“Un antiguo saber”, la columna de Cristina Bajo

Cristina Bajo, escritora y columnista de revista Rumbos.
Cristina Bajo, escritora y columnista de revista Rumbos.

Al poco tiempo de ser fundada, la ciudad de Córdoba ya contaba con artesanías y obras suntuosas, como cuadros al óleo, grabados, tallas religiosas, tapices flamencos, muebles de jacarandá, vajilla labrada en plata y alhajas de oro y piedras preciosas.

La línea que separa al arte de la artesanía es tan sutil, que a veces cuesta distinguir de qué lado de esa línea están ciertas creaciones. Se dice que el arte es para disfrutarlo y que la artesanía siempre es utilitaria, pero tanto la obra de arte como la artesanal nos dicen mucho sobre nuestro pasado y la vida, los sueños, esperanzas y capacidades de aquellos que las crearon.

Con los primeros españoles de clases más altas, llegaron muebles y utensilios que traían de Europa; otros, más modestos pero no menos hermosos y utilitarios, venían en los baúles de quienes les seguían en la escala social.

Pronto hubo que construir viviendas y enseres acá inexistentes, ya fuera para uso diario, ya para adornar un muro o un oratorio. Fue así que aquellos artesanos tan valorados en su época descubrieron las maderas de estas tierras, y con ellas se fabricaron muebles que bien podríamos llamar suntuosos. Metales y piedras se sumaron como materiales valorados para la construcción de viviendas, objetos artesanales y joyas.

“Las primeras obras de arte que entraron a Córdoba pertenecían a Juana de Abreu, quien acompañaba a doña Luisa Martel de los Ríos, esposa de nuestro fundador.”

Sabemos, por testamentos de época, que al poco tiempo de fundada nuestra ciudad, ya contaba con obras de arte como cuadros al óleo, grabados, tallas religiosas, tapices flamencos, muebles de jacarandá (los europeos eran de roble, avellano o caoba), alhajas de oro, plata y piedras preciosas. Sin olvidar vajilla trabajada en plata, sillas forradas en ricas telas o cueros.

En el testamento de don Sebastián de Orduña (1642) se consignan: “Un pabellón de damasco carmesí y sobrecama guarnecido en flecos y alamares de oro; baúl con barandilla de jacarandá, embutido en marfil; alfombra con estrado; 3 bufetes, uno blanco, otro con cajón de jacarandá; 1 cuja (especie de cama con las patas cruzadas, como los catres) de jacarandá con barandilla, sobrebarandillo y pabellón (cortinados que nacían desde el techo y cubrían la cama)”.

Las primeras obras de arte que entraron a Córdoba –sin contar los retablos y altares de viaje que traía don Jerónimo Luis de Cabrera y otros de sus seguidores– fueron las que pertenecían a Juana de Abreu, que llegó a la provincia con su hija, acompañando a doña Luisa Martel de los Ríos, esposa de nuestro fundador.

“Entre los s. XVII y XVIII, nuestra ciudad se convirtió en un promisorio centro comercial y cultural, el más importante de la actual Argentina y uno de los mejores de la América hispana.”

Entre sus posesiones, venía un óleo de la Magdalena y un retablo de madera dorada con imágenes de la Verónica. Otras damas de la comitiva traían enseres domésticos de calidad, espejos de marco dorado a la hoja, además de las infaltables imágenes santas. Si bien en nuestro territorio entraban pinturas flamencas, italianas, alemanas y españolas, en Córdoba se mantuvo el gusto por la pintura cuzqueña y de los artistas locales.

Y sobre las imágenes terribles de martirios y sangre –la moda del momento–, los cordobeses preferimos exaltar a la Sagrada Familia, a la niñez de la Virgen María y la infinidad de advocaciones con que se la veneraba.

Favorecida por su ubicación estratégica, punto de unión de rutas que venían del Perú, Chile, las misiones jesuíticas y Buenos Aires, nuestra provincia se convirtió, entre los siglos XVII y XVIII, en un promisorio centro comercial y cultural, el más importante de la actual Argentina y uno de los mejores de la América hispana.

Por esto, por sus órdenes religiosas que trajeron educación, por el traslado de la sede obispal, Córdoba contó con una arquitectura excepcional, con magníficos edificios religiosos y privados, y fue terreno propicio para que en conventos y monasterios se guardaran obras de arte, muchas de ellas, piezas de extraordinaria calidad.

Sugerencias: 1) Conseguir Alfombras de Bordo. Una antigua tradición Criolla, de Clara Díaz (editado por el Museo Nacional de Arte Decorativo), un opúsculo sobre esta bellísima artesanía cordobesa, de la cual la autora es especialista; 2) Visitar nuestros antiguos templos: hay obras realmente extraordinarias.

*Escritora y columnista de la revista Rumbos. Contenido exclusivo de Rumbos.

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