Llegando a Comala

Según un estudio global, Argentina es el país con el peor indicador sobre estado de ánimo de la región, el que cayó abruptamente en cinco años. La mitad de la gente vive estresada.

Llegando  a Comala
Juan Rulfo, el escritor universal que trascendió la literatura cuya fama se asienta en dos libros: los 17 relatos de “El llano en llamas” y la novela “Pedro Páramo”.

“¿Está seguro de que ya es Comala? -Seguro, señor. -¿Y por qué se ve esto tan triste? -Son los tiempos, señor-”. Juan Rulfo, 1995

Con este diálogo de su guía, Juan Preciado cumpliendo lo mandado por madre, en su lecho de muerte, va llegando a Comala a buscar a su padre: Pedro Páramo -un cacique corrompido por el poder generado por la Revolución- para reclamarle lo prometido. La revolución para este es una nueva expresión colectiva de un orden violento y arbitrario, el cual encarna. Allí el viajero descubre que su padre y también, casi todo el pueblo está muerto, casi nada queda de la Comala que su madre añoraba.

Es un infierno, un pueblo muerto, caracterizado por la tristeza; profundizada por la incertidumbre que genera la convivencia entre vivos y muertos, porque: “Los muertos no tienen tiempo ni espacio”.

Rulfo presenta un hombre trágico, condenado a peregrinar en un purgatorio, -como aquel a las puertas del séptimo infierno del Dante- despojado de la ilusión y la esperanza.

Sin embargo, no es una visión fatalista, es un espejo que nos devuelve la imagen de un hombre en la eterna búsqueda; reflejando una realidad social americana.

En Comala se vive, sin propósito ni futuro, las alegrías se mezclan con dolor, como cuando un hijo marcha a vivir fuera del país. Esta novela, joya del realismo mágico latinoamericano, tiene mucho en común con los tiempos actuales. “Son los tiempos, señor”, dice el guía, donde impera el caciquismo y la violencia en la conformación social. Al igual que los que transcurren Latinoamérica y también nuestra Argentina actual.

Un reciente estudio global realizado por Voices y Worldwide Independent Network (WIN), difundido en oportunidad del Día Internacional de la Salud Mental, afirma que Argentina es el país con el peor indicador sobre estado de ánimo de la región, el que cayó abruptamente en cinco años. Asimismo prácticamente la mitad de la gente vive estresada, y este porcentaje es muy alto en los jóvenes.

El derrumbe del peso, la inflación desbocada, la inseguridad generalizada, la inestabilidad económica e institucional, la incertidumbre política. Todo ello nos ha convertido en un pueblo triste, lleno de incertidumbres, donde conviven reclamos insatisfechos con promesas incumplidas. Frente a esto muchos de los personajes que pretenden liderar la vida política, social, empresarial expresan discursos e ideas “muertas” que hacen imposible separar realidad y ficción. Si bien sigue siendo cierto que “la única verdad es la realidad” (Aristóteles, Kant y Perón), no lo es menos, que hay muy diferentes percepciones de esa realidad y para los que quieren escapar de ellas encuentran múltiples realidades como la realidad aumentada o la realidad virtual.

No hay tiempo para el futuro: las ideas de los “vivos” han caducado hace tiempo y se carece de capacidad para revisar esos esquemas mentales en los que se cree.

Idea decía Ortega y Gasset, es resultado de la actividad intelectual. Las creencias son supuestos asumidos por individuo y la sociedad, que se adoptan como su interpretación de la realidad. Son aún más peligrosas que productos vencidos que no debiéramos consumir. Las idea de Estado, de Mercado, de Democracia, de clases sociales, y aun de humanidad, son interpretadas como algo terminado, que no requiere revisión, y mucho menos ponerlas en relación con lo que pasa en el resto del mundo.

El real problema es qué las creencias no constituyen conocimiento real, pero actúan como tal, son gérmenes de acción, nos impulsan a actuar como si lo fuera. Nuestra conducta frente a un problema cualquiera surge de esas creencias, no del examen de información y evidencia. Cuando lo que se decide trasciende el nivel individual y se proyecta a nuestro complejo de relaciones, afecta todos los involucrados en aquel.

Dista de ser una solución inteligente. La inteligencia –siempre evoluciona- y recepta nuestro conocimiento y determina también los límites de nuestra ignorancia; es necesaria para orientar nuestra vida y frente a crisis, nos alimenta el instinto para la sobrevivencia.

La inteligencia en un “pueblo vivo” a diferencia de Comala, requiere crear un modelo de cómo funciona el mundo para poder saber quiénes somos, dónde estamos y hacia dónde vamos.

* El autor es licenciado en Ciencias Políticas, doctor en Historia, director del Centro Latinoamericano de Globalización. y Prospectiva, nodo del Millennium Project.

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