La trampa del sentido común

la disyuntiva entre Milei y Massa es engañosa. Nada los convierte en buenos candidatos. El sentido común, en todo caso, aconsejaría desconfiar de ambos, aunque por razones distintas. Lo que cada ciudadano resuelva elegir ya entra en el plano de las decisiones personales.

Sergio Massa Y Javier Milei
Sergio Massa Y Javier Milei

Para aquellos que son apartidarios y tienen una actitud política más bien conservadora, este balotaje constituye una disyuntiva riesgosa, no sólo porque las propuestas en juego puedan resultar poco atractivas, sino porque en sí mismas son engañosas, tal como se pudo ver en el debate del pasado domingo. Veamos por qué.

La escuela del realismo postula que en política hay diversos elementos a tener en cuenta. En primer lugar lo deseable, el objetivo propuesto como fin de la acción política. Pero también se debe considerar lo posible, aquello que es verdaderamente alcanzable. Esta relación entre lo deseable y lo posible se articula mediante la virtud de la prudencia, que no sólo permite conocer los fines deseables y posibles para la acción, sino que además determina los medios adecuados a dichos fines.

Aplicando estos criterios a la disyuntiva política actual, parece incuestionable que resultaría imposible votar a Javier Milei. Como buen teórico y liberal, su racionalismo dista de la razón práctica propia de la política. Además proviene de la economía, habitualmente despreciativa de la política. Para él, lo posible no entra en la ecuación. Por eso postula remedios radicales para los problemas nacionales, que son producto de unos villanos claramente identificados: las castas. Planteo seductor, pero con serias dificultades: ¿y si los remedios propuestos no resultan adecuados y además agravan los problemas? Su éxito en otras geografías no garantiza nada; el mejor modelo puede fracasar aplicado a una realidad diferente. En vista de estas objeciones, parece poco recomendable votar a Milei, prototipo del ideólogo que busca modificar de raíz la realidad para adaptarla al modelo en su cabeza. De nada sirve que en el camino haya suavizado algunas de sus propuestas, e incluso aceptado aliarse con políticos “profesionales” como Macri y Bullrich.

El sentido común indicaría entonces votar a Sergio Massa. Sus propuestas parecen más moderadas y razonables; aseguran, en el peor de los casos, una continuidad menos dramática, seguir igual y tal vez no empeorar. Además, su larga experiencia política permite suponerlo dotado de mejores condiciones por conocer los resortes del Estado. En el reciente debate se percibió esta diferencia entre un candidato que pecó de ingenuidad y falta de experiencia en los enfrentamientos políticos y otro hábilmente preparado en esas lides, más dispuesto a destruir la credibilidad de su rival que a presentar sus propuestas de gobierno.

Pero, ¿esta recomendación del sentido común es certera o engañosa? Para encontrar la respuesta tenemos que considerar aquí otra cuestión, la relación entre la ética y la política. El realismo plantea que los fines políticos deben ser buenos por sí mismos -por eso son deseables-, pero también postula que los medios, adecuados a dichos fines, deben ser consecuentemente buenos. El axioma maquiavélico “el fin justifica los medios” es falso e inmoral: no todos los fines son buenos y, por tanto, no todos los medios pueden justificarse. Un fin bueno requiere, necesariamente, de medios moralmente buenos. La buena política exige, luego, buenos políticos. Julio Irazusta afirmaba con justeza que no debía condenarse al “noble oficio” de la política por causa de los “innobles oficiales”. El problema son los políticos, no la política.

Nadie duda que Massa es un “animal político”. Ha dedicado su vida a la política y si algo lo caracteriza es su ambición de poder, para el que se ha preparado por años, como se vio en el debate. Pero eso no es indefectiblemente algo bueno. Revisada con detalle, su trayectoria es un claro ejemplo de como hoy la política se ha visto reducida al arte de la traición y la deslealtad en la procura del poder. Podemos tomar tres momentos para ilustrar lo que afirmamos: la ruptura con el kirchnerismo para formar el Frente Renovador en 2013, la traición a Macri en 2017 y, más recientemente, el abandono del peronismo federal en 2019 para acompañar a Cristina y Alberto Fernández. Aún hoy Schiaretti le pasa cada vez que puede esa factura. Si a eso agregamos mentiras flagrantes como la de afirmar que no tiene amigos empresarios, tenemos una pintura del candidato.

¿Qué se puede esperar de un político así? ¿Podemos confiar en que gobierne en vistas del bien común de los argentinos? ¿La unidad nacional que propone, se puede sustentar en la deslealtad? Parece razonable dudar, ya que los antecedentes nos permiten sospechar que lo que Massa persigue es concretar un proyecto personal de poder. Patriotismo, unidad, bien común, ceden el predominio a la ambición de poder. ¿Pero, entonces votamos a Milei?

Por eso la disyuntiva entre Milei y Massa es engañosa. Se puede votar a favor o en contra de Milei por motivaciones ideológicas, o hacerlo por Massa por la conservación de beneficios que no se quieren perder. De hecho, ambos recurren al miedo del votante como único expediente, sea a la continuidad de un sistema empobrecedor o al irresponsable salto al vacío. Pero nada de eso los convierte en buenos candidatos. El sentido común, en todo caso, aconsejaría desconfiar de ambos, aunque por razones distintas. Lo que cada ciudadano resuelva elegir ya entra en el plano de las decisiones personales.

* El autor es profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas.

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