Diego Golombek: “La biología puede explicar por qué la humanidad cree en Dios”

Golombek: “La pregunta sobre la existencia o no de Dios, no es relevante para la ciencia. Pero sí lo es preguntarnos por qué, en pleno siglo XXI, el 85% de la gente sigue creyendo en las religiones y en aquello que no puede ver". Foto: Federico Lopez Claro.
Golombek: “La pregunta sobre la existencia o no de Dios, no es relevante para la ciencia. Pero sí lo es preguntarnos por qué, en pleno siglo XXI, el 85% de la gente sigue creyendo en las religiones y en aquello que no puede ver". Foto: Federico Lopez Claro.

Aceptar el misterio o no aceptarlo, esa es la cuestión. ¿Pero con qué fundamentos? Corriéndose de los debates habituales, el reconocido neurobiólogo estudia desde hace años los mecanismos cerebrales que intervienen en la capacidad humana de creer: “¿Y si además de condicionantes culturales, hay cuestiones orgánicas que nos predisponen a lo sobrenatural?”.

“La pregunta sobre la existencia o no de Dios, no es relevante para la ciencia. Pero sí lo es preguntarnos por qué, en pleno siglo XXI, el 85% de la gente sigue creyendo en las religiones y en aquello que no puede ver. ¿Será que, además de los condicionamientos culturales, existieran cuestiones biológicas que nos predisponen a creer en el más allá?”.

Como científico y divulgador, Diego Golombek (Buenos Aires, 1964) conoce bien el poder revelador de las preguntas bien hechas, así como la ardiente curiosidad que pueden provocar los misterios más antiguos de la humanidad. Doctor en Biología, investigador principal del CONICET y actual jefe del Laboratorio de Cronobiología de la Universidad de Quilmes, Golombek anda por estos días celebrando una nueva edición de Las neuronas de dios, un exitoso libro que publicó originalmente en 2015 y, en poco tiempo, se volvió un clásico del periodismo de divulgación.

“Claramente dios es una creación humana, primero animista, dotando de poderes sobrenaturales a ciertos fenómenos de la naturaleza (el rayo, el sol, los volcanes) y luego creándolo a imagen y semejanza: un Dios antropomórfico que responde a las necesidades, miedos y deseos humanos –reflexiona Golombek–. Pero lo crucial es que si la religión y la creencia en lo sobrenatural son tan universales como parece, entonces no solo deben tener un sentido evolutivo, sino que seguramente existe una base genética y hasta hereditaria para explicarlas”.

En esta entrevista exclusiva con Rumbos, Golombek revela los mecanismos del cerebro que nos predisponen como especie a creer en los sobrenatural.
En esta entrevista exclusiva con Rumbos, Golombek revela los mecanismos del cerebro que nos predisponen como especie a creer en los sobrenatural.

-𝙀𝙣 𝙩𝙪 𝙡𝙞𝙗𝙧𝙤, 𝙘𝙤𝙣𝙩𝙧𝙖 𝙩𝙤𝙙𝙖 𝙨𝙪𝙥𝙤𝙨𝙞𝙘𝙞𝙤́𝙣, 𝙣𝙤 𝙘𝙪𝙚𝙨𝙩𝙞𝙤𝙣𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙚𝙭𝙞𝙨𝙩𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙙𝙚 𝙙𝙞𝙤𝙨, 𝙨𝙞𝙣𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙖𝙗𝙡𝙖́𝙨 𝙙𝙚 𝙡𝙤𝙨 𝙢𝙚𝙘𝙖𝙣𝙞𝙨𝙢𝙤𝙨 𝙘𝙚𝙧𝙚𝙗𝙧𝙖𝙡𝙚𝙨 𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙖𝙣 𝙥𝙚𝙧𝙢𝙞𝙩𝙞𝙙𝙤 𝙖 𝙡𝙖 𝙝𝙪𝙢𝙖𝙣𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙚𝙭𝙥𝙚𝙧𝙞𝙢𝙚𝙣𝙩𝙖𝙧 𝙚𝙡 𝙛𝙚𝙣𝙤́𝙢𝙚𝙣𝙤 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙧𝙚𝙡𝙞𝙜𝙞𝙤́𝙣. ¿𝘿𝙚 𝙙𝙤́𝙣𝙙𝙚 𝙨𝙖𝙡𝙚 𝙣𝙪𝙚𝙨𝙩𝙧𝙖 𝙥𝙧𝙚𝙙𝙞𝙨𝙥𝙤𝙨𝙞𝙘𝙞𝙤́𝙣, 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙚𝙨𝙥𝙚𝙘𝙞𝙚, 𝙖 𝙘𝙧𝙚𝙚𝙧 𝙚𝙣 𝙡𝙤 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚𝙣𝙖𝙩𝙪𝙧𝙖𝙡?

-Una hipótesis es que esta predisposición haya tenido un significado adaptativo; es decir, que de alguna manera esta tendencia nuestra a “creer” nos ha conferido una ventaja como especie... Está claro que socialmente ha tenido y tiene sus ventajas: creer colectivamente en el más allá y en lo que nos proponen las religiones, le otorga a una comunidad una mayor cohesión y también un propósito. Además, al bajar la ansiedad que provocan ciertas preguntas existenciales, es posible que la religión hasta tenga algún efecto benéfico para la salud. Podemos imaginar, siendo un poco exagerados, una escena primitiva: aquel que creyó en lo sobrenatural, quizá salió corriendo de una situación confusa, mientras que aquel que interpretaba todo como una expresión de la naturaleza –correctamente, al fin y al cabo–, quizá se expuso demasiado y no sobrevivió. Esto, por supuesto, es puramente especulativo.

-𝘼𝙡𝙜𝙤 𝙢𝙪𝙮 𝙞𝙣𝙩𝙚𝙧𝙚𝙨𝙖𝙣𝙩𝙚 𝙦𝙪𝙚 𝙘𝙤𝙢𝙚𝙣𝙩𝙖́𝙨 𝙚𝙣 𝙚𝙨𝙩𝙚 𝙩𝙧𝙖𝙗𝙖𝙟𝙤 𝙚𝙨 𝙦𝙪𝙚 𝙡𝙤𝙨 𝙧𝙚𝙯𝙤𝙨, 𝙗𝙖𝙞𝙡𝙚𝙨 𝙮 𝙘𝙖𝙣𝙩𝙤𝙨 𝙧𝙞𝙩𝙪𝙖𝙡𝙚𝙨 𝙙𝙚 𝙡𝙖𝙨 𝙧𝙚𝙡𝙞𝙜𝙞𝙤𝙣𝙚𝙨 -𝙙𝙚𝙨𝙙𝙚 𝙪𝙣 “𝙋𝙖𝙙𝙧𝙚 𝙣𝙪𝙚𝙨𝙩𝙧𝙤” 𝙝𝙖𝙨𝙩𝙖 𝙡𝙖 𝙙𝙖𝙣𝙯𝙖 𝙙𝙚 𝙡𝙤𝙨 𝙙𝙚𝙧𝙫𝙞𝙘𝙝𝙚𝙨- 𝙨𝙚 𝙗𝙖𝙨𝙖𝙣 𝙚𝙣 𝙡𝙖 𝙢𝙞𝙨𝙢𝙖 𝙘𝙖𝙥𝙖𝙘𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙙𝙚 𝙨𝙞𝙣𝙘𝙧𝙤𝙣𝙞𝙯𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝙙𝙚𝙡 𝙘𝙚𝙧𝙚𝙗𝙧𝙤. ¿𝘾𝙤́𝙢𝙤 𝙤𝙥𝙚𝙧𝙖𝙣 𝙚𝙨𝙩𝙤𝙨 𝙢𝙚𝙘𝙖𝙣𝙞𝙨𝙢𝙤𝙨? ¿𝙀𝙨 𝙨𝙪𝙜𝙚𝙨𝙩𝙞𝙤́𝙣 𝙤 𝙧𝙚𝙖𝙡𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙣𝙤𝙨 𝙞𝙣𝙙𝙪𝙘𝙚𝙣 𝙖 𝙚𝙨𝙩𝙖𝙙𝙤𝙨 𝙙𝙚 𝙗𝙞𝙚𝙣𝙚𝙨𝙩𝙖𝙧 𝙥𝙧𝙤𝙛𝙪𝙣𝙙𝙤𝙨?

-Los estímulos repetitivos (rezar, cantar, bailar, cierto tipo de respiraciones) pueden modificar la actividad cerebral y lograr mayor sincronización entre diversas áreas del sistema nervioso. Esto se puede experimentar como una sensación etérea, espiritual, un “algo más” que ayuda a que las personas aumenten sus creencias y prácticas. Por otra parte, una reciente investigación del neurocientífico estadounidense Andrew Newberg, señala que rezar es más o menos equivalente a estar hablando con alguien, de acuerdo a lo que ha revelado el análisis de imágenes cerebrales. El rezo es, metafóricamente hablando, una conversación con algo o alguien “superior”. Pero… no es tan metafórico, sino que cuando se registró la actividad cerebral de personas creyentes rezando se vio que se activaban las áreas del lenguaje y el habla. Para el cerebro, rezar es como hablar con alguien.

“Una reciente investigación del neurocientífico estadounidense Andrew Newberg señala que rezar es más o menos equivalente a estar hablando con alguien, ya que se activan las mismas áreas cerebrales.”

-¿𝙀𝙣 𝙦𝙪𝙚́ 𝙥𝙪𝙣𝙩𝙤 𝙨𝙚 𝙩𝙤𝙘𝙖𝙣 𝙡𝙖 𝙧𝙚𝙡𝙞𝙜𝙞𝙤́𝙣 𝙮 𝙡𝙖 𝙘𝙞𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖? ¿𝙋𝙪𝙚𝙙𝙚𝙣 𝙘𝙤𝙣𝙫𝙞𝙫𝙞𝙧 𝙨𝙞𝙣 𝙘𝙤𝙣𝙛𝙧𝙤𝙣𝙩𝙖𝙧?

-La ciencia y la religión corren por veredas enfrentadas, paralelas, que no se tocan. Tienen pilares completamente opuestos: la fe para la religión, la evidencia para la ciencia. Es cierto que hay muchos científicos y científicas religiosos, pero sospecho que es algo superficial, que si realmente van a un análisis profundo, en algún momento habrá algún choque, alguna contradicción. Es como decir “la ciencia llega hasta acá, y más allá… el misterio”, algo que no es –o no debiera ser– aceptable para alguien que ve el mundo desde las ciencias naturales.

-¿𝙋𝙤𝙙𝙧𝙞́𝙖𝙢𝙤𝙨 𝙨𝙚𝙧 𝙢𝙤𝙧𝙖𝙡𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙗𝙪𝙚𝙣𝙤𝙨 𝙨𝙞𝙣 𝙚𝙡 𝙘𝙤𝙣𝙘𝙚𝙥𝙩𝙤 𝙙𝙚 𝘿𝙞𝙤𝙨?

-Sabemos que hay áreas cerebrales que participan del concepto de moral y que, cuando se alteran o lesionan, modifican el comportamiento, y la gente no es tan consciente de qué está bien y qué está mal. Si bien nosotros aprendemos estos conceptos, también parece haber una base innata que, en definitiva, no necesita de ningún dios que nos esté mirando o juzgando.

-𝙀𝙣 𝙚𝙡 𝙡𝙞𝙗𝙧𝙤 𝙥𝙧𝙤𝙥𝙤𝙣𝙚́𝙨 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙪𝙚𝙡𝙩𝙖 𝙙𝙚 𝙩𝙪𝙚𝙧𝙘𝙖 𝙞𝙣𝙚𝙨𝙥𝙚𝙧𝙖𝙙𝙖 𝙖 𝙡𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙘𝙪𝙨𝙞𝙤́𝙣 𝙛𝙞𝙡𝙤𝙨𝙤́𝙛𝙞𝙘𝙖 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚 𝙚𝙡 𝙡𝙞𝙗𝙧𝙚 𝙖𝙡𝙗𝙚𝙙𝙧𝙞́𝙤. 𝙎𝙚𝙜𝙪́𝙣 𝙘𝙤𝙣𝙩𝙖́𝙨, 𝙢𝙪𝙘𝙝𝙤𝙨 𝙚𝙭𝙥𝙚𝙧𝙞𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤𝙨 𝙝𝙖𝙣 𝙧𝙚𝙫𝙚𝙡𝙖𝙙𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙚𝙡 𝙘𝙚𝙧𝙚𝙗𝙧𝙤 𝙣𝙤𝙨 𝙚𝙣𝙜𝙖𝙣̃𝙖, 𝙖 𝙢𝙚𝙣𝙪𝙙𝙤, 𝙘𝙪𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙘𝙧𝙚𝙚𝙢𝙤𝙨 𝙚𝙨𝙩𝙖𝙧 𝙩𝙤𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙙𝙚𝙘𝙞𝙨𝙞𝙤𝙣𝙚𝙨…

-Son experimentos difíciles de interpretar, pero sí, en muchos casos (no en todos) se verifica que la base de un comportamiento o una decisión es inconsciente, y luego de esto, pasa a la conciencia, cuando nos convencemos de que hemos sido “nosotros” quienes tomamos la decisión. Los filósofos están divididos en cuanto a estas interpretaciones, y hay quienes se inclinan por ver en estos experimentos la prueba de que no existe el libre albedrío absoluto, mientras que otros afirman que son ejemplos extremos y no impiden el ejercicio de la libertad individual.

 Publicado en 2015 y ahora reeditado, el exitoso libro Las neuronas de dios, de Golombek, se convirtió, en poco tiempo, en un clásico del periodismo de divulgación. Foto: Federico Lopez Claro
Publicado en 2015 y ahora reeditado, el exitoso libro Las neuronas de dios, de Golombek, se convirtió, en poco tiempo, en un clásico del periodismo de divulgación. Foto: Federico Lopez Claro

-𝙎𝙞, 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙥𝙤𝙨𝙩𝙪𝙡𝙖𝙣 𝙡𝙖𝙨 𝙣𝙚𝙪𝙧𝙤𝙘𝙞𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖𝙨, 𝙩𝙤𝙙𝙖 𝙘𝙧𝙚𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙚𝙣 𝙡𝙤 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚𝙣𝙖𝙩𝙪𝙧𝙖𝙡 𝙩𝙞𝙚𝙣𝙚 𝙪𝙣𝙖 𝙗𝙖𝙨𝙚 𝙗𝙞𝙤𝙡𝙤́𝙜𝙞𝙘𝙖, 𝙮 𝙚𝙡 𝙙𝙚𝙨𝙚𝙤 𝙙𝙚 𝙘𝙧𝙚𝙚𝙧 𝙚𝙨 𝙖𝙡𝙜𝙤 𝙞𝙣𝙨𝙩𝙞𝙣𝙩𝙞𝙫𝙤, ¿𝙘𝙤́𝙢𝙤 𝙨𝙚 𝙚𝙣𝙩𝙞𝙚𝙣𝙙𝙚 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙚𝙡 𝙛𝙚𝙣𝙤́𝙢𝙚𝙣𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙖𝙩𝙚𝙞́𝙨𝙢𝙤? ¿𝘾𝙤́𝙢𝙤 𝙡𝙤𝙜𝙧𝙖 𝙙𝙚𝙨𝙥𝙧𝙚𝙣𝙙𝙚𝙧𝙨𝙚 𝙖𝙡𝙜𝙪𝙞𝙚𝙣 𝙖𝙩𝙚𝙤 𝙙𝙚 𝙚𝙨𝙚 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙖𝙩𝙤 𝙗𝙞𝙤𝙡𝙤́𝙜𝙞𝙘𝙤?

-Si la creencia en lo sobrenatural es un fenómeno evolutivo y hasta hereditario, los ateos vendrían a ser una especie de... ¡mutantes! Pero hablando en serio, si se verifica la hipótesis de que las creencias son innatas, la ausencia de ellas vendría a ser un fenómeno cultural, aprendido o desaprendido, más que biológico.

-¿𝘾𝙤́𝙢𝙤 𝙨𝙚 𝙚𝙭𝙥𝙡𝙞𝙘𝙖𝙣 𝙣𝙪𝙚𝙨𝙩𝙧𝙤𝙨 𝙢𝙞𝙚𝙙𝙤𝙨 𝙙𝙚𝙨𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙥𝙚𝙧𝙨𝙥𝙚𝙘𝙩𝙞𝙫𝙖 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙣𝙚𝙪𝙧𝙤𝙘𝙞𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖? ¿𝙋𝙤𝙧 𝙦𝙪𝙚́ 𝙨𝙚𝙧𝙖́ 𝙦𝙪𝙚 𝙚𝙡𝙚𝙜𝙞𝙢𝙤𝙨, 𝙖 𝙩𝙧𝙖𝙫𝙚́𝙨 𝙙𝙚 𝙘𝙞𝙚𝙧𝙩𝙖𝙨 𝙚𝙭𝙥𝙚𝙧𝙞𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙫𝙞𝙙𝙖, 𝙨𝙤𝙢𝙚𝙩𝙚𝙧𝙣𝙤𝙨 𝙫𝙤𝙡𝙪𝙣𝙩𝙖𝙧𝙞𝙖𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙖 𝙩𝙧𝙖𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙚𝙣 𝙡𝙤𝙨 𝙦𝙪𝙚 𝙨𝙚𝙣𝙩𝙞𝙢𝙤𝙨 𝙩𝙚𝙢𝙤𝙧?

-Obviamente el miedo tiene un sentido evolutivo que tiene que ver con el cuidado de nosotros mismos y de nuestra gente cercana. Por lo tanto, el entrenamiento del miedo también es un ensayo para saber cuándo salir corriendo. El miedo tiene una representación nerviosa muy clara; y hay órganos en el cerebro que se activan frente él, uno de ellos llamado amígdala, que no es la que conocemos, sino otra que forma parte de un circuito cerebral. El miedo es como el dolor, nos da la alerta de que algo anda mal. El miedo nos permite adaptarnos al entorno, cuidarnos y sobrevivir, porque ya se sabe... Cavernícola que huye, sirve para otra evolución.

-¿𝙀𝙨 𝙘𝙞𝙚𝙧𝙩𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙖𝙮 𝙘𝙞𝙧𝙘𝙪𝙞𝙩𝙤𝙨 𝙘𝙚𝙧𝙚𝙗𝙧𝙖𝙡𝙚𝙨 𝙦𝙪𝙚 “𝙨𝙚 𝙚𝙣𝙘𝙞𝙚𝙣𝙙𝙚𝙣” 𝙖𝙣𝙩𝙚 𝙛𝙚𝙣𝙤́𝙢𝙚𝙣𝙤𝙨 𝙙𝙚 𝙘𝙧𝙚𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙚𝙨𝙥𝙞𝙧𝙞𝙩𝙪𝙖𝙡? ¿𝙌𝙪𝙚́ 𝙨𝙚 𝙧𝙚𝙜𝙞𝙨𝙩𝙧𝙖 𝙚𝙣 𝙚𝙨𝙤𝙨 𝙚𝙨𝙩𝙪𝙙𝙞𝙤𝙨?

-Es cierto, está comprobado: en aquellas personas que experimentan una sensación espiritual o un trance místico se ha podido medir la activación de determinados circuitos cerebrales, incluyendo aquellos que tienen que ver con la búsqueda de recompensas.

“Es muy probable que esa ‘luz al final del túnel’ que refieren muchas personas que estuvieron al filo de la muerte, sean las últimas miradas, chispazos, que arroja el sistema visual cuando el cuerpo se está muriendo.”

-¿𝙔 𝙝𝙖𝙮 𝙢𝙖𝙣𝙚𝙧𝙖 𝙙𝙚 𝙙𝙚𝙩𝙚𝙧𝙢𝙞𝙣𝙖𝙧 𝙡𝙤 𝙦𝙪𝙚 𝙥𝙖𝙨𝙖 𝙚𝙣 𝙚𝙡 𝙘𝙚𝙧𝙚𝙗𝙧𝙤 𝙚𝙣 𝙡𝙤𝙨 𝙢𝙤𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤𝙨 𝙥𝙧𝙚𝙫𝙞𝙤𝙨 𝙖 𝙡𝙖 𝙢𝙪𝙚𝙧𝙩𝙚? ¿𝙌𝙪𝙚́ 𝙖𝙧𝙜𝙪𝙢𝙚𝙣𝙩𝙤𝙨 𝙖𝙥𝙤𝙧𝙩𝙖 𝙡𝙖 𝙣𝙚𝙪𝙧𝙤𝙗𝙞𝙤𝙡𝙤𝙜𝙞́𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙚𝙭𝙥𝙡𝙞𝙘𝙖𝙧 “𝙡𝙖 𝙡𝙪𝙯 𝙖𝙡 𝙛𝙞𝙣𝙖𝙡 𝙙𝙚𝙡 𝙩𝙪́𝙣𝙚𝙡” 𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙖𝙣𝙩𝙖𝙨 𝙥𝙚𝙧𝙨𝙤𝙣𝙖𝙨 𝙙𝙞𝙘𝙚𝙣 𝙝𝙖𝙗𝙚𝙧 𝙫𝙞𝙨𝙩𝙤?

-Sobre las sensaciones y lo que ocurre en la previa a la muerte no hay mucha investigación porque lógicamente no es algo sencillo de medir. Pero hay algunas ideas. Hace pocas semanas se publicó un trabajo que, por absoluta casualidad, logró registrar la actividad cerebral en el momento en que una persona estaba muriendo; era alguien con epilepsia, a quien le estaban realizando estudios para evaluar la actividad cerebral cuando lo sorprendió un ataque cardíaco. En ese momento, se registró una actividad cerebral compatible con algunas de las actividades que ocurren durante los sueños. ¿Será que cuando estamos en una experiencia cercana a la muerte, nos pasa la vida por delante como en un sueño? Es posible que así sea. Por otra parte, la referencia de tantas personas a “la luz al final del túnel”, a los neurobiólogos nos suena claramente a activación del sistema visual: cuando un cuerpo está muriéndose, sucede que deja de llegar sangre a los órganos; entonces, ante la necesidad de informar de alguna manera sobre esa anomalía, el sistema visual arroja una señal, como gritando: “¡Hay luz, vi luz y morí!”. Es muy probable que esa luz al final del túnel sean las últimas miradas, chispazos, que arroja el sistema visual cuando el cuerpo se está muriendo. De la misma manera, la sensación de estar fuera del propio cuerpo o de vernos desde arriba, mencionadas por gente que estuvo al filo de la muerte, tal vez tenga que ver, desde lo biológico, con la autopercepción del cuerpo en situaciones extremas.

* Editora de revista Rumbos. Contenido exclusivo de Rumbos.

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