Putin según Bolsonaro y según el kirchnerismo

La visión más acertada sobre Putin es la que tienen los líderes derechistas europeos y el propio Bolsonaro.

Putin según Bolsonaro y según el kirchnerismo
La visión más acertada sobre Putin es la que tienen los líderes derechistas europeos y el propio Bolsonaro.

De maneras sutiles, las usinas de propaganda kirchnerista han descripto a Vladimir Putin como una versión actual de Lenin. En la militancia, en la base de simpatizantes y también en muchos cuadros dirigenciales, hablan del presidente ruso como si fuera comunista o socialista o progresista. Lo mostró también la campaña organizada para presentar al jefe del Kremlin como el camarada revolucionario que salvó a los argentinos del Covid enviando vacunas. Cada militante que recibía la Sputnik, se fotografiaba haciendo la V con los dedos y subía la foto a las redes con algún epígrafe que, como jugando, aludía a la Rusia de Putin como un Estado socialista o comunista.

Cristina Kirchner impulsa esa imagen de Putin. Lo mismo hacen Nicolás Maduro y Daniel Ortega, cuyos regímenes en Venezuela y Nicaragua reciben asistencia rusa en los terrenos militar y de inteligencia.

A su pasó por Moscú, Alberto Fernández se prestó a esa prestidigitación propagandística, hablando de su deseo de abrazar la Argentina con Rusia para liberarla de la dependencia con Estados Unidos.

Sin embargo, tras el paso del presidente argentino, el que aterrizó en el aeropuerto Sheremetievo fue Jair Bolsonaro, un ultraconservador recalcitrante que publicita su admiración por el líder ruso y empuja Brasilia hacia Moscú desde que en el Despacho Oval está Joe Biden.

Cuando Trump salió de la Casa Blanca, el presidente de Brasil quedó huérfano de referentes políticos en los gobiernos de las potencias, pero no tardó en darse cuenta que quien mejor representa sus propios pensamientos es el presidente de Rusia. Por eso hizo lo mismo que hizo Alberto Fernández: visitarlo en el Kremlin en momentos de altísima conveniencia para el autócrata que mejor representó el rol de “zar” desde que murió Stalin.

Ir a Moscú y fotografiarse con Putin en el peor momento de la escalada militar que tiene al mundo en vilo, es regalarle al presidente ruso el retrato que necesita mostrar a los norteamericanos con un mensaje advirtiendo que “si se meten en el patio trasero de Rusia, Rusia se meterá en patio trasero de ustedes”.

En plena pulseada con las potencias de Occidente con los codos apoyados sobre Ucrania, recibir en Moscú presidentes latinoamericanos resulta sumamente funcional a Putin.

El presidente argentino dio ese paso que calza en la mitología promovida por la vicepresidenta, presentando su visita al Kremlin como un acercamiento al polo izquierdista del mundo. Y Bolsonaro dio el mismo paso, pero con el objetivo de acercar Brasil hacia un polo de ultraconservador, con aristas religiosas y raciales.

Por cierto, en ambos casos hay pragmáticas búsquedas de inversiones, de mercados para exportar y de productos a importar por necesidades internas, como los agroquímicos rusos que necesita la producción agrícola brasileña. Pero también en ambos casos hay identificaciones ideológicas. La pregunta que surge entonces es, cuál Vladimir Putin es el verdadero ¿el izquierdista que describe el kirchnerismo o el ultraconservador que ve Bolsonaro cuando mira hacia Moscú?

Si uno es verdadero, el otro es una invención. Y no hay dudas de que la invención es el Putin progresista o revolucionario que esbozan sutilmente la propaganda kirchnerista, los entrelíneas de Cristina y las incontinencias retóricas en las que incurre a menudo Alberto Fernández.

Se trata de una invención desopilante, cuyo éxito radica en el desconocimiento de amplios sectores en las bases, la militancia y la dirigencia kirchnerista. El jefe del Kremlin expresa el ultranacionalismo ruso, que incluye un contenido racial, el paneslavismo, y comparte principios con el cristianismo eslavo, razón por la cual el liderazgo de Putin se apoya en la conservadora iglesia ortodoxa rusa.

Basta con asomarse a la Constitución que hizo redactar el líder ruso para ver, por caso en artículos homófobos como el que prohíbe el matrimonio igualitario y la adopción por parte de parejas del mismo sexo, la inmensa gravitación de la iglesia ortodoxa.

Corrobora que el nacionalismo que implantó Putin es de carácter ultraconservador, el hecho de que sus admirados europeos son de extrema derecha. Entre esos admiradores sobresale el presidente húngaro Víctor Orban y el líder de “La Liga” italiana, Matteo Salvini. También la nueva estrella de la ultraderecha francesa, Eric Zemmour, se enrola entre los admiradores de Putin.

Para este agitador de la xenofobia antiinmigrante que recibió dos sentencias por incitar al odio racial, el presidente de Rusia “es un gran jefe de Estado” al que Estados Unidos le juga sucio con su “imperialismo inteligente”.

La visión más acertada sobre Vladimir Putin es la que tienen los líderes ultraderechistas europeos y el recalcitrante Bolsonaro. La imagen del presidente ruso que difunden el kirchnerismo, el chavismo residual y el régimen de Ortega, es ficcional.

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