26 de abril de 2026 - 08:00

El silencio "a gritos" de los adolescentes: el sufrimiento que se volvió un estallido de violencia

Autolesiones, ataques reales y virtuales, la “dictadura del like”, son parte de su mundo, con el que les cuesta lidiar y tan invisible para adultos perplejos.

La situación de amenazas e incluso tiros en las escuelas pareciera ser algo que estalló repentinamente en las manos, que sorprende a adultos que rápidamente salen a buscar recursos para responder ante los adolescentes y a una opinión pública que nunca está exenta de juicios.

Juicios que, para colmo, en muchos casos cuando se trata de jóvenes, suelen ser negativos, reactivos, pensados desde posiciones clásicas sin considerar las particularidades y los desafíos de los adolescentes de hoy.

Lo cierto es que este verdadero drama, es una de las expresiones más extremas -y masivas- de un río silencioso de problemáticas y alertas que ha ido sumando caudal.

Situaciones y problemáticas de diversa índole, con elementos comunes, vienen dando señales de que los chicos están insertos en un mundo que les cuesta sobrellevar, demandan atención, ser escuchados, y, sobre todo, ser vistos.

Adolescentes con celulares
Adolescentes 2026: violencias, silencios, “vistas”, cancelación y muerte, son parte de un escenario complejo que reclama acompañamiento.

Adolescentes 2026: violencias, silencios, “vistas”, cancelación y muerte, son parte de un escenario complejo que reclama acompañamiento.

“No estamos ante una serie de hechos aislados, sino ante una crisis sistémica de la subjetividad juvenil en la era digital. Los adolescentes no solo están ‘pidiendo ser vistos’, están demandando un sentido de pertenencia y una estructura de contención que el mundo adulto, en su propia crisis, ha dejado de proveer de manera efectiva”, asegura Alejandro Castro Santander, investigador, psicopedagogo institucional y referente del Observatorio de la Convivencia Escolar del Centro de Investigaciones Cuyo - Conicet.

La explosión del mundo adolescente

Violencias, silencios, “vistas”, cancelación y muerte, son parte de un escenario complejo. Las amenazas de tiroteos y muertes en cientos de colegios del país, incluso Mendoza, las últimas semanas, se suman a incidentes previos en los que el hecho se hizo efectivo. Sucedió en Santa Fé, con una víctima fatal, o en La Paz, Mendoza, con una adolescente de 14 años que llevó un arma al colegio, disparó y luego se reveló un probable abuso.

Pero además, hace años que los especialistas, los hospitales y las estadísticas, advierten sobre un incremento de las autolesiones así como de los intentos de suicidio o su concreción. Esto habla de un sufrimiento silencioso, desgarrador, invisible. De las dificultades para detectar, poner en palabras lo que está sucediendo así como de pedir o brindar ayuda.

Como si no hubiese otras formas, la violencia parece atravesar los diversos síntomas del malestar que viven. Hay una intolerancia hacia el otro, hacia lo diferente y, a veces, hasta de su propia realidad, al extremo de la eliminación, la “cancelación”, del otro y hasta de sí mismo. Como expresión de esto, están las dificultades en la convivencia escolar, que comenzaron a hacerse más patentes, y conflictos que se plantean también en otros territorios, como el mundo digital y la calle.

Como parte sustancial aparece la necesidad de visibilidad: es importante ser visto, como recurso para la pertenencia al grupo o para posicionarse. Y en esto, las redes sociales, el entorno natural de estos nativos digitales, cumplen un rol central. Confluye esto en la violencia como recurso para posicionarse y pertenecer, a ver quién va más lejos. Peleas, excesos, ataques a la salida del colegio o en fiestas, que son grabados (para las redes) y desafíos virales, son parte de sus manifestaciones. En todo esto, el público es un factor esencial.

La necesidad de ser vistos

Los especialistas coinciden en que, efectivamente, los chicos necesitan ser vistos. En principio por sus pares, pero de algún modo, demandan la mirada adulta, no como una sentencia con restricciones y más como un ámbito que contenga, acompañe y promueva la escucha.

“El sufrimiento de los jóvenes es real, profundo y multicausal. Así, ignorarlo o verlo como una ‘etapa’ solo garantiza que el grito por ser vistos se vuelva cada vez más trágico y nocivo”, recalca Castro Santander.

Adolescente triste
Los adolescentes afrontan una crisis marcada por un contexto de violencias, sufrimiento y la necesidad de acompañamiento adulto. Imagen ilustrativa creada con IA

Los adolescentes afrontan una crisis marcada por un contexto de violencias, sufrimiento y la necesidad de acompañamiento adulto. Imagen ilustrativa creada con IA

Señala que si la adolescencia ha sido siempre una etapa de crisis y reconfiguración de la identidad, hoy atraviesa una metamorfosis profunda impulsada por la convergencia de factores socioeconómicos, tecnológicos y vinculares. La escuela no es la causa, sino una inevitable caja de resonancia.

“La visibilidad se ha transformado en un imperativo existencial; en un mundo hiperconectado, "no ser visto" equivale a no existir. Esta necesidad de reconocimiento, que anteriormente se gestionaba en el ámbito privado o en grupos de pares reducidos, ahora se desplaza hacia una escala global mediada por algoritmos que premian la espectacularización del yo y la transgresión”, analiza.

Refiere una especie de rito contemporáneo con el que les resulta difícil lidiar: su corteza prefrontal, responsable del juicio racional y la evaluación de riesgos, aún se encuentra en desarrollo y son especialmente vulnerables a la impulsividad.

“La ‘dictadura del like’ impone una presión constante por realizar actos cada vez más escandalosos para mantener la relevancia digital (...) el daño físico o la puesta en riesgo de la vida son vistos como precios aceptables a cambio de la visibilidad social. La visibilidad, en este contexto, se convierte en un refugio contra la sensación de vacío e invisibilidad que muchos jóvenes experimentan en sus entornos primarios”, observa el especialista.

El lugar de los adolescentes

“En términos psicoanalíticos, lo que está en juego es la relación con la mirada del Otro, es decir, con aquello que da lugar, reconocimiento y valor a la existencia de cada uno”, analiza la licenciada en Psicología Cecilia Sottano, directora técnica de Causa Psicoanálisis, una institución dedicada a la atención de adolescentes, jóvenes y sus familias desde una perspectiva de salud integral.

Advirtió que la adolescencia es un momento especialmente sensible a los discursos que circulan y hoy esos discursos -provenientes tanto de figuras políticas como de referentes sociales- tienden a promover formas de relación donde el otro pierde valor: se lo reduce a objeto de uso, se lo descarta o se lo ubica como enemigo.

adolescentes
Los adolescentes afrontan una crisis marcada por un contexto de violencias, sufrimiento y la necesidad de acompañamiento adulto.

Los adolescentes afrontan una crisis marcada por un contexto de violencias, sufrimiento y la necesidad de acompañamiento adulto.

Cuando eso ocurre,- señala- algo del lazo social se debilita. Y en ese vacío, lo que aparece con fuerza no es tanto el pedido de ser visto, sino la necesidad de hacerse ver a cualquier costo. “La violencia, la exposición extrema o los actos disruptivos pueden leerse como intentos de inscribirse en la mirada del Otro cuando esa mirada no ofrece un lugar simbólico consistente (...) por eso, es necesario ubicar el problema en el nivel del discurso: ¿qué lugar le ofrece hoy la sociedad a los adolescentes para existir sin tener que recurrir a estas formas extremas?”, interpela la profesional.

Sufrimiento y violencia

“Detrás de la violencia y la intolerancia se oculta un sustrato de sufrimiento psíquico que ha crecido exponencialmente en la última década. Este dolor no es unívoco ya que surge de la intersección entre vínculos familiares debilitados, una soledad digital paradójica y presiones sociales que han mutado con la tecnología”, explica el psicopedagogo.

Sotano aclara que el sufrimiento es estructural a la condición humana, pero lo decisivo es cómo se lo tramita y no es lo mismo hacerlo en soledad. “Desde una lectura psicoanalítica, el sujeto se constituye en relación con el Otro: familia, instituciones, comunidad. Cuando esos soportes están debilitados -por precariedad, por agotamiento o por la pérdida de referencias simbólicas-, el sufrimiento queda menos alojado, menos traducido en palabras, y más expuesto a aparecer en actos”, explica.

La psicóloga hace hincapie en que en el contexto actual, además, se promueve una lógica en la que cada uno debe arreglárselas por sí mismo. “El otro ya no es un sostén -expresa- sino muchas veces un rival o una amenaza; esto empuja a los jóvenes a vivir sus dificultades de manera aislada, sin recursos simbólicos suficientes para elaborarlas”. Por eso concluye que el sufrimiento hoy encuentra menos espacios donde ser escuchado y transformado en algo elaborable.

La cancelación de lo insoportable

“El factor común que subyace a los tiroteos escolares, el acoso digital y las autolesiones es la instauración de la "eliminación" como la respuesta primordial ante aquello que molesta, duele o difiere del yo. Esta lógica opera en tres niveles: la eliminación del otro (cancelación), la eliminación física del grupo (tiroteos) y la eliminación de sí mismo (suicidio)”, señala Castro Santander

Para el investigador, la lectura de la "eliminación" como respuesta al conflicto es quizás el indicador más alarmante de la degradación de la convivencia humana. “La dificultad para tolerar al otro y la facilidad para recurrir a la cancelación o a la violencia física reflejan una anomia social donde las normas de respeto y la valoración de la vida se han visto erosionadas por la lógica del descarte”, refiere.

Para Sotano, en tanto, se trata de un modo particular de responder al malestar en esta época: “En términos lacanianos, podríamos decir que hay una dificultad creciente para soportar la falta, la diferencia, lo que no encaja. Y cuando eso no se puede tramitar en el plano simbólico (palabras, vínculos, instituciones), aparece en lo real: en el acto, en la violencia, en el cuerpo”

A esto se suma un contexto que empuja a soluciones individuales y rápidas. Los adolescentes quedan muchas veces solos frente a situaciones complejas, sin adultos que puedan ejercer una función de mediación sostenida -no por desinterés, sino muchas veces por agotamiento o precarización. El resultado es un aumento de respuestas impulsivas y solitarias: abandono, autolesión, agresión.

Cómo actuar

“Ahí es donde se vuelve central la función de quienes trabajan en salud mental, en educación o en cualquier espacio con jóvenes: ofrecer un lugar donde algo de ese malestar pueda ser leído, nombrado y alojado. Es decir, introducir una pausa, una palabra, una presencia que permita que no todo tenga que resolverse en el acto”, subraya Sotano.

Para Castro Santander, “la tarea por delante es pasar de una cultura de la eliminación a una cultura de la palabra y el reconocimiento mutuo, donde el adolescente pueda encontrar su lugar en el mundo sin necesidad de destruirse ni de destruir a los demás”.

Sostiene que es necesario que las intervenciones no se limiten a la gestión de la crisis sino que haya una política de Estado que priorice la salud mental juvenil, que dote a las escuelas de recursos especializados y que, sobre todo, trabaje en la reconstrucción del diálogo familiar.

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