La Libertad Avanza: partido chico, infierno grande

Por estos días, varios de los referentes mileistas en el gobierno y en el Congreso le dificultaron las tareas al presidente con sus excentricidades y torpezas. Algunos con declaraciones delirantes como las de los Benegas Lynch en defensa de una educación no obligatoria, privatizada y pagada (todo lo contrario de lo que construyó Sarmiento) y otros transformando a las cámaras de diputados y senadores en escenarios de divisiones y chifladuras de toda índole. Malas compañías para un presidente que no debería perder el tiempo con esas tonterías producidas por los que se suponen deben defenderlo.

La Libertad Avanza: partido chico, infierno grande
Alberto Benegas Lynch (h), el "prócer" de Javier Milei, pidió cortar relaciones con el Vaticano durante la campaña electoral.

Inevitablemente, para poder gobernar bien de forma sostenida y no sólo en el corto plazo, el presidente Javier Milei deberá ir modificando determinadas ideas que viene (o venía) sosteniendo desde hace largo tiempo. O al menos no podrá decirlas, y casi siempre deberá negarlas como ha ocurrido por estos días con las declaraciones de su acólito, el ahora diputado “Bertie” Benegas Lynch, cuando sostuvo que la educación no debería ser obligatoria, a la vez que defendió el trabajo infantil. En todo apoyado por su padre, el gran inspirador ideológico argentino de Milei, Alberto Benegas Lynch (h), al que el presidente califica como prócer, quien dijo que a Abraham Lincoln el trabajo infantil le salvó la vida y le dio la presidencia. Si no me creen lean textualmente: “Lincoln, cuando era chico debía ayudar en el bosque y luego hachar para sobrevivir. Si lo hubieran obligado a ir al colegio no hubiera sido presidente ni nada, porque hubiera perecido”.

Ambos Benegas Lynch piensan igual en todo, aunque el padre sea un académico de fuste y el hijo aparente ser bastante menos lúcido. Milei siempre pensó como ellos en casi todos los temas, aunque ahora debe cuidarse muy bien de defenderlos y, en todo caso, guardarlos en secreto en una parte de su corazón. El peligro es que los Benegas Lynch suelen ser bastante bocones y con ansias de figuración ahora que por primera vez están, ellos y sus ideas, en el centro del sistema político y no en la más extrema marginalidad y el sectarismo como fue durante todo el anterior resto de sus vidas.

Ellos no sólo creen en la no obligatoriedad de la educación sino también en su privatización total: “debieran venderse las instituciones estatales de enseñanza, por ejemplo, a los mismos encargados de los respectivos claustros con todas las facilidades del caso”, sostiene el padre. Incluso, aunque tiene en un pedestal a Sarmiento por su liberalismo, lo critica por haber defendido la educación gratuita y estatal. Ellos, en cambio, defienden una educación no obligatoria, privatizada y pagada.

Creen además, a pie juntillas, en acabar con el sistema jubilatorio público: “el sistema jubilatorio de reparto está quebrado desde el momento uno y, por otra, se trata de una falta de respeto el imponer qué hacer con el fruto del trabajo ajeno. Cada persona debiera poder decidir con lo suyo lo que estime mejor, sea invirtiendo en regímenes de capitalización o en los activos que considere pertinente”, tal como hizo Menem, fracasando rotundamente. Ni a los chilenos les fue bien.

Es recordada la opinión de Benegas Lynch acerca de “suspender las relaciones diplomáticas con el Vaticano mientras allí prime el espíritu totalitario”, o sea mientras lo conduzca el Papa Francisco o algún otro “comunista”. Milei sólo cuando se propuso como candidato presidencial debió dejar de pensar (como pensaba hasta dos meses antes) que Francisco era el representante del maligno en la tierra. Mejor dicho, debió dejar de decirlo, no sabemos si de pensarlo.

Bertie, por su lado, propone la privatización del mar e incluso alambrarlo: “¿Por qué las ballenas se están por extinguir o los elefantes? La diferencia es el alambrado. ¿Por qué las gallinas y las vacas no se extinguen? Porque hay un propietario”. Vale decir, la única forma de que no desaparezcan determinadas especies como las ballenas o los elefantes es que los privaticen a todos. El papá de Bertie, no sólo dijo que lo que propone su hijo es extraordinario, sino que le agrega que además de privatizar a las ballenas, hay que privatizar todo el mar. Una especie de anarco-liberalismo marítimo.

También proponen los dos libertarios de doble apellido (al decir de Cristina) que se debería “eliminar el sistema de donación de sangre para reemplazarlo por uno de compra y venta, con la intención de que el mercado optimice los recursos”. Y, como hasta hace poco defendía públicamente Milei, basándose en las teorías del anarco-libertario norteamericano Murray Rothbard, la posibilidad de comprar y vender órganos humanos. Dicen estos insólito personajes que eso se basa en “el derecho personalísimo de disponer del propio cuerpo”. Y van aún más allá: “Prohibir la venta de órganos sería lo mismo que prohibir la venta de vacunas en medio de una crisis sanitaria”. Recordemos que Milei en plena campaña propuso crear un mercado de órganos. Benegas Lynch padre la remata con esta frase: “Estoy a favor de la venta de órganos y en contra del aborto porque una cosa es matar a otra persona y otra distinta es hacer lo que a uno le parece con su cuerpo”.

Son infinitas las declaraciones de tenor similar que los Benegas Lynch han defendido a lo largo del tiempo y no se han rectificado jamás de ninguna, como sí viene haciendo el presidente Milei cada vez que estos personajes lo comprometen con sus imprudentes decires.

Lo que nosotros creemos es que este tipo de ideas son factibles de defender desde una posición extrema y ultraminoritaria pero no conduciendo la mayoría política del país. Y es posible que Milei día a día lo esté entendiendo más. Pero no se puede negar que su pensamiento hasta hace muy poquísimo tiempo coincidía en todo con los Benegas Lynch.

Así como es necesario que modifique este tipo de ideas (o al menos políticamente conveniente) también deberá transformar la organización partidaria que debió crear de apuro cuando su crecimiento electoral devino inminente, inmediato y explosivo. Porque su partido, si se podría llamar así, es un partido chico con todos los problemas de los partidos chicos, pero que sin embargo están gobernando el país. Aunque una gran parte de sus militantes (devenidos legisladores o altos funcionarios ejecutivos muchos de ellos) no cesan, por su inexperiencia (y algunos incluso por otras cosas más graves aún, como su manifiesta incapacidad) de hacer papelones como hicieron esta semana con el sainete de la designación de un presidente de la comisión de juicio político de diputados y su arrepentimiento inmediatamente posterior. O el patetismo de un legislador mileista que narró, en plena sesión, una versión adaptada por él del cuento infantil de la Bella Durmiente del bosque, donde ubicó a Cristina Kirchner como la bruja que durmió al pueblo y a Javier Milei como el príncipe que los despertó a todos, pero no sólo con un beso (como en el dibujito animado) sino “haciéndole el amor a todos”. Con el consiguiente escándalo.

Claro, frente a la realidad del país que debe encarar el presidente, estas hoy parecen cuestiones menores, pero no siempre lo serán si Argentina sale adelante con esta gestión presidencial. Porque para hacer una transformación a fondo (sin la cual el ajustazo actual no habrá servido de nada salvo empobrecer más a la gente) se necesita una estructura partidaria o una alianza política lo suficientemente fuerte y eficiente como para conducir la estrategia. Y poner al frente a gente con la suficiente capacidad política que Milei no logrará si se encierra en un pequeño partido alejado de la casta, como de alguna manera parece estar haciendo su hermana convocando a todos los “leales” (vale decir los más obsecuentes) y alejando a todos los que expresan alguna disidencia. Salvo en su insignificante círculo íntimo, la confianza es un material que Milei y su hermana no solo no le conceden en absoluto a la “casta”, sino a sus propios adherentes y funcionarios que se sienten todos con una espada de Damocles sobre su cabeza temerosos que, sin aviso previo, Milei o su hermana los expulsen del paraíso libertario. Viven aterrados. No parece ese el mejor camino. Es cierto que a estos “militantes” improvisados, si se los deja solos se van a dividir hasta el infinito y se van a pelear todos los días o decir sandeces como ocurrió esta semana, pero la solución no parece ser el verticalismo extremo, sino la apertura, cuando menos a los “buenos” de la casta, porque por afuera de ella hoy no se consiguen políticos, o los que se consiguen son peores, producto de esta decadencia política de décadas que hizo alejarse de la actividad política a mucha gente preparada que en otros tiempos hubiera asumido una responsabilidad pública y hoy no está predispuesta.

Además, el presidente anarco-libertario debería ser cada vez más liberal y menos libertario. Porque su ideología es al liberalismo lo mismo (aunque de tendencia opuesta) que el trotskismo al resto del marxismo. Liberales y marxistas, bien o mal, han gobernado y siguen gobernando países, pero trotskistas y libertarios no gobiernan en ninguna parte del mundo ni gobernaron nunca (algo que llena de orgullo a Milei por considerarse el primero de esa especie en la presidencia de un país, lo cual más bien es una excepcionalidad que debería preocuparlo).

El problema de Milei es parecido al de los trotskistas: qué hacer si alguna vez les toca gobernar cuando nunca lo hicieron. Los anarcolibertarios actuales son una mezcla de liberalismo de mercado extremo tipo Ayn Rand o Murray Rothbard, con un conservadurismo como el de Orbán o Vox, y con admiración por Trump por ser de extrema derecha pero no con su concepción nacionalista y su admiración por Rusia. Benegas Lynch siempre fue considerado un excéntrico de ideas imposibles porque cree que el mercado puede organizar la totalidad de la vida pública y que el Estado debe perecer. Y hoy la crisis llegó a tanto que hasta tenemos un presidente que dice pensar y anhelar lo mismo.

Los únicos que piensan que el Estado debe desaparecer enteramente son los anarquistas, y con otra variante, también los marxistas quiénes creen que coyunturalmente hay que fortalecer el Estado (de los trabajadores) para acabar con el Estado (de los capitalistas) pero luego acabar con todo Estado. Es que ellos afirman que una vez eliminado el capitalismo de la sociedad y de la mente de las personas, el Estado va a desaparecer y será reemplazado por la libre administración de las cosas manejadas por hombres solidarios que compartirían entre sí todas sus tareas. Benegas Lynch piensa lo mismo pero por razones opuestas: cree que si se estimula la ambición individual, la libre competencia absoluta de todos contra todos, la suma de millones de egoísmos hará una sociedad paradisíaca de libre competencia donde siempre se impone el mejor. Y el Estado, como el de los marxistas, también moriría por falta de su necesidad.

La gran diferencia es que los trotskistas creen en una sociedad igualitaria motivada por la solidaridad basada en incentivos morales, y los anarcolibertarios creen en una sociedad lo más desigual posible porque miles de individuos compitiendo entre sí con sus habilidades diferentes, generan una sociedad libre. Unos quieren estatizar todo, absolutamente todo. Los otros quieren privatizar todo, absolutamente todo. De ambos el enemigo absoluto es el Estado. Pero su eliminación es algo imposible de concretar. Los marxistas llegaron al poder porque fortalecieron el Estado en nombre de eliminarlo después, pero mientras tanto crearon dictaduras ultraestatistas. Menos los trotskistas que no gobernaron nunca nada porque son más idealistas, poco realistas, creen en un delirio bien intencionado como la “revolución permanente”, mientras que el resto de los marxistas quieren hacer la revolución para luego congelarla cuando consiguen el poder. Por eso Stalin mató a Trotsky. Los anarco libertarios tampoco nunca gobernaron en ningún espacio ni tiempo, salvo en Argentina hoy, que es -debido a las locuras y delirios de los últimas décadas- una especie de dimensión desconocida donde nada es imposible. Y así vivimos pasando de un extremo a otro, sin poder concretar nunca nada.

Milei ya no afirma públicamente sostener esas propuestas ultraminoritarias e imposibles o delirantes (salvo la que el Estado es el mal absoluto) pero es muy posible que siga teniendo la misma lógica de razonamiento que lo llevó a adoptarlas durante casi toda su vida, hasta que el destino argento lo llevó a la presidencia de la Nación. Porque eso no se cambia de un día para otro. Si es que se cambia.

Sin embargo es harto improbable que ni sus viejas ideas ni su improvisado partido hayan influido en las razones de las grandes mayorías que lo votaron. A los que lo votaron directamente desde las PASO es muy posible que su ataque a la política y los políticos, identificados por la mayoría de la población como el principal origen de sus males, sea el principal motivo de su defensa. Aunque también les encantó el personaje, con el que se identificaron muchísimo. Pero los que se le sumaron al voto en la segunda vuelta, lo hicieron no tanto por Milei sino para que no siguieran los que estaban antes. Y a todos, hay un solo gran tema que parece unificarlos: es que ese 56% que lo votó quiere, en los hechos, firmar una especie de pacto con el presidente mucho más profundo que los pactos de mayo. Esa gente quiere recuperar, en un país devastado, un orden económico saludable y eficaz, cueste lo que cueste. Y para eso está dispuesta a pagar un alto precio como de hecho está ocurriendo. De todos sus pensamientos, los que Milei realmente maneja bien son los relacionados con la macroeconomía. Y sus votantes casi por unanimidad han firmado una especie de contrato social no escrito donde el presidente debe hacer las cosas bien en ese sentido. Las demás cuestiones por ahora les importan poco. Y a Milei también parecen importarles poco.

En otros palabras, en la medida que está aprendiendo a presidir un país, Milei deberá alejarse de esas ideas ultraminoritarias y esos personajes estrafalarios con que se inició en política. Eso es lo que estará obligado a cambiar cuando, si logra cumplir su pacto económico con la gente, se le encargue luego la misión de transformar el país en todos los demás aspectos. Hoy solo parecen excentricidades de poco importancia, pero con el tiempo pueden llegar a no serlo. En estos últimos días el Milei que fue le jugó -a través de esos personajes y esas ideas imposibles- varias malas pasadas al presidente que debería ser. Por eso quizá no esté de más la advertencia.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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