Lecciones políticas del pan y el dólar

En el acto que le organizó la UOCRA a Alberto Fernández para manifestarle su apoyo, lo dejaron solo la mayoría de los gobernadores e intendentes justicialistas y (más grave aún) también algunos ministros de su gabinete.

Lecciones políticas del pan y el dólar
Imagen ilustrativa / Archivo

Como predictor del futuro inmediato, el kilo de pan a 300 pesos es un dato más contundente que cualquier sondeo de opinión pública.

La inflación está haciendo estragos: en más de la mitad de las provincias argentinas el salario promedio está por debajo del valor de la canasta básica. Los habitantes de esos distritos no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas del mes.

Frente a la aceleración de la crisis, el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner se muestra disperso y abrumado. La vicepresidenta resolvió replegarse hacia un espacio imaginario de oposición. El Presidente camina a la deriva sin encontrar un rumbo para su mandato.

Cristina Kirchner pergeña callada ingenierías electorales para zafar del experimento de la presidencia vicaria que presentó hace tres años como una genialidad estratégica y terminó en un fracaso evidente.

Alberto Fernández piensa por su lado que si insiste con la promesa de su reelección podría regenerar alguna expectativa como para llegar con muletas hasta el final de su gestión. Suena como un intento vano. El recurso de prometer la reelección para extender las expectativas necesita ser creíble, como condición inicial. El Presidente hablando es el primer conspirador contra esa credibilidad.

Frente al kilo de pan a 300 pesos, los juegos de poder de Cristina y Alberto parecen sombras de un gobierno alienado. La principal novedad política que lo define no es propia: es que no existe una oposición dispuesta a empujarlo antes de la finalización de su mandato.

Pero mientras el dato del pan en la mesa diaria refleja la desesperación cotidiana de la microeconomía, hay otro que sorprende aún más, desde la macroeconomía. Lo recordó el economista Ricardo Arriazu en el ciclo de debate sobre democracia y desarrollo organizado por Clarín.

Arriazu se caracteriza por estudiar series estadísticas de largo aliento sobre el comportamiento de la economía nacional. Informó que Argentina está atravesando por su mejor ciclo histórico, si se analizan los términos de intercambio: la relación entre los precios de los productos que el país exporta y los que importa.

En los cuatro primeros meses de este año, el agro liquidó 11.000 millones de dólares por sus exportaciones, pero el Banco Central sólo reforzó reservas por 150. El superávit comercial de los últimos dos años fue de 29.000 millones. En el último año, el FMI giró por su lado unos 10.000 millones más, al tiempo que reprogramó el cobro de sus acreencias.

No faltan dólares, sobra derroche. Desde la restauración democrática, en más de 20 ocasiones el país tuvo mejoras en los términos de intercambio. Pero de cada ciclo favorable salió con un porcentaje mayor de incidencia del gasto público en el Producto Interno Bruto. Sostiene Arriazu: “Hemos inventado la piedra filosofal: ser ricos sin trabajar. Queremos aumentar el consumo recurriendo al déficit”. Un rojo que se financia con deuda.

Si se ponen en perspectiva ambos datos, el del precio del pan para la economía familiar y el del ciclo histórico más favorable de los últimos 40 años para la balanza comercial argentina, sale a la luz la dimensión enorme del fracaso populista en la gestión de la economía. El contraste del descalabro del presente, con la magnitud de la oportunidad perdida.

Otra forma de llegar a esa conclusión, más intuitiva, es la siguiente: es tal el desorden político en la coalición gobernante que sólo esa diáspora explica la continuidad de Martín Guzmán, el ministro que camina a paso firme hacia una inflación del cien por ciento. Aunque el inflacionario es el más visible, no es su único resultado adverso. Llegó al gobierno con la ambición de ejecutar la renegociación de deuda soberana más novedosa para el mundo académico. Los bonos de la deuda privada que reprogramó en 2020 están cotizando con una sobretasa del 20% por riesgo país. Una exitosa producción de deuda basura, sólo apta para fondos buitres.

Cuando habla de esa economía, el Presidente parece balbucear por momentos los avances de su educación sentimental. Dijo hace horas que cada vez que el gobierno siembra más plata, los precios crecen. ¿En un futuro cercano tal vez entienda el efecto inflacionario de la emisión? Reflexionó sobre el aumento de los precios de la ropa, pese al cierre de importaciones. ¿Comprenderá en algunos años la lógica de la oferta y la demanda?

Mientras Fernández explora esos territorios desconocidos, las fuerzas internas del gobierno que todavía esperan su reacción han comenzado a recluirse, más silenciosas que Cristina. En el acto que le organizó la Uocra para manifestarle su apoyo, lo dejaron en soledad la mayoría de los gobernadores e intendentes justicialistas y (más grave aún) algunos ministros de su gabinete a los que Juan Manzur había apestillado en público para garantizar su asistencia.

Fernández hizo su propia contribución al aislamiento. Anunció un cambio en las retenciones agropecuarias que el ministro Julián Domínguez se apresuró a desmentir.

Y fustigó al Poder Judicial, a escasas horas de haberse amparado detrás de un acuerdo espurio para sepultar con dinero la más grave inmoralidad en la que incurrió durante la cuarentena.

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