Las simetrías impensadas entre Massa y Milei

Massa como un fabulador compulsivo de una ficción inédita: la de un ministro que es candidato porque desconoce y niega su catastrófica gestión como ministro. Milei como un impugnador intemperante, cuyo principal activo sería una presunta racionalidad teórica para la gestión económica, pero oculta tras una serie de desbordes emocionales violentos.

Las simetrías impensadas entre Massa y Milei
Sergio Massa y Javier Milei, candidatos a presidente 2023.

Sergio Massa y Javier Milei llegarán al último debate de la campaña presidencial con una solitaria expectativa, todavía despierta en una sociedad agobiada por la crisis económica y la fatiga ante una disputa electoral interminable.

¿Cuál es esa expectativa? Ver cuál de los dos candidatos logra sortear la última discusión frontal de la campaña con menos errores.

Que el debate presidencial definitivo prometa tan poca sustancia en su dimensión propositiva es consecuencia del carácter propio que los dos candidatos expusieron en la campaña. Massa como un fabulador compulsivo de una ficción inédita: la de un ministro que es candidato porque desconoce y niega su catastrófica gestión como ministro. Milei como un impugnador intemperante, cuyo principal activo sería una presunta racionalidad teórica para la gestión económica, pero oculta tras una serie de desbordes emocionales violentos.

Massa obtuvo una diferencia holgada sobre Milei en la primera vuelta. Pero ambos quedaron lejos del umbral de la mayoría absoluta. Quedaron obligados a dar el giro habitual que suele ocurrir en el balotaje: los candidatos salen desde sus respectivos núcleos en dirección al centro. Es por eso que en el último tramo de la campaña comienzan a advertirse algunas simetrías. Son simetrías, no similitudes. Movimientos en espejo para llegar a objetivos distintos.

Massa advirtió tras las Paso que debía tomar medidas urgentes para mantener sus chances en la primera vuelta. Devaluó al otro día de las primarias. Intentó que la primera vuelta no lo encuentre en lo peor de una corrida cambiaria. Tuvo que recurrir a una paralización de facto de las operaciones cuando el dólar llegó a los 1000 pesos. Pero si no hubiese devaluado, el incendio hubiese sido peor.

Milei confiaba en un triunfo en primera. Quedó sorprendido por la resiliencia del voto oficialista. Pero también dió un giro drástico de inmediato. El acuerdo con Mauricio Macri y Patricia Bullrich disparó esquirlas hacia todos lados. Pero si Milei no hubiese arriesgado con audacia, su campaña no estaría llegando al tramo final en las mismas condiciones competitivas.

El peronismo reaccionó con virulencia ante esos movimientos como si le hubiera sorprendido la emancipación de una criatura. Entre sus adversarios, tras la convulsión inicial, la discusión sobre la neutralidad del voto comenzó a encaminarse, con más o menos silencio, hacia alguno de los polos en disputa.

Sótanos que se bifurcan

Hasta la primera vuelta, la alianza entre Sergio Massa y Cristina Kirchner retuvo el voto propio sin pruritos por hacer un giro a la derecha. El acuerdo Milei-Macri lo desafió con una simetría. Como podrá observarse, esos movimientos en espejo ya no hablan sólo de Massa y Milei. Ambos tienen al costado como factor incidental a los dos expresidentes que lideraron una grieta histórica que está lejos de extinguirse.

Pero no parece proporcional el aporte que Cristina y Macri le están arrimando a sus respectivos candidatos. Macri jugó todo su capital político en el apoyo a Milei. Cristina tuvo con Massa un comportamiento más especulativo.

Hasta la primera vuelta, en la que se jugaban las bancas en el Congreso y el poder en la provincia de Buenos Aires, la vice se anonadó al punto de desaparecer de la escena. Una vez que aseguró el fortín bonaerense, la sombra de Cristina reapareció en el Congreso de la peor manera posible.

El discurso dominante que el kirchnerismo impulsa contra Milei es el del “riesgo democrático”. Esa impugnación también tiene su simetría en el bloque opositor.

Para el oficialismo, Milei implica el peligro de una regresión democrática. Un retroceso en políticas que se encuentran para Cristina y sus seguidores en el tabernáculo santo de aquello que definen como “consenso democrático”. Para la oposición, Massa implica el riesgo de un hegemonismo antirrepublicano. Una continuidad garantizada para prácticas corruptas y derivas autoritarias que han destrozado la credibilidad ciudadana en las instituciones de la democracia.

Es en esa discusión donde el aporte de Cristina a Massa es devastador. El ataque a la Corte Suprema de Justicia siempre fue un objetivo de la vicepresidenta. Más que una meta, una necesidad. Decidió mantener abierta esa amenaza sobre los jueces incluso durante una campaña donde se discute el riesgo democrático de esa pulsión hegemónica.

Esa porfía de Cristina le acaba de arrojar sobre la mesa a Sergio Massa un presente griego: la confirmación del modo antidemocrático con el cual el actual oficialismo manejó siempre a los servicios de inteligencia para espiar, hostigar y perseguir a cualquiera que levante la voz en tono disidente.

Todo el proceso contra los jueces más relevantes del país se hizo con pruebas obtenidas mediante operaciones de espionaje ilegal. La metodología utilizada fue tan brutal que el propio gestor del espionaje delictivo, el exfuncionario de la AFI y actual diputado Rodolfo Tailhade, era al mismo tiempo el principal impulsor del juicio político en la Cámara de Diputados. Es por completo improbable que Massa desconociera estos trasiegos: Tailhade contaba como colaboradores a los dos diputados del massismo en la comisión de Juicio Político.

Cristina Kirchner consiguió, a la vuelta de 20 años de kirchnerismo, que las estructuras de inteligencia se transformen en un subsuelo tenebroso de sótanos que se bifurcan. A la alianza que heredó de Néstor Kirchner con Antonio Stiusso le prohijó al menos dos brazos enfrentados: el de Fernando Pocino, adversario de Stiusso en la exSide; y el que le permitió armar a César Milani, comprometiendo a las Fuerzas Armadas en espionaje político. La muerte del fiscal Alberto Nisman ocurrió en los tiempos de esa bifurcación traumática.

De regreso al poder, Cristina admitió con Tailhade una rama de espionaje ilegal divergente de la AFI, que en los papeles reporta a Alberto Fernández. Massa siempre conoció esa afición de Cristina por la lectura de prontuarios ajenos.

Como el de Hipólito Yrigoyen, que tenía en su casa, como objeto de colección.

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