Miguel de Cervantes Saavedra

El arte de Cervantes fue hijo de su dolor, de su pena. Quizá con menos sinsabores personales, la historia de su Don Quijote hubiera sido también menos grande.

Miguel de Cervantes
Miguel de Cervantes

“El gran escritor no es sólo el que escribe mejor, sino el que siente mejor”.

Siempre es oportuno recordar a un gran maestro de la literatura universal: Miguel de Cervantes Saavedra.

Considero que un gran libro es siempre superior a su autor.

Y “Don Quijote de la Mancha”, quizá la obra más importante escrita en idioma castellano, lo confirma.

Su autor, Cervantes, fue, sí, un escritor inteligente, profundo, único.

Pero fue solamente, un hombre. Y como tal, con todos los defectos de un ser humano.

Claro que lo que importa es la creación y no las debilidades del creador, que fue criticado.

Simplemente se lo mostró humano.

Pero no se desacredita a un rosal, afirmando que la tierra donde se asienta, es tierra común. Dado que el alimento con que la rosa se va haciendo bella, es simplemente rocío y barro. Pero lo que nace es una rosa.

Y el arte de Cervantes fue hijo de su dolor, de su pena.

Quizá con menos sinsabores, personales, la historia de su Don Quijote hubiera sido también menos grande.

Cervantes leyó poco y no realizó estudios de importancia. A los 24 años, en una batalla naval, en Lepanto -cerca de Grecia- en el mar Mediterráneo, una espada enemiga lo dejó inválido del brazo izquierdo.

Durante el viaje de regreso a España fue tomado prisionero por los moros y vendido como esclavo.

¡Cinco años de cautiverio en Argelia, en África del norte!.

Tenía ya 30 años.

Por fin logró regresar a su España natal.

Ya había sido soldado y esclavo. Ahora quería ser escritor. Y comenzó a escribir novelas y comedias.

Se casó a los 35 años con una mujer de 17.

Fracasó inicialmente como escritor y en su matrimonio.

La pobreza y el dolor lo acosaban.

Consiguió un trabajo como Recaudador de impuestos.

Una injusticia lo arrojó a la cárcel. Tenía 58 años.

Se sentía fracasado, como un náufrago de la vida.

Y surgió la Gran Novela de la Literatura Universal: El Quijote, que había comenzado a escribir en la prisión.

Es realmente un jardín construido en el barro. Es la sabiduría nacida de la pena. Y el dolor siempre es maestro y no lo es la alegría.

“Don Quijote” es una sátira terrible contra las locuras de la sociedad, pero escrita con suavidad, con la fragancia de un perfume.

Está todo lo espiritual, hasta el ridículo en el Caballero Andante Don Quijote.

Y todo nuestro materialismo, en su famoso ayudante Sancho Panza.

Don Quijote es un solterón de 50 años, alto, muy delgado.

La primera parte del Quijote, -que se publicó en dos etapas- obtuvo un éxito increíble, que Cervantes no podía comprender.

Diez años después, a los 68 de edad –un año antes de morir- publicó la segunda parte de su obra, con idéntico suceso.

Es quizá más interesante que la primera parte, con una mezcla de tonterías disparatadas y sabiduría total.

Don Quijote parece sabio por momentos y demente en otros.

Sancho Panza ha evolucionado. Aforismos y sentencias surgen de sus labios. Es un ignorante que ha aprendido el más difícil de los oficios: el de vivir.

Y por eso, es también un filósofo.

Que nos dice, que cuando acertamos nos juzgamos infalibles. Y cuando erramos, no nos juzgamos; y que es preferible ser engañado, que engañar.

Y he querido traer, muy sucintamente, la semblanza de un libro inmortal y de un hombre también inmortal.

Pero al hombre Cervantes, quise mostrarlo en su verdadera dimensión humana: con su talento, con su sensibilidad, pero también con sus carencias.

Y ese soñador que idealizó al ser humano y demostró que si nos inclinamos para subir, llegaremos inclinados, inspiró en mí este aforismo

“Sólo cuando volamos no corremos el riesgo de caer”.

* El autor es escritor.

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