Abraham Lincoln, el gigante piadoso

Ha de ubicarse a este político entre las grandes personalidades de la humanidad.

Abraham Lincoln, el gigante piadoso
LINCOLN. En una imagen sin fecha antes de irse de Springfield, Illinois, para su toma de posesión presidencial en 1861 (AP/Archivo).

Hemos aludido en alguna otra ocasión a quien fuera uno de los presidentes más célebres de los Estados Unidos: Abraham Lincoln. Lo haremos una vez más.

Oímos frecuentemente referencias a las grandes personalidades de la historia de la humanidad, como Mahatma Gandi, la Madre Teresa de Calcuta o Albert Schweitzer. Y suele olvidarse o no ubicarse en el mismo plano que el de ellos a este político estadounidense.

Y nosotros creemos que merece estar en un pie de igualdad con cualquiera de esos gigantes espirituales que ya mencionamos.

Ninguno de ellos, y tampoco Lincoln, utilizaron a sus semejantes, sino que vivieron y dieron su existencia por ellos.

La de Abraham Lincoln es una trayectoria conmovedora, por el dolor que le tocó soportar. Y además fue realmente ejemplar por sus principios y por su conducta.

Fue de adolescente, por provenir de un hogar muy humilde, labrador y hachero, y comprendió que la cultura le abriría puertas. Empezó a leer con avidez. Finalmente se graduó, ya hombre, de abogado.

Llama la atención el hecho, que en su infancia sólo cursó el primer grado de la escuela primaria. Quizá, el ser hijo de colonos muy primitivos, sin la menor instrucción y el vivir en una rústica cabaña en una zona montañosa, lejos de la civilización, dificultó su posibilidad de instruirse en su niñez.

Pero el Lincoln “hombre” ha crecido físicamente, hasta alcanzar el metro noventa de estatura y crecido también intelectualmente, hasta transformarse en ese ser de vasta cultura que terminó graduándose en Derecho.

Elegido presidente de los Estados Unidos libró la histórica Guerra de Secesión contra los estados esclavistas del sur.

Seiscientas mil bajas en cuatro largos años le costó esa guerra a su país, hasta el triunfo de los estados del norte, que luchaban por la abolición de la esclavitud.

Ya cerca de la victoria, un 22 de septiembre de 1864, Lincoln firmó el Acta de Emancipación, por el cual recobraban su libertad todos los hombres considerados esclavos por una aberrante ley, que regía justamente en los estados del sur.

El 9 de abril de 1865 termina esa guerra entre hermanos. Cinco días después, una bala asesina hiere a Lincoln, que muere al día siguiente: 15 de abril de ese mismo año 1865.

Lincoln fue simultáneamente un hombre orgulloso y simple, rudo y suave a la vez.

Tuvo un rostro que mostraba las marcas de una infancia y de una adolescencia difíciles.

Un breve episodio de la Guerra de Secesión pinta la nobleza de Lincoln. Un alto oficial del ejército del Norte, el de Lincoln, había desertado, huyendo del frente de batalla. Pero pudieron capturarlo y lo llevaron, esposado, ante la presencia del protagonista de esta semblanza. Ante él, manifestaron los captores: “Este coronel, señor presidente, ha deshonrado a su país y a su ejército. Además, lo encontramos llorando como una mujer. Sugerimos que se lo fusile por cobarde”.

Lincoln pidió quedarse a solas con el oficial y, mirándolo a los ojos, le dijo con ternura: ”Cuénteme, ¿qué le ha pasado, oficial?”. Y el prisionero contestó: ”Tuve miedo, señor presidente. No por mí, sino por mis hijos pequeños, que podían quedar huérfanos si me hubiese tocado morir. Y lloré pensando en ellos”.

Lincoln llamó al Consejo de Generales que debían juzgar al coronel y les dijo: “Sugiero que lo absuelvan. A cualquier hombre sensible pueden traicionarlo sus sentimientos. Que son legítimos sentimientos de padre. Y la ley que lo castiga, quizá no haya contemplado un caso como este”. Por supuesto, el hombre fue absuelto.

Este sólo episodio, bastaría para delinear la estatura humana de Abraham Lincoln. Por eso creemos que merece este aforismo final: “Los hombres elegidos prefieren sufrir la injusticia antes que cometerla”.

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