La longevidad se extiende, pero no se trata simplemente de estar, sino que cada vez más se busca calidad de vida. Vivir más años que hace varias décadas ya no es la excepción. El desafío, cada vez más urgente, es cómo se viven.
Se trata de una cuestión individual, pero se comparten ciertos parámetros que incluyen desde la condición de salud hasta los ingresos, la red de apoyo y la inclusión.
La longevidad se extiende, pero no se trata simplemente de estar, sino que cada vez más se busca calidad de vida. Vivir más años que hace varias décadas ya no es la excepción. El desafío, cada vez más urgente, es cómo se viven.
Activos, independientes, participativos, con proyectos, son un segmento que toma cada vez un lugar social más protagónico. En ese contexto, la calidad de vida se vuelve algo sustancial y determinante a medida que pasan los años, una búsqueda y una necesidad.
Pero el asunto es ¿qué es la calidad de vida? ¿Qué la define? Quizás haya tantas respuestas como personas y es entonces que sería bueno poder hacer un ejercicio de introspección y autoconocimiento para pensar qué nos hace bien.
De todas formas, quizás puedan esbozarse algunos parámetros en base a la experiencia colectiva y el conocimiento profesional y científico.
La calidad de vida es una variable multidimensional que la Organización Mundial de la Salud (OMS) define como “la percepción que tiene una persona sobre su posición en la vida” en relación con su contexto, sus expectativas y su entorno. Es decir, no se mide solo en años, sino en condiciones.
Salud, vínculos, ingresos y autonomía aparecen como las claves para una vejez saludable, según organismos internacionales y estudios científicos. Pero también depende del contexto social, económico y cultural en el que se envejece, y también de las trayectorias de vida previas.
La OMS incluso define el envejecimiento saludable: es el proceso de fomentar y mantener la capacidad funcional que permite el bienestar en la vejez. La capacidad funcional consiste en tener los atributos que permiten a todas las personas ser y hacer lo que para ellas es importante.
Esto incluye la percepción que tiene una persona sobre su posición en la vida dentro del contexto cultural y el sistema de valores en el que vive y con respecto a sus metas, expectativas, estándares y preocupaciones. Es un concepto de amplio alcance que está atravesado de forma compleja por la salud física de la persona, su estado fisiológico, el nivel de independencia, sus relaciones sociales y la relación que tiene con su entorno.
Quizás como muestra de la importancia del tema valga señalar que la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el período de 2021-2030 como la Década del Envejecimiento Saludable.
Una publicación del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores del Gobierno de México plantea tres aristas relacionadas con el bienestar luego de la mediana edad.
Menciona, por un lado, los aspectos objetivos, lo que incluye cuestiones como el nivel de ingresos, la educación, el estado de salud, la vivienda, la seguridad social, la alimentación y la vestimenta.
También refiere aspectos sociales como las políticas públicas y programas pensados para acompañarlos. Y finalmente, los aspectos subjetivos que incluyen una amplia gama de variables. En ese marco se mencionan la satisfacción con la vida, si la persona se siente feliz o con bienestar, la autoestima, la capacidad de adaptación o resiliencia y su dignidad.
“Como geriatra y gerontólogo, considero que la calidad de vida después de los 60 años no depende solo de la edad ni de la ausencia de enfermedad, sino cómo se ha ido construyendo la vida a través de todo el ciclo vital”, advierte el doctor Félix Nallim, Presidente de la Asociación Gerontológica Argentina (AGA).
Es que considera que la vejez no comienza al final de la vida, sino desde la gestación y se va construyendo en cada una de las etapas del ciclo vital: gestación, infancia, niñez, adolescencia, juventud, adultez y vejez.
En ese camino -enumera- influyen la alimentación, la actividad física, el descanso, la educación, los vínculos afectivos y comunitarios, la salud mental, la prevención oportuna, y asimismo la seguridad y la previsión social, como pilares indispensables de protección, cuidado y dignidad.
Para el especialista, envejecer con calidad de vida no depende del azar: es el resultado de una tarea continua de formación, prevención, acompañamiento y organización social.
Por eso, señala que “envejecer bien” no es un hecho casual, sino el resultado de una tarea permanente de educación, acompañamiento y cuidado a lo largo de la vida.
“Cuando se actúa al final llegamos tarde; cuando se previene y se educa desde temprano, favorecemos un envejecimiento con mayor autonomía, dignidad y calidad de vida”, subraya Nallim. Y en ese marco resalta que por eso la vejez debe ser educada, cuidada y acompañada durante todo el ciclo vital, para lograr un envejecimiento saludable, activo, exitoso, digno y económicamente sustentable.
El primer gran determinante es la salud, pero no en términos estrictamente médicos. Se trata, sobre todo, de la capacidad de mantenerse activo e independiente.
En una publicación en el Manual MSD, uno de los recursos de información médica más utilizados y fiables del mundo, se pone en relieve la importancia de que las personas puedan realizar actividades cotidianas -desde vestirse hasta desplazarse-, evitar el dolor crónico y sostener un buen estado emocional. A esto se suma, tal cual resalta OMS, la prevención de enfermedades y el manejo de condiciones propias de la edad, como la fragilidad o el deterioro cognitivo .
“Cuando las personas pueden vivir esos años adicionales de vida con buena salud y en un entorno propicio, su capacidad para hacer lo que más valoran apenas se distingue de la que tiene una persona más joven. En cambio, si estos años adicionales están dominados por el declive de la capacidad física y mental, las implicaciones para las personas mayores y para la sociedad se vuelven más negativas”, analiza.
La clave, según los organismos internacionales, es la “capacidad funcional”: es decir, la posibilidad de hacer lo que cada persona valora en su vida diaria .
“Los entornos propicios, tanto físicos como sociales, también facilitan que las personas puedan llevar a cabo las actividades que son importantes para ellas, a pesar de la pérdida de facultades. La disponibilidad de edificios y transportes públicos seguros y accesibles, así como de lugares por los que sea fácil caminar, son ejemplos de entornos propicios”, expresa la OMS.
El bienestar económico es otro pilar. El acceso a ingresos estables, vivienda adecuada, alimentación y cobertura de salud impacta de manera directa en la calidad de vida. Sin estas condiciones antes señaladas, el envejecimiento suele darse en escenarios de mayor vulnerabilidad.
La vida social no es un complemento, sino, por el contrario, un determinante. Mantener relaciones cercanas con familiares y amigos, participar en actividades comunitarias y evitar el aislamiento son aspectos clave.
Tal cual refiere la publicación del manual MSD, la evidencia muestra que el aislamiento social, la dependencia extrema o la falta de vínculos afectan negativamente la calidad de vida. Por el contrario, la participación social mejora el bienestar emocional y la percepción de satisfacción.
El entorno juega un papel protagónico en su inclusión: la disponibilidad de servicios de salud, programas sociales, políticas de cuidado y sistemas de apoyo son determinantes para sostener una buena calidad de vida en la vejez.
Según organismos internacionales, como la Organización Panamericana de la Salud, el envejecimiento saludable depende de “optimizar oportunidades para mantener la salud, la independencia y la participación” a lo largo de la vida
En este punto también aparece un factor menos visible: el edadismo. La discriminación por edad puede limitar el acceso a servicios, actividades o decisiones médicas, impactando directamente en el bienestar.
Bienestar emocional y sentido de la vida son otros aspectos sustanciales. Aspectos como la autoestima, la sensación de propósito, la estabilidad emocional y la satisfacción personal forman parte del componente subjetivo del bienestar. Incluso factores como la espiritualidad, los valores o la historia personal influyen en esta percepción.
En este sentido, dos personas con condiciones materiales similares pueden evaluar su calidad de vida de manera completamente distinta.