquier provincia.

Con los gobernadores viene recorriendo un camino de alineamiento. Los convenció para sumarlos en un proyecto de feudalización de la Corte Suprema; los apoyó en su reclamo de subsidios para el transporte. Tanto a ellos como a los intendentes del conurbano les ofreció como prenda de acuerdo un reclamo sonoro, con destino de lapicera: asignarles la administración exclusiva de los planes sociales.

Cristina sintoniza con la cuerda de la irritación social que provocan las organizaciones piqueteras. Siempre las consideró como formaciones especiales para desgastar cualquier gobierno ajeno. Pero ahora percibe el hartazgo que generan los piquetes continuos, en especial en los trabajadores formales e informales que en plena crisis pierden su oportunidad de subsistencia en el infierno cotidiano de las ciudades bloqueadas.

A ese cansancio se lo transmiten también los jefes territoriales. Como ellos, Cristina no propone revisar el desquicio actual del asistencialismo. Quieren menos piquetes, pero más planes. Y reasignar el peaje. De los piqueteros gerentes de la pobreza, a los caciques siempre vigentes del peronismo feudal. Una transferencia que deberá firmar la lapicera de Alberto Fernández, traicionando a los piqueteros que en la interna apostaron por él.

El Presidente ha quedado relegado a un rol de delegado en foros internacionales. Con permiso restringido para repetir la mitología geopolítica de su vice. El escándalo del avión iraní terminó de demostrar la indigencia combinada de la diplomacia, la seguridad y la inteligencia del Estado argentino. El ministro Santiago Cafiero habló sólo para admitir que la Cancillería nada sabe, ni sabrá, si no se lo aclara la Justicia. El ministro Aníbal Fernández naufragó pescando homónimos. El jefe de la Inteligencia, Agustín Rossi, especulando sobre clases de instrucción para pilotos.

Pese a que Cristina ha progresado en el manejo del gobierno que desprecia, hay un dato de su avance que es significativo: tiene a Martín Guzmán en la mira, pero no dispara el tiro. Hay una explicación: Kristalina Georgieva. Cristina leyó en su discurso de Avellaneda el libreto de Axel Kicillof. Horas después, la jefa del FMI le aprobó a Guzmán la primera revisión del acuerdo con el FMI. Para la tribuna, Cristina recita la letanía antiimperialista. Pero sabe que el FMI es la muleta necesaria para llegar con el gobierno hasta diciembre de 2023.

¿Giro a la moderación? Ninguno. El mapa de la región está cambiando tras los triunfos de Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia. Rafael Correa está a punto de destituir a Guillermo Lasso en Ecuador. Lula Da Silva promete regresar a la presidencia de Brasil. Para una disputa frontal con el Fondo, primero hay que llegar a 2023. Sin ver las góndolas, ni la inflación: el Plan Aguantar.

El desequilibrio definitivo en el Frente de Todos no es inocuo para el escenario general. Los gobernadores tienen que decidir antes de diciembre cómo juegan su calendario. Y el reposicionamiento de Cristina trae de vuelta a escena la polarización.

Ese dato por sí solo modifica la dinámica opositora. Mientras la guerra entre Cristina y Alberto tenía al peronismo territorial en la platea, el escenario más probable era el de una fragmentación electoral y el surgimiento de emergentes disruptivos por izquierda o por derecha.

Esa situación llevó a Juntos por el Cambio a un acuerdo provisorio: mantener la unidad mediante una dispersión consentida. El resultado de las elecciones legislativas desembocó en un bloqueo parlamentario y alejó el riesgo de trapisondas oficialistas con costo institucional. Con el Congreso equilibrado, Juntos por el Cambio se entregó a una ultraactividad electoral por anticipado, apenas compatible con los padecimientos sociales por la inflación.

Como el horizonte de fragmentación era posible, el discurso opositor apuntó de diversas maneras a neutralizar la amenaza de la antipolítica. El acuerdo de Cristina con el peronismo feudal vuelve a modificar la escena.

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