Pareja y fidelidad posible: cómo bajarnos de la montaña rusa de celos, antes de que nos hagan daño

Pareja y fidelidad posible: cómo bajarnos de la montaña rusa de celos, antes de que nos hagan daño
Con los reiterados episodios de celos, el diálogo en la pareja se resiente. Estas crisis expresan nuestro gran miedo a no poseer a quien amamos. Ilustración: Hugo Horita

Los celos forman parte del capital emocional de toda pareja erótica, pero los episodios reiterados pueden ser indicio de otro tipo de problemáticas. A qué señales debemos prestar atención.

Todos sabemos de qué se trata. ¿Quién no conoce acaso esa urticante sensación de ser engañado, excluido, postergado? Son los celos, que nos visitan cada tanto desde que éramos chicos, cuando pugnábamos por el amor de nuestros padres o por un lugar entre los hermanos... Pero, aún siendo universales, no todos los celos son iguales. Y es fundamental aprender a distinguirlos.

Forman parte, en primer lugar, del caudal afectivo de toda pareja erótica. Para nuestra incomodidad, la incertidumbre es condimento esencial del erotismo y obliga a mantener viva la seducción. Una cierta inquietud y un discreto estado de alerta son el precio a pagar por una pareja sexuada.

Por lo contrario, las certezas y la ausencia de celos suponen la negación de los terceros y la narcotización del vínculo. En una relación amorosa, la calma chicha nunca es buena señal.

“La verdadera causa de una crisis de celos puede estar en el pasado de quien la sufre: en un padre mujeriego o una madre muy exigente.”

Sin embargo, y siguiendo el recorrido, lo que para algunos es solo inquietud, para otros es una tormenta. Basta un pequeño indicio (una mirada, un saludo) para desatar una reacción emocional que no guarda proporción con lo ocurrido. La ira, las conclusiones excesivas y los reproches de toda laya dominan la escena.

La reiteración de estos episodios es inevitablemente dañina. La convicción con que el celoso argumenta, produce en el otro una mezcla de sentimientos negativos: rechazo, confusión, parálisis. Aún cuando todo termine en disculpas, las acusaciones no se evaporan y la repetición las sedimenta, deteriorando la confianza.

Las causas verdaderas de estas crisis no están en el presente, sino en el pasado de quien las sufre. Padres mujeriegos o abandonantes, madres muy exigentes o, tal vez, rivalidades entre hermanos, pueden ser ejemplos de situaciones vividas en la niñez que alteran la elaboración edípica y la construcción de la autoestima.

Estas personas suelen tener dificultades en la normal competencia con su propio sexo y celan a hombres o a mujeres que les resultan atractivos/as, viendo como rivales a quienes ellas (por su propia historia, por sus clichés) consideran deseables. Paradójicamente, este mecanismo las lleva con frecuencia a ver el peligro donde no está.

“El delirio de celos, en cambio, forma parte de patologías psiquiátricas más complejas, como la paranoia, la esquizofrenia o las demencias seniles”.

Una tercera categoría nos lleva a la historia del desafortunado Otelo que, preso por celos delirantes, termina matando a su amada Desdémona.

El delirio de celos forma parte de patologías psiquiátricas más complejas, tales como la paranoia, la esquizofrenia o las demencias seniles. Se trata de un delirio interpretativo al estilo de “sé que hiciste tal cosa por tal motivo”, basándose en una idea completamente irracional.

Cuando están en pareja, suelen ser personas rígidas y controladoras, generando climas asfixiantes, aunque aquí el problema no está en el vínculo, sino en la patología de base, que debe ser diagnosticada y tratada. El ejemplo de Otelo no tiene que ser olvidado: muchos crímenes mal llamados pasionales tienen allí su origen.

En síntesis, los celos –como cosquilla o como tormento– no son más que la expresión de nuestro miedo a perder en el siempre vano intento por poseer al otro y tener su amor asegurado.

* Médico psiquiatra y psicoanalista. phorvat@fibertel.com.ar Contenido exclusivo de revista Rumbos.

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