Cuando el pasado toma el lugar del futuro

¿Qué alternativa puede haber a una democracia, asumida como único sistema concebible, pero que está en deuda respecto de sus promesas? No encontramos alternativa a la democracia, porque lo único que puede haber frente a ella es el abismo.

Cuando el pasado toma el lugar  del futuro
Juliana Di Tullio versus Patricia Bullrich

Hace pocos días, unas declaraciones de Patricia Bullrich dieron pie a una fuerte respuesta de Juliana di Tullio, senadora del Frente de Todos. La candidata de Juntos por el Cambio había expresado, tal como repite en sus spots de campaña, que quería “terminar con el kirchnerismo”. Di Tullio, por su parte, le contestó en X “yo no quiero una Argentina sin vos Patricia, sería una tragedia seguir perdiendo compatriotas. El país sigue buscando cuerpos desaparecidos por genocidas de la dictadura militar de 1976 y muchos niños y niñas robados y apropiados por encontrar. No convoques a un futuro sangriento.”

Hasta aquí, el intercambio no está lejos de los típicos picantes cruces en tiempos de campaña. Y más en una época signada por la grieta, que se alimenta de estos enconos y parece encontrar su exclusiva razón de ser en que el triunfo político de una fuerza conlleve necesariamente la desaparición de la opositora. Es a todo o nada, sin lugar para el diálogo y la convivencia.

Sin embargo, es otro el aspecto que queremos reseñar, que está implícito en el tweet de di Tullio. En primer lugar, hay una desproporción entre la declaración de Bullrich y la respuesta. Podemos criticarle a la candidata a presidente que sus dichos sean, como fiel expresión de la grieta, un despropósito. Tiene derecho Bullrich a pensar que para el progreso del país es necesaria la desaparición del kirchnerismo; es inconveniente que lo ponga como objetivo principal de la comunicación de campaña, o peor, de un futuro gobierno. Revela cierta cortedad de miras. Pero es más grave lo de la senadora oficialista, porque muestra por lo menos dos cosas.

Primero, una interesada y tergiversada lectura de la historia argentina que ya es habitual en el progresismo de izquierda y el kirchnerismo. La idea de que todo mal –en este caso desear la desaparición de un movimiento político- remite necesariamente a la dictadura militar entendida como Mal absoluto (como plantea la intelectual Claudia Hilb). Cualquier cosa que pueda ser dicha, pensada o percibida como expresión de algún tipo de violencia –lo que es habitual en política- inevitablemente es para esta mentalidad una muestra de adhesión a la dictadura y sus crímenes aberrantes. Por eso ese “no convoques a un futuro sangriento”, con tono admonitorio, como si la única manera de pensar el fin del kirchnerismo fuera su desaparición física con torturas, muertes y desapariciones. Por supuesto que, como ya tanto se ha dicho, esta lectura de la historia es también parcial porque omite señalar que el Proceso no “apareció” de la nada en 1976, sino que fue el funesto resultado de varias décadas signadas por el incremento de la violencia política.

Pero hay otra cosa, que considero más grave todavía, que es lo que podríamos denominar “sustitución del futuro por el pasado.” Expliquémonos. Desde 1983, la sociedad argentina asumió la democracia como único modo posible de convivencia político y social. Este “consenso democrático” se planteó como superación necesaria del pasado violento que se acababa de cerrar. La democracia ya no solamente una forma de gobierno, sino un modo de vida, un remedio mágico para resolver todos los problemas del país. “Con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se educa y se cura”, sostenía Alfonsín. Cuarenta años después -y este es el dilema que la sociedad argentina no logra resolver, ni teórica ni prácticamente-, la realidad muestra que el cumplimiento efectivo de aquellas promesas democráticas parece cada vez más distante. Hay altísima pobreza, la economía evidencia un constante declive punteado por crisis y recuperaciones que nunca son definitivas, el sistema educativo y de salud en crisis, a lo que debemos sumar el descrédito de la clase política, tironeada entre la corrupción y la incapacidad para resolver las disputas corporativas. ¿Entonces qué hacemos? ¿Qué alternativa puede haber a una democracia, asumida como único sistema concebible, pero que está en deuda respecto de sus promesas? Aquí es donde las palabras de di Tullio encuentran su sentido más profundo. No encontramos alternativa a la democracia, porque lo único que puede haber frente a ella es el abismo. Es un error juzgar a la democracia por sus resultados, ya que ella sólo puede enfrentarse con la etapa que la precedió, con el Mal absoluto de la dictadura. Entonces sólo nos queda aceptarla, aunque nunca logre cumplir con lo que nos promete. Y, en consecuencia, cualquier futuro posible que no cuadre totalmente con el pacto democrático del ‘83 sólo puede concebirse como expresión de ese pasado innombrable que la democracia vino a superar.

Visto así, la democracia termina pareciéndose mucho a un callejón sin salida. Cualquier propuesta o expresión que, a ojos de algún actor, no parezca democrática, necesariamente forma parte del pasado más oscuro, o pretende reivindicarlo. Cualquier promesa futura primero se refleja en ese pasado. Es como si fuéramos manejando un auto que, en lugar del parabrisas, tuviera sólo un espejo retrovisor que no nos deja vislumbrar lo que viene, sino que únicamente nos devuelve la imagen de lo que ya vivimos.

* El autor es profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas.

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