Los mitos y las cosas

Veinte años de kirchnerismo separaron totalmente el significado de las palabras de la realidad de los hechos. El lenguaje ya no explicó más las cosas concretas sino que meramente las justificó y las ocultó. Hoy no debería pasar más lo mismo. Milei no va a transformar el país con su pequeña y sectaria ideología libertaria, sino por lo que ésta coincida con un pensamiento liberal en serio. Acá se necesitan más libros de Alberdi que de Benegas Lynch.

Los mitos y las cosas
Tensa relación de Milei con China

“La realidad procede por hechos, no por razonamientos”

Jorge Luis Borges

La revolución de las palabras

Uno de los grandes enredos político-culturales que generó el kirchnerismo fue algo que podría definirse como “la revolución de las palabras”. Un gattopardismo semiológico por decirlo en forma algo más complicada: cambiar todo el lenguaje y los signos aunque las cosas no cambien para ningún lado. La creación de una realidad paralela que no tenia nada que ver con la realidad concreta. El relato sosteniendo razonamientos que no procedían de los hechos, como lo decía Borges.

Los Kirchner tomaron un tiempo determinado de nuestra historia, los tristemente recordados años 70, para gestar un revival discursivo donde en las palabras esos años volvieron en una forma distinta a los originales. Su símbolo más comprensible podría explicarse como la revancha de los “imberbes” que Juan Perón echó de la Plaza de Mayo un 1 de mayo de 1974 acusándolos de esos “estúpidos que gritan”. Gracias a los Kirchner los expulsados de la Plaza retornaron triunfantes a la Plaza y a la Casa Rosada con la misión política de tratar de explicar con las palabras de aquellos momentos del pasado, los hechos de los años 2000 a donde viajaron.

Hasta ese entonces el setentismo era muy minoritario incluso en el peronismo de izquierda (mínimo como para la derecha era el anarquismo libertario antes de la llegada de Milei al poder) pero los Kirchner lo transformaron en doctrina de Estado a fin de intentar darle una significación revolucionaria a sus políticas (de una revolución que no fue, por lo que se la podía manipular de todas las formas posibles al carecer de existencia), el glamour que les faltaba, la excusa por la cual seguir haciendo lo mismo de siempre pero en nombre de valores supuestamente superiores. Y la original audacia funcionó porque su éxito fue extraordinario: Se pudo separar como posiblemente nunca en la historia nacional los hechos de los razonamientos. Los segundos no explicaban a los primeros porque su coincidencia fáctica era cero, pero los justificaban. La intuición premonitoria de Néstor Kirchner de que “la izquierda da fueros” le dio su gobierno la legitimidad que por sí solo no tendría. Jamás el progresismo bien pensante habría apoyado las políticas concretas de los Kirchner sin esa realidad discursiva paralela. Y para eso solo bastó recuperar una izquierda fallida en su momento histórico y hacerla triunfar metafóricamente en el nuevo momento aunque fuera meramente una revolución de las palabras. Una revolución que tenía como objetivo la creación de un mundo paralelo donde los hechos no se explican con el discurso, sino que el discurso tiene la función de ocultar a los hechos.

Incluso esa extraña revolución tuvo, más allá de los Kirchner que eran los emperadores del reino, a sus propias autoridades encargadas de transformar al relato en doctrina de Estado. Un gobierno paralelo para un mundo paralelo.

Los garantes de la justicia revolucionaria se agruparon bajo el nombre de “Justicia Legítima” designando miembros principales de su Corte Suprema a Eugenio Zaffaroni como el jurista de la doctrina y a Horacio Verbistky como su operador principal, el que supo utilizar las palabras revolucionarias como fusiles simbólicos contra los enemigos del pueblo.

El Consejo de Ancianos estuvo compuesto por los sobrevivientes setentistas que se agruparon en una organización político-literaria llamada “Carta Abierta”. Allí bajaban casi todos los meses las instrucciones revolucionarias en largos, farragosos e incomprensibles documentos que pusieron de moda la calificación de “destituyentes” para todos los opositores, vale decir, los enemigos del pueblo. Desde la Biblioteca Nacional hicieron triunfar la revolución que habían perdido contra Perón, aunque, como es tradicional en el peronismo, la hacían en nombre de Perón. Fue quizá la única generación política argentina que vivió dos juventudes, la real y la imaginaria, aunque para ellos las dos fueron reales, incluso la segunda más real que la primera.

Los hijos de los setentistas devinieron en los jefes de una organización llamada “La Cámpora”, los cuales transformaron la caracterización histórica de sus padres de víctimas del terrorismo de Estado por la de héroes de una revolución que ayer no pudo ser pero que ahora ha sido. Los hijos concretaron las ideas de sus padres, aunque todo siguiera estando en la dimensión paralela.

Por último, así como el primer peronismo tuvo de sujeto histórico, de base social, a los trabajadores organizados, el sujeto de esta revolución fueron los intelectuales y los artistas progresistas que no pudieron resistir el canto de las sirenas K al ver que Néstor y Cristina no les imponían un discurso, sino que les copiaban literalmente el suyo. A partir de allí, lo que hicieran los políticos en la realidad les importó poco y nada. Los Kirchner hablaban como ellos y eso era suficiente. Así, prolijamente pusieron todo su fervor discursivo, quizá por primera vez en toda su historia, al pleno servicio de un oficialismo (cosa que ni siquiera hicieron durante el tercer gobierno de Perón, al cual no se le domesticaron como lo hicieron con los Kirchner, que los supieron utilizar mejor).

Liberalismo no es lo mismo que libertarismo

No se crea que será tan fácil salir de esta dicotomía que imperó durante los últimos 20 años en que los hechos y las ideas no tuvieron prácticamente contacto entre sí. Eso tuvo y tiene consecuencias en toda la política más allá de los K. Hay que volver a unir las palabras con las cosas para poder entendernos en serio los argentinos y esa es una tarea cultural tan importante como lo es desregular o desestatizar, porque estamos hablando de un lenguaje detrás del cual se disfrazó el sistema corporativo conservador autodenominándose revolucionario, aunque no revolucionó nada y sólo conservó lo peor de la Argentina.

Por lo tanto, en los tiempos que vienen hay que evitar que un nuevo discurso en vez de explicar la realidad, otra vez la justifique sin encontrar la debida conexión con ella. Que algo de eso hay en la personalidad de Javier Milei, como se verificó en muchas partes de la campaña, pero en forma más preocupante aún en su discurso presidencial en Davos, donde en vez de hablar de liberalismo, se ocupó de hacerlo bajo la forma un tanto esperpéntica de libertarismo, que es apenas una versión minoritaria y extrema del verdadero liberalismo, ese que hoy la Argentina, luego de dos décadas de estatismo fallido necesita a viva voz. Eso de enseñarle al mundo la buena nueva que con él llega a la Argentina no es lo más adecuado, en particular porque hasta ahora son sólo palabras y lo que menos necesitamos es otra revolución de las palabras.

A Milei le cuesta entender al que piensa distinto, e incluso al que se equivoca. Para él los que no piensan como él son mentirosos y sólo dejan de serlo si se rectifican y se hacen mileistas. Mientras que el que se equivoca, siempre lo hace con mala intención.

Cristina empezó mintiendo como es usual en política, pero a costa de repeticiones, terminó creyéndose sus mentiras de suponerse una reencarnación setentista. Milei no parece ser un mentiroso pero su problema es que no cree que haya otra verdad que la suya. Cristina se inventó un mundo propio, Milei no cree que exista otro mundo que no sea el suyo. Lo demás es mentira.

En Davos, con temeridad, acusó a los principales líderes de Occidente de constituir una casta política mundial que se está convirtiendo al comunismo. Recordaba a aquella Cristina que en un foro parecido retó en la cara al entonces presidente Barack Obama acusando a EEUU de haber inventado el terrorismo del ISIS, el cual para ella era una mera invención mediática del imperio. No existía. Como ella inventó su propia realidad, creyó que los demás hacían lo mismo. Ambos, Cristina y Milei, dando al mundo lecciones de moral y buenas costumbres, como también hacía Menem ofreciéndose de mediador en los conflictos internacionales hasta terminar, a las órdenes de Bush padre, como mero contrabandista de armas entre dos países en guerra. Una difícil relación con el mundo la de los líderes argentinos. que se creen más de lo que son o más bien se creen lo que no son.

No puede ser cierto un mundo donde todo está mejor pero los dirigentes son peores, como afirmó Milei. Alguien tiene que haberlo mejorado. Además el comunismo o el colectivismo de Milei, aunque lo encuentra hasta en la sopa, es bastante módico. Lo descubre principalmente en el feminismo y el ambientalismo, en los que responsabilizan a los varones de la discriminación a las mujeres y en los que acusan al ser humano de deteriorar con sus acciones el medio ambiente. Dos falsedades según Milei, para él no existe ni la discriminación de género ni la contaminación ambiental. Está claro que estas excentricidades serán muy difíciles de aceptar mayoritariamente, en la Argentina y en todo el mundo.

Por otro lado, eso que también sostiene Milei de que el mercado no tiene fallas es otra tontería. Toda creación humana las tiene, y el mercado lo es. Y que haya que defender tal como está la concentración monopólica porque hace progresar el capitalismo, no implica que los monopolios deban tolerarse tal cual “naturalmente” son. Todo debe tener sus límites, todo debe tener su división de poderes. Estados Unidos es el reino del liberalismo pero también de las leyes antimonopolio. Y no por eso es comunista. El Estado Benefactor occidental durante treinta años hizo progresar al capitalismo y retroceder al comunismo. Hoy podrá ser diferente, pero lo que fue fue.

En síntesis, que no son los mitos sino las cosas las que nos van a sacar de este enredo. El realismo, no el idealismo. Y la tarea principal de Milei presidente si quiere llevar a buen término una recuperación liberal de la Argentina (para la cual hoy parece haber un importante consenso mayoritario) será pensar en devenir algo más que un militante anarco-libertario, porque el liberalismo no es una secta sino una concepción histórica global con siglos de antigüedad y con muchos éxitos en su haber cuando se aplicó en una medida razonable.

Alberdi no es lo mismo que Benegas Lynch

La segunda recuperación constitucional de la democracia argentina sería un buen programa propio del tiempo de Milei, donde la reconstrucción debe ser principalmente económica porque es aquello donde la república democrática viene fracasando sistemáticamente desde 1983 a la fecha. La primera recuperación constitucional, la de Alfonsín, la del liberalismo político, pasó bien la prueba de los años e incluso del populismo y del corporativismo. La República contra viento y marea, aún con heridas, se sostuvo. Hoy bien podrían ser las bases alberdianas económicas las que se puedan forjar al modo actual, ya que ahora son. por primera vez en mucho tiempo un programa electoral votado conscientemente por la mayoría de los ciudadanos.

A diferencia de Macri, Milei hizo una inmediata política de shock en todo lo que pudo, devaluó dolorosamente el primer día y lanzó casi todo su programa de gobierno en un par de semanas. Pero no va a poder aplicar en dos meses lo que sólo podrá hacer, con suerte, de acuerdo a su correlación de fuerzas, a lo largo de todo un mandato. El DNU ya está funcionando pero no nos va a cambiar la vida a corto plazo. Estamos frente a un cambio de costumbres culturales que va para largo. Ya tiene Milei el programa, su programa, pero ahora hay que negociarlo o sintetizarlo con las ideas de otros y armar la alianza legislativa, el pacto que permita irlo concretando. Como hicieron Alfonsín y Menem con el pacto de Olivos para la reforma de la Constitución donde cada uno puso lo suyo. Fue una síntesis realizada por los constitucionalistas radicales y peronistas de la época. Lo demás es quedar en meras palabras y no hacer nada. Y eso de echarle la culpa a los otros de no poder hacer nada, siempre es falso. Los “otros” pueden ser obstáculos para el cambio, pero el encargado de removerlos es el presidente, y si no lo puede hacer el culpable al final terminará siendo enteramente él. Milei no debería hacer como sus antecesores peronistas diciendo que la culpa de que el país siga mal es por culpa de gobernadores y legisladores afines. Para colmo, ni siquiera critica demasiado a sus rivales ideológicos K, sino a los que se supone, sin ser de su tropa, están cerca de él y deberían acompañarlo. Ojalá no cometa el mismo pecado de cargarle la culpa siempre al otro: Alberto Fernández le echa la culpa de todo lo que está pasando a Macri que lo antecedió y hasta a Milei que lo sucedió. Cristina le echa la culpa a los mismos que Alberto, pero también a Alberto. Y Sergio Massa a Macri, Milei y Alberto pero también a Cristina. Si Milei se empantana en ese delirio (para peor, atacando a los únicos que lo podrían ayudar) volveremos a repetir la misma historia donde nadie es responsable de nada y por lo tanto no se hará nada.

Milei no va a transformar en sentido positivo la realidad porque su pequeña y sectaria ideología libertaria lo logre por sí misma, sino por lo que ésta coincida con un pensamiento liberal en serio. Acá se necesita sacar al ruedo más libros de Alberdi que de Benegas Lynch.

Pero para eso Milei debe tener en cuenta que el liberalismo constitucional de la mitad del siglo XIX se impuso porque, si bien acabó políticamente con el régimen rosista, no lo eliminó de golpe sino pausadamente y utilizó todo lo que pudo del mismo hasta que produjo, en su medida y armoniosamente, un cambio de ciento ochenta grados en la cultura y la economía del país. Fue obra de una generación (o incluso de más de una), no de ningún iluminado ni de ningún shock. No se pasa de un régimen al opuesto de la noche a la mañana. Milei, necesita hoy más una alianza legislativa permanente que un programa, porque sin la alianza no habrá ningún programa. Y la alianza legislativa requiere acordar ideas distintas. Otra cosa es imposible. El presidente puede apostar a quedarse solo con la insignificancia del anarco-libertarismo o probar con lo mejor del liberalismo histórico y mundial. Él también va a tener que cambiar de piel para que la Argentina pueda renacer.

Empezamos con una frase de Borges, terminemos con otra (tan conocida como casi nunca aplicada) de José Ortega y Gasset: “Argentinos, a las cosas”.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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