11 de septiembre de 2026 - 20:09

1 de cada 10 adolescentes tiene sentimientos de angustia y depresión: la soledad acompañada y el peso del "éxito"

Datos de Unicef encienden las alarmas sobre su salud mental. Del “phubbing” de los padres y el diálogo ausente a las condiciones de su entorno que los agobian.

Violencias entre pares, desafíos virales que causan calosfríos, apuestas online con creciente participación y los pone en riesgo de adicciones, desconexión, amenazas recientes de tiroteos. Esos son quizás los casos más visibles y que en muchos casos son señales de alerta que se desoyen -aunque muchas veces se juzgan- si no se profundiza en el malestar que esconden y, mucho más, si no se logra comprender los innumerables factores que afectan sus condiciones de vida y salud mental.

Ser adolescente hoy es, sin dudas, afrontar un sinnúmero de condicionantes y presiones distintas de las de otra época, y la falta de recursos propio de la edad, como escasos por parte del entorno, no hace más que dejarlos en una situación de extrema vulnerabilidad.

Riesgos para la salud mental de los adolescentes: datos de diversas organizaciones dan cuenta de sentimientos de angustia y depresión. Infografía de elaboración propia a partir de datos del psicopedagogo Alejandro Castro Santander y entidades.

Riesgos para la salud mental de los adolescentes: datos de diversas organizaciones dan cuenta de sentimientos de angustia y depresión. Infografía de elaboración propia a partir de datos del psicopedagogo Alejandro Castro Santander y entidades.

Estudios de diversos organismos dan cuenta de la incidencia del sentimiento de angustia y depresión, pero también de un pobre diálogo en los entornos familiares que los deja solos.

El sufrimiento de los adolescentes

“Detrás de la violencia y la intolerancia se oculta un sustrato de sufrimiento psíquico que ha crecido exponencialmente en la última década. Este dolor no es unívoco, ya que surge de la intersección entre vínculos familiares debilitados, una soledad digital paradójica y presiones sociales que han mutado con la tecnología”, señaló el psicopedagogo Alejandro Castro Santander, titular del Observatorio de la Convivencia Escolar de Conicet y referente de Argentinos por la Educación en Mendoza.

El especialista puso sobre la mesa datos concretos provenientes de diversas organizaciones que han abordado los factores de riesgo y prevalencia de malestar psicológico en adolescentes. Se trata de informes de Unicef, la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Observatorios de Salud Mental.

Según Unicef, 13% de los chicos de entre 13 y 17 años tiene sentimiento de angustia, lo cual implica un elevado riesgo de desarrollar depresión. Además, 9% tiene sentimientos de depresión y requiere intervención clínica.

Como muestra de las conductas en las que impactan este tipo de situaciones, 32% de los chicos de entre 16 y 24 años consumió alcohol en exceso en el lapso de los 30 días previos a la consulta, lo cual el psicopedagogo detalla que está asociado a la desregulación emocional.

También trajo a colación que, según un estudio de la UBA de este año, entre 6,5% y 9,4% de la población general está en riesgo de desarrollar algún trastorno mental y, en ese marco, los jóvenes aparecen como el grupo más susceptible.

Sobre las apuestas que tanto preocupan últimamente, aparece un dato revelador: según datos del Observatorio de la Convivencia Escolar, 40% de los adolescentes tiene un escaso diálogo familiar sobre este tema, lo cual deja abierta la puerta a su vulnerabilidad frente a las adicciones.

Los adolescentes y su necesidad de ser vistos

“La adolescencia, históricamente conceptualizada como un período de transición, crisis y reconfiguración de la identidad, atraviesa en la actualidad una metamorfosis profunda impulsada por la convergencia de factores socioeconómicos, tecnológicos y vinculares”, afirmó a Los Andes el psicopedagogo.

Se refirió al impacto del sufrimiento subjetivo y la instauración de una lógica de eliminación como respuesta predilecta ante el conflicto. Eliminación del otro e incluso de sí mismo, la “cancelación” en términos de entornos digitales que trascienden a la vida real.

La demanda de visibilidad es una arista fuerte en este escenario y las redes sociales son un potenciador de esta particularidad. Hay que estar, hay que ganar seguidores y hay que pertenecer. Es la “dictarura del like”.

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Castro Santader señala que la pregunta sobre si los adolescentes están "pidiendo a gritos ser vistos" encuentra una base sólida en la observación de sus interacciones con el entorno. “La visibilidad se ha transformado en un imperativo existencial; en un mundo hiperconectado, "no ser visto" equivale a no existir. Esta necesidad de reconocimiento, que anteriormente se gestionaba en el ámbito privado o en grupos de pares reducidos, ahora se desplaza hacia una escala global mediada por algoritmos que premian la espectacularización del yo y la transgresión”, explica.

El fenómeno de los desafíos virales muestra esta búsqueda de visibilidad y los adolescentes, cuya corteza prefrontal responsable del juicio racional y la evaluación de riesgos aún se encuentra en desarrollo, son especialmente vulnerables a la impulsividad que estos retos exigen, advierte. Como contracara, la cancelación.

Los padres y el “semiabandono” de los adolescentes

Hay un concepto que suena fuerte en este contexto y al que se refirió Castro Santander: la soledad acompañada. Refiere a la crisis del acompañamiento adulto y que dijo es uno de los factores más citados por los expertos.

“Muchos jóvenes habitan sus hogares en un estado de ‘semiabandono’, donde sus necesidades materiales están cubiertas, pero su mundo interno permanece inexplorado por los adultos responsables”, subrayó.

Explicó que el concepto de "padres ausentes" no se refiere necesariamente a una ausencia física, sino a una desconexión afectiva o "phubbing" (ignorar a los hijos por el uso del celular) que deja al adolescente sin una referencia clara para procesar sus experiencias. Y aquí hay otro punto: cubrir las necesidades materiales demanda tiempo de los padres dedicados al trabajo, y que en la Argentina actual implica cada vez más horas para cubrir lo esencial, justamente por la pérdida de poder adquisitivo de los ingresos. En definitiva, son más horas de ocupación y padres más agotados.

Esta orfandad simbólica se traduce en lo que se denomina soledad acompañada: “el adolescente está físicamente presente y digitalmente conectado con miles de personas, pero carece de un vínculo de confianza donde pueda expresar su vulnerabilidad sin temor al juicio o al reto. La soledad percibida se asocia directamente con mayores niveles de depresión, ansiedad y trastornos del sueño, creando un caldo de cultivo para la ideación suicida”, describió el psicopedagogo.

Entonces, dijo que cuando la palabra se encuentra obturada o no encuentra un receptor válido en el mundo adulto, el adolescente recurre a la actuación (acting out). Los especialistas señalan que las conductas bruscas, las amenazas de violencia e incluso las autolesiones son, en esencia, mensajes cifrados dirigidos a una autoridad adulta que se percibe como ausente o sorda. La incapacidad de poner en palabras el malestar emocional conduce a una "anestesia emocional" donde el joven solo puede sentir y hacerse sentir a través del impacto visual y el choque conductual.

La presión del rendimiento y el éxito social

Pero además, la nueva modernidad impone al adolescente un estándar de éxito y perfección difícil de alcanzar. La comparación constante con vidas idealizadas en redes sociales genera un sentimiento de insuficiencia crónica, refirió el profesional. El miedo al fracaso académico y profesional, sumado a la necesidad de "encajar" en estándares de belleza y estilo de vida poco realistas, produce un estrés crónico que el cerebro adolescente no siempre tiene los recursos para gestionar.

En Argentina, este escenario se agrava por factores socioeconómicos, dijo el investigador. La pobreza y la precarización no solo limitan las oportunidades materiales, sino que erosionan la esperanza de futuro, un componente vital para la salud mental en la juventud. “Cuando el entorno ofrece pocas salidas para el desarrollo personal, la frustración se canaliza hacia la hostilidad o el repliegue autodestructivo”, concluyó.

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