Güemes. El héroe de los gauchos

Martín Miguel de Güemes fue clave en la guerra de la Independencia. Su estrategia militar permitió esmerilar el avance realista en Santa y Jujuy.

Detalle del oleo "Güemes y sus Gauchos", de Desiré Marius Bourrelly (1865-1919), Museo Histórico del Norte, Cabildo de Salta
Detalle del oleo "Güemes y sus Gauchos", de Desiré Marius Bourrelly (1865-1919), Museo Histórico del Norte, Cabildo de Salta

Martín Miguel de Güemes fue un actor clave de la revolución rioplatense. Su historia ha sido retratada una y otra vez por la historiografía de ayer y de hoy en tanto exhibe un liderazgo social y político construido al calor de un proceso de movilización popular y campesino inédito comprendido en el cruce de la crisis del imperio español y la guerra de recursos que azotó las sociedades y economías domésticas.

Un liderazgo fulminante, y al mismo tiempo dramático que puso sobre el tapete las condiciones de locales de su emergencia, y el tenso equilibrio que reguló el vínculo con el gobierno en Buenos Aires instalado en 1810, y las elites salto-jujeñas hasta su muerte en 1821.

El liderazgo popular del salteño no fue fortuito en tanto los sucesos acaecidos en Buenos Aires en mayo de 1810 y el avance de la fuerza militar en la jurisdicción pusieron en escena las tensiones sociales acumuladas por las rebeliones indígenas altoperuanas, el rechazo de las elites urbanas a los nuevos funcionarios borbónicos y la crisis de los circuitos mercantiles que hizo tambalear la prosperidad de los clanes familiares enriquecidos con el comercio de mulas que servían a la minería de Potosí.

Fue justamente la vinculación comercial, social y familiar con el espacio altoperuano la que facilitó el avance de las tropas realistas a Salta en el curso de 1812 que se hizo patente con el restablecimiento del pendón real y la jura de la Constitución de Cádiz a comienzos de 1813. En ese marco, el triunfo del ejército de Belgrano en la célebre batalla del 20 de febrero fue crucial. No sólo porque introdujo un giro decisivo a favor de la revolución sino porque activó un proceso de movilización miliciana inédito que incluyó a la plebe urbana y el paisanaje rural.

Martín Miguel de Güemes. (Web)
Martín Miguel de Güemes. (Web)

Esa experiencia política colectiva y la resistencia campesina al despojo de sus bienes por parte de las tropas realistas conducidas por Pezuela, no sólo consolidó la opción revolucionaria entre los sectores plebeyos urbanos y rurales. También convirtió la guerra de guerrillas en estrategia eficaz para esmerilar el poder realista en Salta y Jujuy, y a Güemes en su principal jefe militar.

San Martín lo designó comandante

Al año siguiente, su liderazgo fue ratificado por San Martín quien lo designó comandante de Avanzada del Ejército Auxiliar apostado en Tucumán. A partir de entonces el líder salteño activó los vínculos con contingentes de hombres movilizados que incluía a negros, mulatos y pardos, algunos esclavos, tributarios indios de procedencia altoperuana, “españoles” o blancos pobres y mestizos. Esa construcción de poder no sólo sería observada con desconfianza por los grupos propietarios abroquelados en los cabildos de Salta y Jujuy; también estaría condicionada en su base por la densa red de jefaturas territoriales intermedias de cuyo poder dependía, y de las concesiones o beneficios que debía otorgarles a sus gauchos.

La historiadora Sara Mata discriminó los móviles que estimularon y mantuvieron la movilización de las milicias gauchas, y destacó que el goce del fuero militar (que permitía eludir la justicia ordinaria), la carrera militar como piedra de toque de ascenso social, el acceso a tierras o la eximición del pago de arriendos constituyeron incentivos primordiales de la insurgencia gaucha. Esa dimensión material y simbólica de la movilización salteña no parece haber sido excluyente.

Por el contrario, el margen de autonomía desplegado por la maquinaria miliciana local frente a los oficiales del ejército porteño, se convirtió en un motivo de atracción adicional de adhesión a Güemes. Sería sobre todo la creación de un cuerpo de milicianos propio, la “División de Gauchos de Línea Infernales”, independiente de la cadena de mandos militares instituido por el gobierno revolucionario, la formación militar que serviría a la profesionalización militar de curas, pequeños productores, jueces rurales, estancieros vecinos, jefes de milicias locales e incluso esclavos, peones y arrenderos.

En los primeros meses de 1815 para cuando el gobierno general de las Provincias Unidas asentado en Buenos Aires pendía de un hilo, el liderazgo militar de Güemes se tradujo en liderazgo político. Por entonces, resultó electo gobernador por aclamación de las milicias gauchas en la plaza principal. La unidad de mando, es decir, la asociación entre poder militar y poder político aseguró la representación de Salta en el Congreso de Tucumán que declaró la independencia de España y de cualquier otra nación.

"El Gral. Martín Miguel de Güemes y sus Gauchos " Oleo sobre tela de Antonio Struch - Salta 1912
"El Gral. Martín Miguel de Güemes y sus Gauchos " Oleo sobre tela de Antonio Struch - Salta 1912

Dicho resultado estuvo lejos de disminuir la desconfianza de las elites locales sobre las características del liderazgo guemesiano. Por el contrario, el incierto derrotero de la guerra de independencia, los debates sobre la forma de gobierno que debía adoptar la nación en ciernes y la amenaza latente de la plebe militarizada las hizo tolerar a regañadientes el liderazgo de quien les había arrebatado el gobierno y la justicia, y les imponía periódicamente confiscaciones y contribuciones forzosas para sostener la frontera revolucionaria y resistir la última incursión realista mientras San Martín libraba la batalla contra el poder colonial desde el Perú.

Esa hostilidad soterrada fue la que alentó la reunión de voluntades para conspirar contra el padre de los gauchos que incluyó a cuadros subalternos del cuerpo de infernales, corroído por rivalidades y las dificultades de cumplir con los servicios milicianos.

Para ese entonces el clima político era muy distinto: la rivalidad con el tucumano Aráoz, el colapso las Provincias Unidas por la acción de los jefes federales del Litoral, la precariedad fiscal para soportar los costos de la guerra, la creciente oposición de las elites salto-jujeñas urgidas por restablecer el orden social en la campaña y el comercio con el Perú, y la deslealtad de antiguos compañeros de ruta en la carrera de la revolución desmenuzaron las bases de su poder, y determinaron el quiebre definitivo de una veloz y fascinante trayectoria política y militar que, iniciada en las heroicas jornadas porteñas que rechazaron al invasor inglés, había sido radicalmente modificada por la insurgencia popular que acompañó el curso de las guerras de independencia en la jurisdicción salto-jujeña.

Su deceso conmovió a los propios que lo velaron con devoción; en cambio, la muerte del legendario caudillo alivió a las elites locales por lo que su recuerdo quedó en suspenso hasta fines del siglo XIX para cuando el Mitre historiador y Juana Manuela Gorriti ensalzaron su compromiso con la independencia, las destrezas guerreras desplegadas en los Andes meridionales y el vínculo que trabó con los campesinos alzados en armas en defensa de sus bienes, sus familias y la Patria.

En el siglo XX su figura ganaría vigor en páginas literarias, colecciones documentales, monumentos, canciones y películas que cristalizaron su lugar en el panteón de los héroes de la independencia argentina y sudamericana. Esa estilización narrativa, estética y monumental dependería principalmente de las elites políticas e intelectuales salteñas que propusieron declararlo héroe nacional contribuyendo a integrarlo a la saga de las efemérides argentinas.

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