40 años de Malvinas: 4 mendocinos y sus historias de combate en el frío Atlántico Sur

Dos mendocinos que fueron heridos en combate durante la guerra, un marino que sobrevivió al hundimiento del crucero General Belgrano y uno de los veteranos que llegó el mismo 2 de abril de 1982 repasan sus recuerdos, vivencias, el padecimiento del frío y del agua en los “pozos de zorro”.

40 años de Malvinas, 4 mendocinos y sus historias de combate en el frío Atlántico Sur. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes.
40 años de Malvinas, 4 mendocinos y sus historias de combate en el frío Atlántico Sur. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes.

A las 6:20 del viernes 2 de abril de 1982 –minutos más, minutos menos-, la primera dotación de soldados argentinos desembarcaba en Malvinas para dar inicio a la histórica recuperación de las islas. Entre ellos, estaba el capitán de corbeta, Pedro Giacchino –mendocino- y quien fue abatido por soldados ingleses en el momento en que se intentaba tomar la Casa del Gobernador.

Este episodio, del que se cumplen hoy 40 años, se convertiría en el comienzo de lo que fue la Guerra de Malvinas, un conflicto que se extendió durante más de 70 días.

Renato Ruiz y Rodolfo Sevilla, dos de los veteranos de Malvinas, durante una charla en la escuela Brasilia de Godoy Cruz. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes.
Renato Ruiz y Rodolfo Sevilla, dos de los veteranos de Malvinas, durante una charla en la escuela Brasilia de Godoy Cruz. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes.

A 40 años de la recuperación de Malvinas, 4 ex combatientes que viven en Mendoza recuerdan los momentos más duros del combate –dos de ellos fueron heridos-, y un mendocino que sobrevivió al naufragio rememora el trágico hundimiento del crucero General Belgrano, en el que murieron 323 argentinos.

Heridas de guerra

Alejandro Rodríguez tiene 59 años, vive en Las Heras y hace 40 años era uno de los integrantes del Regimiento de Infantería 8 del Ejército. Su entrada al campo de batalla en Malvinas fue el 28 de mayo de 1982.

Rodríguez llegó a Malvinas el 14 de abril. “Cuando me enteré de que íbamos a Malvinas, la primera reacción fue de euforia y alegría. Pero durante los días previos al combate, toda esa emoción y euforia se fueron diluyendo”, recapitula.

Entre el 14 de abril y el 28 de mayo, Rodríguez estuvo en su posición. La previa fue difícil, dada las condiciones hostiles del suelo de Malvinas, el frío y el desabastecimiento de comida. “Cuando entramos en combate, la sensación fue de alivio. Los pozos de zorro (excavaciones para resguardarse durante el combate) donde nos metíamos para cubrirnos de los bombardeos, se llenaban de agua congelada. Sabíamos que, entrando en combate, íbamos a salir. Se iba a terminar”, cuenta.

Alejandro Rodríquez, quien fue herido en combate y sus compañeros en Malvinas, Adolfo Barnabó Scassia y Jorge Navarrete. Foto: Marcelo Rolland / Los Andes
Alejandro Rodríquez, quien fue herido en combate y sus compañeros en Malvinas, Adolfo Barnabó Scassia y Jorge Navarrete. Foto: Marcelo Rolland / Los Andes

La mañana del 28 de mayo, el grupo en el que estaba Rodríguez tomó conocimiento de que los ingleses habían desembarcado en San Carlos y avanzaban hacia donde estaba su formación. “Durante esa madrugada empezaron los fuegos de artillería hacia la zona. Llegaron a donde estaba el regimiento 12 y empezaron a avanzar hacia Ganso Verde. Nosotros éramos 40 hombres y no habíamos sido detectados en un primer momento. Por eso, cuando abrimos fuego durante la mañana del 28, tuvieron que retroceder”, rememora sobre el momento más crudo.

Pasadas las 16, Rodríguez y la formación que integraba se quedaron sin municiones. Y supieron que no quedaba mucho más por hacer. “Antes de que terminara el combate, me arrastré a buscar una ametralladora y sentí un golpe en la cara. Un proyectil de 9 mm me había impactado en el pómulo izquierdo. Pero logramos traer la ametralladora y seguimos combatiendo hasta quedarnos sin municiones”.

Tras ser tomados como prisioneros por los británicos, fueron trasladados a San Carlos y allí recibieron los primeros auxilios. Luego fueron trasladados en helicóptero al buque hospital argentino Bahía Paraíso.

En esta embarcación estaba Rodríguez el 14 de junio cuando se terminó la guerra. “Siempre tuve la esperanza de que íbamos a ganar la batalla. Confiaba en el Ejército, en nuestras defensas. Pero cuando me enteré, fue una sensación de tristeza. Porque uno llega a pensar que el sacrifico que hizo no fue suficiente, y la verdad es que entregamos todo”, reflexiona.

Renato Oscar Ruiz tiene 59 años y nació en Buenos Aires, aunque desde hace 33 años vive en Mendoza. Clase 1962, el 2 de abril de 1982 –cuando se produce la recuperación - era parte del Regimiento de Infantería Mecanizado (RIMec) 3 en La Tablada.

El 27 de marzo de 1982, mientras estaban en comenzando la instrucción en Ezeiza, llegó al orden de regresar a La Tablada. “El 2 de abril escuchamos gritos desde las compañías. Cuando llegamos, nos enteramos de que se habían recuperado las Malvinas”, rememora Ruiz en su casa de Godoy Cruz.

Renato Ruiz perdió una de sus piernas tras pisar una mina antipersonal en Malvinas el 9 de junio de 1982. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes
Renato Ruiz perdió una de sus piernas tras pisar una mina antipersonal en Malvinas el 9 de junio de 1982. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes

Si bien su llegada a Malvinas y su participación activa comenzó el 11 de abril, desde ese momento todo se alteró dentro de la metódica rutina militar. En un primer encuentro, los superiores les dijeron que se enviaría a los infantes hasta Río Gallegos porque el suelo de Malvinas “era un lugar muy fangoso” para la batalla”.

“El 11 de abril por la noche, cuando aterrizamos en Malvinas, nos dimos cuenta de que habíamos sido engañados. Pero entendimos que había sido porque en La Tablada estaban nuestros familiares en la puerta”, recuerda. De los casi 25° con que habían salido de Buenos Aires, habían pasado a una sensación térmica de -3° en las islas.

Al día siguiente llegaron a Puerto Argentino y Ruiz fue destinado a su posición: de frente a la costa, y ante un campo minado. Y es que se manejaba la posibilidad de un inminente desembarco británico por ese punto (aunque finalmente lo hicieron a 90 kilómetros, por San Carlos).

Al momento de cavar los pozos de zorro, Ruiz y sus compañeros debieron lidiar con otra situación. “A los 30 o 40 centímetros ya nos encontrábamos con lodo o piedra laja. Entonces buscamos partes más elevadas y allí pudimos cavar 80 centímetros. Con tablas, chapas y turba armamos la trinchera”, sigue el ex combatiente.

El 1 de mayo comenzó el fuerte del combate con los ingleses. Desde el mar, tres barcos comenzaron a bombardear hacia las posiciones argentinas, ataques que se extendieron durante más de 30 minutos y hasta que 3 aviones Hemitage argentinos los obligaron a retirarse.

Renato Ruiz y Rodolfo Sevilla, sobreviviente del hundimiento del crucero General Belgrano, participaron de una charla sobre la Guerra de Malvinas en la escuela Brasilia de Godoy Cruz. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes
Renato Ruiz y Rodolfo Sevilla, sobreviviente del hundimiento del crucero General Belgrano, participaron de una charla sobre la Guerra de Malvinas en la escuela Brasilia de Godoy Cruz. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes

Fue el 9 de junio de 1982 cuando Renato Ruíz sintió que moría. Había ido a buscar, junto a un compañero, turba para calentar la comida del regimiento. “En un momento quiero subir la bolsa al hombro y no me di cuenta de que estaba pisando una mina debajo de una mata dura”, rememora Ruiz los segundos previos a la explosión.

“La pisé con mi pie derecho, me explotó y quedé herido de la pierna izquierda también. La mitad de mi cuerpo ardía, era como un fuego”, describe el veterano, quien fue trasladado en el acto al hospital de Malvinas. “Tengo una amputación debajo de la rodilla derecha y una herida bastante importante en la pierna izquierda”, sigue.

Relato de un náufrago

Cuando el mendocino Rodolfo Sevilla naufragó en el crucero General Belgrano -hundido tras ser atacado por las tropas británicas el 2 de mayo de 1982-, tenía 21 años y era integrante de la Armada. A un mes de cumplirse 40 años de este triste hecho, Sevilla no tiene dudas al momento de describirlo. “Nos hundieron en un ataque traicionero que fue denunciado en organismos internacionales, porque los ingleses dispusieron unilateralmente una zona de exclusión”, recuerda el marino de 61 años, quien era parte de los 1.093 tripulantes que habían zarpado el 16 de abril y con destino al Sur para custodiar las aguas internacionales.

A raíz del trágico hundimiento fallecieron 323 argentinos de los 632 que cayeron en la guerra.

El 1 de mayo de 1982, el Belgrano había iniciado una operación por el lado este de las islas, aunque en la madrugada del 2 de mayo se activó la alarma de combate: el crucero había ingresado en las 200 millas de exclusión.

Rodolfo Sevilla era parte de la Marina y estuvo en el crucero General Belgrano el 2 de mayo de 1982, cuando fue hundido por las tropas británicas. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes.
Rodolfo Sevilla era parte de la Marina y estuvo en el crucero General Belgrano el 2 de mayo de 1982, cuando fue hundido por las tropas británicas. Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes.

“Cerca de las 10 de ese domingo 2 de mayo se ordenó abortar la misión, lo que implicaba regresar al continente. Pero nos siguió un submarino nuclear, que nos disparó dos torpedos a 1.800 metros. Uno de ellos impactó en proa (parte de adelante) y otro en popa, a la altura de sala de máquinas. Luego supimos que el que había pegado en popa había roto 4 cubiertas y arrastró a mucha gente que estaba durmiendo”, reconstruye con dolor Sevilla.

Luego del primer impacto se cortó la energía electromotriz en la embarcación. Ya ubicado en su puesto de combate y con casco y chaleco salvavidas, a Sevilla se le entregó una ametralladora para formarse. “Llegué a la cubierta principal y vi que en la popa había un incendio enorme. Ahí me di cuenta de que el crucero tenía dos heridas muy importantes. Pero estaba asegurado que siguiera a flote durante un tiempo, ya que contaba con muchos compartimientos cerrados que facilitaban la flotabilidad”, explica.

Sabiendo que el buque se iría a pique en cualquier momento, se largaron las balsas al mar. Y cuando ya quedaban pocas balsas y la mayoría de la tripulación había sido evacuada, fue el momento de salir para Sevilla. “El buque estaba muy acostado y si me largaban, iba a golpear en el casco”, recapitula. Por ello mismo Sevilla bajó con una soga y, cuando estuvo cerca, se dejó caer, aunque golpeó en el borde de la balsa y cayó el gélido mar. En ese momento, nadó -como pudo- y lo subieron a la embarcación de emergencia sujetándolo por la espalda.

Si el escape del Belgrano fue desesperante, no existen palabras para describir lo que vino después, ya con las balsas en el mar. En cuestión de minutos, Sevilla y las otras 16 personas que iban con él estaban navegando en una aureola de petróleo. “Si el fuego del crucero se pasaba al mar, no se salvaba nadie y nos quemábamos todos”, cuenta.

El objetivo principal ahora era alejarse del barco que se hundía, pero –aunque remaran-, no podían lograrlo. “Cuando esa masa de acero se va a pique, suele generarse un embudo que se lleva a las balsas con él. Pero el Belgrano fue muy noble para hundirse. Se acostó lentamente, se fue la popa primero y la proa después. Y nos dejó, no hizo el efecto embudo”, cuenta.

Ya en altamar, al frío del Atlántico Sur se le sumó una violenta tormenta, con olas de hasta 8 metros que golpeaban la balsa. El nuevo desafío era intentar mantener la estabilidad para que no se dieran vuelta. “Esa primera noche no dormimos y recién a las 10 de la mañana del día siguiente pudimos ver algo de luz, eso nos dio esperanza”, recuerda Sevilla.

Durante ese primer día, la supervivencia en la balsa para los náufragos se limitó a hidratarse y casi no comer. “El frío nos desgastó enormemente, en la noche teníamos principio de congelamiento y nos golpeábamos la espalda constantemente. Es muy cierto cuando dicen que con el frío sentís que se te clavan agujas en el cuerpo. Ya a la segunda noche juntábamos las piernas para orinar y sentir algo de calor”, describe.

Luego de esa traumática segunda noche, vivieron el segundo amanecer en la embarcación. Ese día salió el sol. “Cerca de las 11 sentimos un helicóptero que se acercó. Era el helicóptero del buque hospital Bahía Paraíso, que nos rescató. Ver ese casco fue lo mejor que me pasó en la vida, porque no hubiésemos pasado una tercera noche”, concluye.

Uno de los primeros en llegar

Durante la noche austral del 2 de abril (casi 12 horas después de la llegada de los primeros argentinos), Hugo Rosales -sanjuanino radicado en Mendoza- aterrizaba junto a sus compañeros del RIMec 25 en el aeropuerto de Puerto Argentino. “Tenía 22 años cuando llegué a Malvinas, cumplí 23 en mayo allá, muy en silencio y solo”, recuerda el hombre, quien hoy tiene 62 años y vive en La Consulta (San Carlos).

“Tenía muchísimas ganas llegar urgente a Malvinas para no perder contacto con mi unidad. Tuvimos algunos desperfectos, por lo que recién llegamos a las 20 a Puerto Argentino”, describe el ex combatiente.

Hasta ese día, Rosales no sabía demasiado sobre la situación en las islas; más allá de un episodio que había tenido lugar días antes en las Georgias y donde un grupo de trabajadores argentinos había llegado para desarmar una factoría ballenera y había izado la bandera argentina (eso motivó un conflicto diplomático).

Hugo Rosales veterano de la guerra de las Islas Malvinas que prestó servicio en el Regimiento 25 del Ejéricto durante el conflicto. Llegó a Malvinas el mismo 2 de abril de 1982. Foto: Marcelo Rolland / Los Andes
Hugo Rosales veterano de la guerra de las Islas Malvinas que prestó servicio en el Regimiento 25 del Ejéricto durante el conflicto. Llegó a Malvinas el mismo 2 de abril de 1982. Foto: Marcelo Rolland / Los Andes

Una vez en las islas, Rosales fue asignado junto al resto de su compañía para la custodia del aeropuerto. Los ingleses habían inutilizado la pista, con tachos de combustibles y maquinaria en desuso; con la intención de que no pudieran aterrizar aviones argentinos.

“El principal frente de custodia nuestro era la zona del aeropuerto y de desembarco. Pero el último tiempo fue muy duro. En nuestro punto de concentración de Puerto Argentino, éramos espectadores en muchos casos”, rememora Rosales.

Durante la madrugada del 14 de junio se observaba ya desde la base de Puerto Argentino el arduo combate a unos pocos kilómetros del lugar. “Toda la noche fue terrible, se estaba peleando por el último monte de control que estaba antes de Puerto Argentino. Además, había que soportar la artillería naval de los ingleses no paraba entre las 18 y las 6. Psicológicamente fue terrible”, cuenta Rosales.

Ante este panorama, la rendición significó, en cierto modo, un alivio para los combatientes. Porque el final de la guerra –más allá del resultado- implicaba salir de los pozos de zorro con agua congelada, y también el cese de los bombardeos. “Queríamos que vinieran de una vez por todas. Y si nos tenía que tocar que nos mataran, listo. O matarlos a ellos, también”, concluye Rosales.

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