Cristina y Milei, tan diferentes, tan parecidos

Cristina y Milei, son esas dos personalidades políticas que Argentina y los argentinos de tanto en tanto solemos crear para que nos defiendan, incluso para que uno/a nos defienda del otro/a. Raras creaciones que de tan distintas terminan pareciéndose demasiado.

Cristina y Milei
Cristina y Milei

A cualquiera que la corría por izquierda, Cristina Fernández de Kirchner solía responderle: “A mi izquierda, la pared”, indicando que en términos de construcción concreta de poder -e incluso en su discurso- nadie había avanzado más que ella con las ideas de ese signo.

Si se le preguntara la misma cosa a Javier Milei, de acuerdo a sus actitudes, a sus decires y a lo que intenta hacer, él muy bien podría responder: “A mi derecha, la pared”, como seguramente hoy ustedes estarán escuchando (al mismo tiempo que leen esta nota) en su discurso en España participando del Congreso de Vox, el ala más dura de la ultraderecha española.

A ambos les encanta decir que después de ellos ideológicamente no hay más extremo que la pared, aunque muchas veces estén o hayan estado obligados a gobernar desde el centro, como es lo habitual en política. Es una de sus marcas coincidentes. Los diferencia el extremo ideológico al cual adhieren, pero los hace parecerse el extremismo ideológico en sí, aunque después no lo practiquen.

Cristina forma parte de un progresismo aliberal o antiliberal (quizá más directo sería llamarlo populismo de izquierda) que descree bastante de la autonomía de los poderes. Critica la autonomía de los bancos centrales que practican los países capitalistas democráticos y cree que la división de los poderes públicos es una antigualla de tiempos de la revolución francesa de 1789. El peronismo en sus orígenes incluso era crítico hasta de la autonomía universitaria.

Milei, en cambio, se ubica (de alberdiano gusta arroparse) en el sendero liberal de la historia, aunque participe de una de sus tendencias extremas y más conservadoras. Para el liberalismo, desde sus orígenes fundacionales, allá por tiempos de Locke o Montesquieu, la división de poderes es la esencia de la república liberal. Como el poder político es uno solo, para que no se fagocite a sí mismo y fagocite al pueblo tendiendo al poder absoluto, es necesario crear un mecanismo automático de contralor: y para eso se divide en tres, cada uno con una autonomía que a veces es necesario sea hasta independencia de poderes. También existen contrapoderes, como el periodismo.

La liberal es la concepción formalista del poder, la populista es la contenidista. La primera cree en las instituciones como mediaciones esenciales entre representantes y representados. La segunda busca más bien saltearse lo más que pueda las instituciones para tender a la relación directa entre representante y representados, entre líder y pueblo. Para la primera el contenido de una república son sus formas, para la segunda el contenido de una república es el proyecto concreto de poder que aplica el gobierno de turno.

Alfonsín, De la Rúa, incluso Macri creían en la concepción formalista. Menem, Duhalde y los Kirchner participaban de la contenidista. Y eso se aprecia claramente en el debate sobre la Corte Suprema de Justicia. Aún cuando Néstor Kirchner construyó en sus inicios una de las mejores (sino la mejor) Cortes de la democracia, creía que la ideología de sus miembros debía ser progresista como se consideraba él (con el tiempo el kirchnerismo se daría cuenta que la ideología -aunque sea afín- no basta para controlar a la Corte, pero eso lo veremos enseguida).

Quien mejor explicó la cuestión desde el punto de vista teórico, quizá porque era el más peronista de todos y el que menos usó la Corte para su beneficio personal o partidario, fue Eduardo Duhalde. Él lo fundamentaba sin pelos en la lengua cuando literalmente decía: “El Gobierno es el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Si los tres poderes no marchan en conjunto no hay Gobierno posible...Las Cortes son parte del Gobierno como lo es el Poder Legislativo. Si no hay una compenetración de las políticas del Estado, ningún modelo, ningún proyecto puede funcionar”. Para terminar, basándose en esa cruda concepción del poder desnudo, defendiendo hasta la indefendible Corte menemista, aunque a Duhalde no le gustara el menemismo: “Fue bastante lógico que la Corte que era tildada de menemista, estuviera de acuerdo con el modelo económico de la década del 90″. O sea, si el presidente es privatista, la Corte debe bancar las privatizaciones, y si es estatista debe hacerlo al revés.

Milei, quizá en teoría (lo ignoramos porque él nunca habla de temas institucionales) sea formalista como debería serlo todo liberal. Pero en los hechos es contenidista como los peronistas, ya que quiere cambiar los miembros de la Corte para que le banquen sus políticas, su “proyecto”. Y la cosa es más grave aún: porque si bien a Milei le está costando horrores avanzar en el Pacto de Mayo aún con una oposición afín que lo quiere ayudar, desde los sótanos del poder parece estar avanzando muchísimo mejor con el Pacto de la Corte con Cristina, el cual se expresa claramente en la figura del juez Ariel Lijo, ese ultrapolémico personaje (rechazado por casi todo el espectro republicano, menos por Martín Lousteau que no se sabe si lo rechaza o no) que propone Milei y que a su vez el kirchnerismo declara ciudadano ilustre de algún que otro municipio.

Es entonces el caso de Lijo otra similitud de Milei con Cristina, y no sólo por una coincidencia conceptual, sino por claros intereses personales de ambos “enemigos pero no tanto”. Tanto la reina K como el anarcolibertario ven en Lijo a un advenedizo que más que participar de un proyecto de poder, en el fondo no le importa defender ninguna idea jurídica ni política propia, sino ejecutar la que le manda el poder de turno, por lo que puede ser funcional hoy a Milei y mañana a Cristina o a quien lo reemplace. Cristina necesita ese pacto por la Corte para ver si puede obtener de Milei lo que no pudo lograr con Alberto, por incompetencia de éste y porque además la misión era y sigue siendo bastante imposible: su impunidad judicial. Y para eso le ofrece al presidente la dosis de gobernabilidad de la que Milei carece (entre otras cosas por haber ninguneado hasta ahora a los que se la ofrecen de buena voluntad). Un pingüe negocia para Cristina, pero no lo parece para Milei.

Las intermediaciones institucionales no les gustan a ninguno de los dos. Cristina se pasó sus presidencias puenteando al Partido Justicialista que la sostenía pero al cual ella siempre despreció. Por eso creó la Cámpora. Milei dice desconfiar de la casta política en general. Pero en el fondo, de lo que ambos desconfían son de las instituciones. En eso los dos participan de una característica esencial del populismo. El impulso de Milei en imaginarse un 25 de mayo donde el Pacto, a falta de acuerdo con los dirigentes, lo hiciera él sólo junto al pueblo, es una clara actitud de ese populismo que busca acabar con toda intermediación entre líder y pueblo.

Existe otro tema en el que Cristina y Milei son calcados: en su valoración del periodismo. En ambos es la misma, exactamente, con una coincidencia que asusta, al menos declarativamente. Ven en los periodistas a su principal enemigo, incluso más que la casta política. Es que los dos líderes son muy mediáticos. Una ama las cadenas televisivas y otro las redes sociales, pero ambos aman la comunicación sin intermediarios y por ende odian a cualquier intermediario comunicacional con toda la fuerza de sus almas. Para Cristina, para Milei, hay solo dos tipos de periodistas: el militante, y el vendido al oro (no al de ellos, sino al ajeno). El que les dice que sí a todo, o el ensobrado.

Cristina y Milei son dos líderes muy representativos. Como solemos decir en estas páginas, más que representaciones, son expresiones de la sociedad. Son multitudes las que convocan a partir de su discurso disruptivo y generan esperanzas. Sin embargo, ambos tienen enormes dificultades para gestar su oficialidad, sus espadas, sus obispos. Casi siempre eligen lo peorcito entre todo lo que tienen.

Mucha de la gente de Milei es impresentable, aunque son más los que poseen una gran inexperiencia. Y es comprensible, un hombre novel en las cosas del poder se está enfrentando a una elite forjada a lo largo de 40 años, aunque una enorme cantidad de sus miembros hayan resultado fallidos en base a lo que la democracia esperaba de ellos. Hoy dentro de la política los vicios se han casi universalizado como ocurre con toda casta. Pero fuera de la política hay muy poco bueno con ganas de entrar en la política, precisamente por el escaso prestigio que tiene socialmente esa profesión. Por lo tanto, Milei más que de fuera de la política obtuvo su gente de los márgenes de la política, de sectores minoritarios (con los mismos vicios que los mayoritarios excepto que tuvieron menos oportunidades para practicarlos) que encontraron en La Libertad Avanza un camino fácil de acceso al poder. Es muy difícil, y en caso de poder lograrse llevaría mucho tiempo, gestar una elite nueva sin los defectos de la actual. Cristina lo intentó con la Cámpora y éstos apenas llegaron al poder adoptaron los mismos vicios de los que venían a reemplazar. No parece irle mejor a Milei y eso que recién empieza.

Cristina tiene además una peculiaridad personal en la que parece superar ampliamente no sólo a Milei, sino a casi todos los presidentes. Elige muy mal, no a todos sus dirigentes, sino a los principales. Primero fue un Ministro de Economía como Lousteau, luego un Vicepresidente como Boudou, despues un Presidente como Alberto y ahora le queda un gobernador como Kicillof. Un cuarteto de terror inventado desde la nada por Cristina. Pobres y tremebundas criaturas creadas por ella y solo por ella. Un Narciso, un Isidorito, un Chirolita y un pésimo estatizador. Lousteau casi hace volar el país con su 125, Boudou intentó robarse la fábrica de hacer billetes, el Alberto nos condujo a la anarquía y la hiperinflación mientras que Kicillof, cuando era ministro de Economía de Cristina, logró por su ideologismo, afán de notoriedad e imprudencia política, la estatización más cara y peor negociada del mundo, la de YPF. Que hoy Lousteau sea nada menos que el presidente de la UCR (un partido centenario que quizá haya llegado el momento en que deba hacer terapia psicoanalítica, porque lo suyo no se entiende desde la política) y que Kicillof sea la única promesa a futuro que presenta el peronismo, es sobre todo obra de Cristina. Como Boudou, y como Alberto. Pero ella sigue mirando para otro lado y hablando como si no fuera responsable de nada. Y se mantiene firme como líder indiscutida de los suyos, porque hasta ahora, los únicos peronistas que la desafían a ella, a su hijo y a los camporitas son personajes como Aníbal Fernández o Guillermo Moreno, dos caricaturas patéticas frente a los cuales Cristina parece la reina Isabel. Por eso en todos lados se sigue hablando de ella, a pesar de sus infinitas reiteraciones y de su ya demostrada obsolescencia política.

Todos los gobiernos tienen sus simpatías ideológicas, sus afinidades internacionales, pero en el caso de Cristina y de Milei las amistades que han ido construyendo por el mundo son las peores de todas. Una defiende dictadores de izquierda, el otro defiende autoritarios de derecha. Y para colmo, en acopio con tales personajes definen gran parte de la política internacional argentina. Entre Maduro y Vox la única diferencia es ideológica. Y es una pena porque ni Cristina es Maduro ni Milei es Vox. Son en sus prácticas políticas mucho más moderados de los que con quien gustan gustarse, y de lo que dicen ser. Pero ambos forman parte de esa parte de la cultura política argentina tendiente a los excesos permanentes.

Lousteau, como dijimos recién, es un Narciso que le pregunta todos los días al espejo quien es el más lindo, el más inteligente y el más bueno y siempre el espejo le responde: “tú eres”. Cristina y Milei no se miran tanto al espejo pero están bastante convencidos de que en el mundo no existe nada más que cada uno de ellos.

Los políticos egocéntricos (como lo son casi todos los políticos incluido los buenos) al menos consideran a sus seguidores como células del único cuerpo que existe: el suyo. Pero Cristina y Milei ni siquiera ven como células a sus seguidores, porque a las células en la medida en que son las que permiten vivir a cada uno de sus cuerpos, éstos deberían cuidarlas. Pero ellos dos más bien no las consideran, no las ven, no las sienten (por eso Cristina eligió como sus segundos inmediatos a esos tipos increíblemente impresentables que citamos recién, por eso Milei ni siquiera ha hablado personalmente aún con muchos de sus ministros y secretarios de Estado). Su referencia a los demás siempre es forzada y exuda indiferencia. Son de los que dan la mano blanda y miran para otro lado cuando saludan. Se sienten más allá del bien y del mal. Más aún, se sienten el bien y el mal. Y les agrada sentirse ambas cosas.

Sin embargo, no por ello son antipopulares. Por el contrario, tienen mucha popularidad. Son claras manifestaciones de su época, supieron expresar muy bien lo que gente reclamaba cuando les tocó el momento de gobernar. Es tanta su fuerza que Cristina, aún residual sigue teniendo una inmensa adhesión popular mucho mayor que la de cualquier otro dirigente peronista. Y Milei mantiene, pese a cinco meses de cruel ajuste, casi toda la suya, que además consiguió en un tiempo récord. Son expresiones de los anhelos de mucha gente. La juventud, los más humildes, los que tenían menos esperanzas frente a la deserción o el fracaso de las elites, confiaron o confían en ellos. Generan o generaron esperanzas.

Milei tiene afinidades y antipatías personales e ideológicas muy complicadas. Respeta a Mauricio Macri como una especie de padre, pero como a todo padre lo quiere reemplazar o tiene miedo que no le dé la herencia. Más que quererlo aunque le siente afecto, lo respeta y le desconfía.

A Raúl Alfonsín lo odia profundamente, para él el presidente radical es la suma de todos los males. Lo odia y lo desprecia. Personalmente le siente asco e ideológicamente también. Por lo de su ideología socialdemócrata pero también por el juicio a las juntas. Milei reivindica al Menem que indultó a todos los condenados por la violencia de los 70, pero no al que los condenó a todos en uno de los juicios más ejemplares de la historia nacional.

A Carlos Menem lo considera su San Martín del presente, lo admira y lo quiere imitar. Su identificación es personal e ideológica.

A Cristina la trata sin desprecio. Es quizá su gran enemiga ideológica pero personalmente la respeta, aún cuando la acusa de ser la jefa de un Estado corrupto. La considera parte sustancial de la casta pero, a diferencia de a casi todo el resto de sus miembros, no solo no la desprecia, tampoco la insulta. Su problema con ella es solamente ideológico. Mientras que a muchos cercanos ideológicamente a él los ofende de todas las formas posibles. Odia a López Murphy y por ende lo desprecia y lo insulta y lo menosprecia. A Cristina ni la desprecia ni la insulta ni la menosprecia. Es su enemiga ideal, su mejor enemiga, la enemiga a la que debe respetar como tal. Debe vencerla pero honrarla aún en la derrota.

Cristina por su lado piensa parecido a Milei con respecto a Milei. Le ve coraje y capacidad de acción. Cree que aún siendo su principal enemigo ideológico es expresión cabal de este tiempo. Con él la guerra debe ser terminal, pero dentro de las leyes de la guerra. A Macri lo desprecia, lo insulta y lo menosprecia. Mientras que a Milei ni lo desprecia ni lo insulta ni lo menosprecia. A Macri lo odia más personal que ideológicamente. A Milei no lo odia en ningún sentido, pero cree que sus políticas son aberrantes y que hay que pelear contra ellas, no tanto contra él.

Cristina piensa algo así: “Milei, no sós basura como Macri, pero igual sós la dictadura”. Milei, por su lado, la considera su mejor enemiga, la reina de las huestes rojas, de los comunistas soviéticos que en su mente ideologizada imagina aún andan haciendo daño por el mundo infiltrando almas. Aunque en la realidad, ni Milei sea la dictadura, ni Cristina sea comunista. Por más que cada uno de esos dos enemigos íntimos nos quieran hacer creer que es verdad lo que piensan de sí mismos y lo que piensan del otro/a, de su mejor enemigo/a. Pero no hay nada que hacerle, así son Cristina y Milei, esas dos personalidades políticas que la Argentina y los argentinos de tanto en tanto solemos crear para que nos defiendan, incluso para que uno/a nos defienda del otro/a. Raras creaciones que de tan distintas terminan pareciéndose demasiado.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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