Entre lo viejo que no muere y lo nuevo que no nace

Está claro quiénes son los que quieren dejar todas las cosas como están pero no está tan claro si lo tienen claro aquellos que quieren cambiar las cosas. Lo nuevo siempre es más confuso que lo viejo, pero también es el único camino de la esperanza cuando un mundo entero se derrumba. Que ese mundo es la Argentina hoy.

Entre lo viejo que no muere y lo nuevo que no nace
Cristina Kirchner y Javier Milei

Lo ideal sería que luego de un tiempo de excesos y desmesuras, se recupere el equilibrio perdido, pero en la historia concreta de los pueblos no suele ocurrir precisamente eso: lo más habitual es que se pase de un extremo al contrario, que lo que se quiere ver nacer sea la antípoda de lo que está muriendo. Con lo cual se corre el riesgo de repetir, o más de bien de continuar, el error aunque con otro signo ideológico. Ese es el gran peligro que debemos evitar hoy, el de desvestir unos santos para vestir otros.

Los pueblos son como los ríos que bajan de las montañas a las llanuras. Traen consigo toda el agua necesaria para convertir el inhóspito desierto en fértiles oasis, pero para que eso ocurra la responsabilidad es del hombre, no del agua. Ella avanza tumultuosa en caída libre y arrastra con todo lo que tiene a su paso. Si no se la controla, en vez de calmar la sed de los pobladores y contribuir a sus afanes industriosos, no deja nada en pie, lo inunda todo. Ahora bien, si el hombre crea los diques por los cuales canalizar la dirección de las aguas salvajes, ellas se transforman en productivas y la riqueza se distribuye por doquier, el desierto se rinde frente al oasis.

En términos políticos, cuando los temporales de la historia aparecen en el horizonte, lo peor que se puede hacer es ponerse en contra de ellos porque uno termina arrasado por su fuerza incontrolable. Pero tampoco es conveniente colgarse de los mismos, porque uno acaba conducido por el huracán que marcha sin dirección hacia donde lo manipula el viento. De lo que se trata es de conducir al temporal, de cabalgar la evolución, de ponerse con una montura arriba de ella y hacerla marchar ordenadamente hacia los sitios donde se necesita del vital maná enviado por la naturaleza. No es Estado versus Mercado, son instituciones contra el caos.

Luego de veinte años de un ineficiente dirigismo estatista y corporativo que dejó un país desde todo punto de vista peor en lo coyuntural y lo estructural, los vientos de la historia representados por el voto popular decidieron en la Argentina dar un cambio de rumbo crucial y para hacerlo eligieron lo que tenían a mano, aquello que, sino mejor, al menos en mayor envergadura representaba lo opuesto a lo que estábamos viviendo. ¿Y qué cosa estábamos viviendo?

Siguiendo las viejas tesis de Carlos Marx sobre el despotismo oriental que impedía a grandes países como China, India o Rusia asumir -a diferencia de Occidente- el desarrollo capitalista moderno, en la Argentina, casi 200 años después, se adoptó un sistema que tenía mucho que ver con el que criticaba el autor del Manifiesto Comunista. Acá el pensamiento “nacional” se recluyó como los letrados chinos, en la corte del Emperador para ponerse a disposición del poder y escribir el relato oficial renunciando a la crítica para la que el intelectual ha sido naturalmente mejor dotado. Como en la India se construyó un sistema de castas basado no en el nacimiento o en la clase, sino en la apropiación del poder del Estado. Castas corporativas que se dividen el botín social mediante regulaciones de privilegio, la casta sindical, la casta judicial, la casta política, la casta de las “fuerzas vivas”, todas las castas. Y como en Rusia se creó un capitalismo de amigos de Estado que no funciona para ningún lado pero que beneficia enormemente a los zares, a las castas “hindúes” y reparte lo que sobra con los letrados “chinos”, expropiando al resto de la sociedad. No hay nada que repartir porque no se produce nada “productivo”, lo que queda es el saqueo de los restos de un país que fue pero ya no es más. Que hay que reconstruir de los pies a la cabeza porque no tiene ni pies ni cabeza.

Un sistema al que le gusta el modelo político comunista chino pero ve con ojos reservados el imparable capitalismo económico de la misma China. Un sistema que odia cualquier tipo de perestroika pero ama el zarismo expansivo de Putin. Un sistema que no funciona pero por el cual sus beneficiarios, que hoy por hoy son los hombres con más poder político y en gran medida económico de la sociedad, están dispuestos a todo para salvaguardarlo. Y si ello incluye voltear al gobierno que no los representa, pues a voltearlo.

Haciendo una síntesis “marxista”, en la Argentina hoy se enfrenta un neo despotismo oriental político y económico, contra el capitalismo liberal occidental. Estamos ante algo peor que un sistema meramente corporativo como aquél contra el cual se enfrentaba Alfonsín en los 80. Esto que vivimos es una profundización muy agravada de aquél.

Un sistema corporativo es un sistema que puede ser más o menos eficiente de acuerdo al contexto y espacio históricos. En general está históricamente demostrado que el capitalismo liberal es mucho más productivo que cualquier tipo de corporativismo, pero no por eso éste tiene que ser condenado per se. Las corporaciones de fines de la edad media y principios de la moderna fueron las instituciones que permitieron progresar desde el feudalismo al capitalismo, urbanizando los países y generando producción artesanal o industrial más allá de lo rural. El sistema corporativo, también llamado funcional u orgánico es aquel que en vez de considerar al ciudadano o al individuo como la célula básica desde la cual se organiza al resto de la sociedad, le da ese papel a las fuerzas vivas, la familia, la iglesia, la empresa, el ejército. El sujeto político lo es por poseer distintas representaciones sociales, no por tener una entidad política basada en ser ciudadano, y una entidad económica en tanto individuo. Son grupos los que organizan la sociedad y cada persona se define por la pertenencia a esos grupos, mientras que en el capitalismo la persona individual es el centro del sistema. Por eso, muchos “progresistas” tienden a confundir corporativismo con socialismo.

Pero en la Argentina kirchnerista, que confundió más que nadie socialismo o solidaridad con corporativismo, los grupos fueron truchos, se transformaron en saqueadores del Estado porque sólo dependían de la relación con la política, una tendencia negativa en general a la que tiende todo corporativismo (la de politizar todo) pero en el caso argentino eso llegó al paroxismo. Más que corporativismo, el sistema devino una oligarquía donde los jefes de las corporaciones obtenían privilegios sacándoselos al resto de la sociedad, incluyendo entre los perjudicados a los miembros de las propias bases corporativas que apenas recibían las migajas del festín que gozaban sus jefes, porque nada funcionaba y cada vez había menos para repartir. No era la “solidaridad” que equilibraba la competencia de mercado (como decía el verso populista) , era la administración de los privilegios que llevaba a la regulación negociada de los mismos de acuerdo a la mayor o menor cercanía con el poder político. Esa es una de las grandes explicaciones de porqué estos 20 años el sistema corporativo ha sido tan ineficiente, porque no tuvo ninguna motivación social, ningún objetivo más allá de las oligarquías que las conducen. Hacerse ricos usufructuando la cercanía con el Estado, sacándole recursos al interés público al que se supone debe servir el Estado. En este sistema “no sistema” la ineficiencia es una garantía de ganancias: mientras más mal funciona, mejor funcionan los beneficios de sus jefes. Por eso no es estrictamente un sistema corporativo, que a su modo también busca la eficiencia, es un sistema fallido, una oligarquía sin bases. Una política de elite corrompida incapaz de hacer nada productivo por nadie sino solo extraer plusvalía del trabajo ajeno retribuyéndolo con mucho menos de lo que le corresponde. Eso produjo un Estado que no funciona pero enriquece a sus miembros más conspicuos.

Hoy el peronismo en casi toda su integridad es el arma fundamental de esta lucha para defender el sistema elitista con el cual lucraron durante veinte años y donde prácticamente la totalidad de sus dirigentes activos se hicieron multimillonarios a costa de la exacción social y de la inanidad colectiva.

Insistimos, no es un mero sistema corporativo, la corporación en el país K no fue una atribución de funciones sino una herramienta de expropiación de lo que le corresponde a las mayorías, por parte de las minorías. Pero tan torpemente hecho que nos paralizó como sociedad. Un empresario, por más que las quiera todas para sí, sabe que primero que nada tiene que hacer sobrevivir la empresa para sobrevivir él, y hacer crecer la empresa para que pueda crecer él. El corporativismo argentino cree que es al revés, que tiene que destruir la empresa para sobrevivir y para crecer él. Y así literalmente lo hizo. Ese es el diagnóstico más profundo, en mi opinión, que se pueda hacer hoy del actual estado de cosas. Un estatismo inútil y corrompido, que hoy hace aparecer como milagroso al sistema de libre mercado y de competencia total, en comparación con lo que vivimos esta veintena infame. Y que por ende, nos puede conducir al otro extremo del péndulo, lo cual no sería nada bueno, por más que eso sea lo que proponga el actual presidente.

Lo cierto es que frente a tan horrible estado de situación, la mayoría social no votó necesariamente un programa específico de gobierno pero claramente sí una orientación que era la opuesta total al kirchnerismo. Podría no haber votado una alternativa libertaria tan excéntrica como la que votó, pero en todos los casos tendía hacia una política liberal como sustituto frente al mamotreto actual.

Con una lucidez proveniente del sentido común y de la experiencia directa, la sociedad intuyó que la crisis era responsabilidad principal de la política y de las trabas del sistema económico para funcionar con este estatismo regulatorio asfixiante. Y votó a quien mejor de lejos criticaba esos dos fallidos monumentales, por más que los expusiera desde una ideología minoritaria, trostkista de derecha (Como Trotsky y el comunismo en general Milei quiere al final una sociedad sin Estado) con más delirios que realidades. Los dos grandes “héroes” intelectuales del presidente, Murray Rothbard y Benegas Lynch (h), son dos piezas de museo de una excentricidad consecuente con haber sido siempre una minoría extremista. Pero junto a ellos, Milei defiende el liberalismo económico, el constitucional de Alberdi. Así como en 1983 era necesario el liberalismo político constitucional para acabar con los restos culturales de la dictadura militar, hoy aparecen como lógicas las “bases” económicas alberdianas para acabar con este estatismo que quebró al Estado y se lo regaló a las corporaciones que se quedaron con lo poco que se pudo rescatar entre sus restos (poco para hacer funcionar una sociedad, muchísimo para enriquecer una elite burocrática).

Y así, hoy, se trata de salir a flote con un hombre que no tiene la menor experiencia política al mando de la Nación o al mando de cualquier cosa, que solo conduce una armada Brancaleone de amigos con menos experiencia que él, con inventores locos y sabelotodos muy intuitivos pero marginales como el ingenioso Sturzenegger... Con todo ello el hombre está tratando, incluso por mera necesidad de sobrevivencia de sacarnos del sistema asfixiante que está copado en casi todas sus estructuras por los representantes de los privilegios y que sólo están dispuestos a dejar entrar algunos más si no les tocan sus prerrogativas. Incluso peleando contra sí mismo, contra ese especie de doctor Jekyll y el señor Hyde que suele ser Milei. Y del cual todavía no sabemos muy bien cual de las dos es su verdadera personalidad, duda exactamente igual a la que también sintieron casi todos los que escucharon su estrafalario discurso en Davos.

No obstante, en todo este proceso político nacional que estamos analizando, Milei es, por ahora, apenas un incidente de la historia, un hombre que se encontraba en el lugar justo en el momento justo y sus excentricidades coincidieron con un clima de época aunque no por ello dejan de ser excentricidades. Pero ahora se encuentra con que tiene que operar un paciente que no se cura con dolarizarlo, cerrarle el banco central, permitir la venta de órganos o apoyar ese nuevo terraplanismo que es el negacionismo climático, como sostienen sus más precarios (y lamentablemente más estimados) mentores ideológicos. Tiene que liberalizarlo, sacarle las trabas, desmontarle los obstáculos que le impiden moverse. Ni siquiera es ideológica la cuestión hoy por hoy, es clínica, de curación versus la extremaunción.

Es que las células malignas han copado todo el cuerpo. Hoy el kirchnerismo, que hasta ahora sigue confundido indiferentemente con casi la totalidad del peronismo, ha decidido defender el modelo de producción asiático, el de despotismo oriental por sobre el modelo capitalista liberal. Será un debate durísimo, tan duro como los intereses que se representan. Intereses que los defensores del sistema tienen muy en claro cuales son, pero está por verse si Milei (que empezó con algunas interesantes intuiciones en el buen sentido del combate) tiene conciencia de cual es el fondo de la cuestión (que no se lo aportará ningún libro o autor anarcolibertario).

Está claro quienes son los que quieren dejar todas las cosas como están pero no está tan claro si lo tienen claro aquellos que quieren cambiar las cosas. Lo nuevo siempre es más confuso que lo viejo, pero también es el único camino de la esperanza cuando un mundo entero se derrumba. Que ese mundo es la Argentina hoy.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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