18 de agosto de 2026 - 15:57

¿Qué debería quedar cuando una mina se agota? La pregunta que Barrick plantea para Chile y Argentina

Marcelo Álvarez, vicepresidente para Latinoamérica de Barrick Mining, invitó a medir el éxito más allá de la producción.

Esa fue una de las ideas centrales de su discurso como orador principal de la Cena Anual de la Fundación Minera de Chile, realizada en Santiago, un encuentro que reunió a autoridades de Chile y Argentina, representantes de la industria, trabajadores, comunidades, empresarios, proveedores y académicos vinculados a la actividad. Allí propuso cambiar la pregunta sobre el éxito de la minería y pensar cuál será su verdadero legado dentro de 50 años.

Para Álvarez, la respuesta no debería medirse solamente en toneladas de cobre u oro extraídas. “El verdadero legado de nuestra industria será el país que ayudemos a construir mientras producimos esos minerales”, sostuvo. Advirtió que una mina puede generar millones de toneladas y, sin embargo, dejar poco desarrollo, mientras que también puede convertirse en un punto de partida para crear capacidades, ampliar oportunidades y fortalecer el tejido social.

La minería como catalizador y no como destino

El ejecutivo de Barrick planteó que la actividad minera debe dejar de pensarse como el destino final del desarrollo de un país y pasar a ser uno de sus grandes catalizadores. En esa visión, la oportunidad que ofrece la demanda global de minerales debería aprovecharse para impulsar nuevas capacidades, industrias y oportunidades, dentro y más allá de los proyectos extractivos.

“El mayor éxito de nuestra industria no será producir más minerales”, afirmó, sino lograr que esos recursos se traduzcan en educación, innovación, emprendimiento, infraestructura, movilidad social y oportunidades para las próximas generaciones.

Álvarez ubicó este debate en un contexto global en el que crece la necesidad de minerales para la electrificación, la digitalización y la transición hacia una economía de menores emisiones. El cobre, los metales necesarios para almacenar energía y otros materiales resultan estratégicos para redes eléctricas, transporte, ciudades, centros de datos y nuevas tecnologías.

Pero, según remarcó, los países productores necesitan aprovechar esa demanda para construir una prosperidad que permanezca después de que una mina termine su operación. “Los minerales son un medio. Nunca deberían ser el fin”, sostuvo.

El planteo también apunta a modificar la manera en que se evalúa una operación minera. Además de reservas, productividad, costos, empleo e inversión, consideró que debería medirse la capacidad de dejar territorios mejor preparados para el futuro y ampliar las posibilidades de desarrollo de quienes viven en ellos. Una mina que opera durante 30 o 40 años, señaló, debería contribuir a que el territorio tenga más oportunidades una vez concluida esa etapa.

Mina Veladero

Mina Veladero

Comunidades y confianza: de grupos de interés a socios del desarrollo

Otro eje del discurso fue la construcción de confianza. Para Álvarez, una mina debería comenzar a generar confianza incluso antes de producir su primera onza, porque esa es la condición que permite la inversión, la innovación y la colaboración.

La experiencia previa del ejecutivo en procesos de construcción de paz en Colombia fue uno de los puntos de partida de su reflexión. Allí, relató, comprendió que la confianza no surge cuando desaparecen las diferencias, sino cuando las personas pueden expresarlas y seguir siendo respetadas. Escuchar antes de responder y comprender antes de explicar son, en su visión, capacidades también necesarias alrededor de un proyecto minero.

En esa línea, sostuvo que las comunidades no deben ser consideradas simplemente como un grupo de interés, una audiencia o una etapa dentro de un cronograma. “Es una protagonista del desarrollo”, planteó, y propuso avanzar desde la colaboración hacia la “co-creación” de una visión compartida sobre el futuro de cada territorio.

El concepto se extiende, según explicó, a universidades, proveedores, emprendedores, gobiernos y empresas. En lugar de actores convocados para validar decisiones ya tomadas, los definió como “socios del desarrollo”, capaces de participar en la construcción de esas decisiones y de un proyecto territorial que trascienda a la propia mina.

La clave: qué queda cuando el recurso se agota

La propuesta de Álvarez se concentra en la construcción de una “matriz productiva ampliada, robusta e intergeneracional”. El objetivo, explicó, no debería ser crear territorios dependientes de la minería, sino lugares donde la actividad haya ampliado las posibilidades de desarrollo.

Una mina puede operar entre 20 y 40 años, pero un territorio debe proyectarse por mucho más tiempo. Por eso, afirmó, el éxito de una operación no puede medirse únicamente por lo que ocurre mientras está en funcionamiento, sino también por las capacidades que deja instaladas.

Esto supone fortalecer proveedores para que puedan competir en otros sectores, generar infraestructura útil para distintas industrias, impulsar la innovación y el emprendimiento y ofrecer formación que permita a los jóvenes desarrollar su talento tanto dentro como fuera de la minería. “El mayor legado de una mina no debería ser que un territorio dependa de ella durante cuarenta años”, planteó, sino que gracias a ella disminuya su dependencia de una o dos actividades económicas.

Entre los ejemplos mencionados figuraron la experiencia de Alto del Carmen, en Chile, donde la Red Emprende Alto acompañó a 246 mujeres en el fortalecimiento de sus negocios y liderazgo, y las iniciativas desarrolladas en torno a Veladero. En este último caso, señaló que las obras de acceso al agua, infraestructura y fortalecimiento comunitario adquieren verdadero valor cuando se convierten en capacidades de las comunidades y dejan de depender exclusivamente de la empresa.

Una oportunidad para Chile y Argentina

Hacia el final de su exposición, Álvarez puso el foco en la oportunidad compartida por Chile y Argentina, dos países con una posición central en la geología de la región. “El mundo necesita los minerales que tenemos”, señaló, aunque volvió a insistir en que la discusión de fondo no es solamente cuánto podrán producir, sino qué serán capaces de construir gracias a esa oportunidad.

La geología, sostuvo, no garantiza por sí sola el desarrollo. La riqueza bajo tierra no se transforma automáticamente en bienestar en la superficie: depende de las decisiones, las instituciones, las políticas públicas, las empresas y de la capacidad de construir una visión compartida.

Por eso propuso sumar nuevos indicadores para medir el éxito de la minería: cuántos jóvenes encontraron oportunidades para quedarse en sus territorios, cuántas mujeres pudieron desarrollar empresas, cuántos proveedores crecieron más allá de la actividad extractiva y cuánto se amplió la matriz productiva de las comunidades donde hubo operaciones mineras.

La síntesis de su planteo fue que una mina puede cerrar, pero las capacidades desarrolladas durante su vida útil pueden seguir generando crecimiento durante generaciones. Para el vicepresidente de Barrick para Latinoamérica, ese debería ser el estándar de la actividad: que la minería no sea el fin del desarrollo, sino el catalizador de un futuro con más oportunidades que el existente antes de que comenzara la explotación.

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