Un hacedor visionario y creador

La dirección de la Escuela Artística “Wolfang Amadeo Mozart”, nacida en 1982, fue confiada a un profesor joven, egresado de nuestra Facultad de Artes, de la UNCuyo. Se trataba del profesor Ricardo Perotti, cuya obra fue monumental.

Un hacedor visionario y creador
Escuela Artística “Wolfgang Amadeo Mozart

Diariamente, a nuestro alrededor, conocemos a personas que necesitan proyectar su quehacer en beneficio de la comunidad en la que viven. De cada una de ellas se dice que es un ‘hacedor’, término que el diccionario de la lengua define como “que hace, causa o ejecuta algo”.

Si, además, al que tiene la generosidad de ser un hacedor, se le suman las cualidades de prever qué acciones pueden resultar de mayor impacto y de elaborar los medios para ejecutar esas acciones y concretarlas, podemos sintetizar su caracterización diciendo que es “visionario” y “creador”. Visionario porque se ha adelantado a su tiempo, con perspectiva de futuro; creador porque ha sido capaz de idear y crear, entendiendo que ‘crear’ es, por definición académica, “producir algo nuevo”.

¿Por qué este discurrir acerca de términos que no usamos en forma habitual?

Simplemente porque, en estos días, precisamente este 15 de noviembre, cumple cuarenta años de vida la Escuela Artística “Wolfgang Amadeo Mozart”, nacida en 1982, cuando Mendoza, como la Argentina toda, comenzaba lentamente el camino de retorno a la democracia. Destinada en su origen a formar a los niños y jóvenes en el aprendizaje de diferentes instrumentos y a ensamblarlos, luego, en grupos orquestales, venía a llenar una verdadera necesidad en la cultura mendocina. Complementaban esta nueva tarea la actividad coral que, liderada por insignes maestros, ya se presentaba diversa y fecunda por entonces, y la labor de grupos de danzas, también representativos.

La dirección de esa escuela artística, ubicada en pleno corazón de la ciudad de Mendoza, fue confiada a un profesor joven, egresado de nuestra Facultad de Artes, de la Universidad Nacional de Cuyo: se trataba del profesor RICARDO PEROTTI, que se transformó en su primer director, en carácter de fundador y organizador. Junto a él, un grupo de docentes igualmente jóvenes, que se animaban a emprender una labor innovadora y distinta.

Este docente, dinámico, vital y muy activo, se lanzó prontamente a la tarea de atraer alumnos para el nuevo emprendimiento escolar: la difusión por los establecimientos se hacía “de boca en boca”. No era época de redes sociales, ni de tecnología o celulares; únicamente del entusiasmo y del carisma que emanara del encargado de la difusión, dependía la respuesta de los niños y adolescentes.

Escuela por escuela, aula por aula, ante grupos de alumnos y de padres, munido de sus elementos musicales (guitarra, charango, flautas dulces, diversos instrumentos de percusión), con paso ágil, palabra atrapante, sonrisa inefable, infatigable, siempre animoso, iba el profesor Perotti conformando la primera cohorte de “la Mozart”; hoy, a cuarenta años de aquel lejano noviembre y a cuatro años de su fallecimiento, curiosamente acaecido también en noviembre, evocamos su figura, la de un docente al que podemos calificar, como el título de esta columna, de hacedor visionario y creador. Supo liderar, desde sus cimientos, un quehacer musical que llegó a todos los rincones de Mendoza, uniendo establecimientos lejanos e integrando a grupos familiares, a través de las obras ejecutadas, pertenecientes al folclore argentino y americano y al acervo cultural universal.

Vivió su profesión como un destino de proyección a la comunidad, exigiéndose el máximo a sí mismo, pero también a cada uno de los docentes que trabajaron bajo su tutela y a cada joven, niño o adolescente, que aprendió con él a ejecutar un instrumento y a olvidarse de sí mismo para integrarse en un grupo orquestal. En su prolongada y extensa labor de magisterio, se preocupó por hacer vivenciar la música como arte y disciplina.

A este hacedor, visionario y creador, lo evocamos con el amor que supo despertar en su entorno y decimos de él que su labor docente fue, alegóricamente, como el grano de mostaza de la parábola: “Un hombre tomó un grano de mostaza y lo plantó en su jardín. Este creció y se convirtió en un árbol. Y las aves del cielo se posaron en sus ramas”. El mensaje de la parábola resulta elocuente en sí mismo.

Podemos afirmar que la presencia física del Profesor Perotti ya no está, pero que su huella ha quedado y permanece en todos los ámbitos educativos (provinciales, privados y preuniversitarios) donde desempeñó su proficua tarea, con su premisa favorita: “El verdadero lenguaje universal se escribe en un pentagrama y se habla con voces e instrumentos”.

Ahora, a cuarenta años de la lejana instancia inicial y fundante, aquellos pequeños alumnos, hoy profesionales de distintas ramas, padres, madres, adultos en roles diversos, muchos en Mendoza, pero también en distintos lugares del país y del mundo, llevan guardada en su recuerdo la figura carismática de ese MAESTRO, que les enseñó, más allá de la música, un pentagrama indeleble: el dibujado por el deber, el cumplimiento, el orden, la disciplina y, fundamentalmente, el AMOR. Y, sobre todo, comprendieron su legado esencial: la armonía propia del ámbito musical es la que debe reinar en la vida y regir los actos de cada uno.

* La autora es profesora consulta de la UNCuyo.

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