La tensión hacia los polos puede fragmentar el centro

La Cámpora le está propinando al Presidente las mismas humillaciones que padeció el ex presidente Héctor Cámpora por parte de Juan Perón.

La tensión hacia los polos puede fragmentar el centro
La Cámpora le está propinando al Presidente las mismas humillaciones que padeció el ex presidente Héctor Cámpora por parte de Juan Perón. / Foto: Orlando Pelichotti / Los Andes

En sus estudios sobre lógica, Bertrand Russell decía que una proposición es equivalente a la falsedad de su negación. La vocera presidencial Gabriela Cerrutti afirmó, días atrás: “No hay ningún riesgo de hiperinflación”. Cuando esta semana se conozca el índice de precios de marzo, la sensación imperante estará cada vez más próxima a la falsedad de esa negación.

La negación de Cerrutti es un mantra al que se aferra el Gobierno, pero tiene antecedentes que le juegan en contra. El riesgo de una escalada inflacionaria sin freno fue el motivo central que esgrimió el directorio del FMI para aprobar el acuerdo que le concedió a la Argentina. Y son curiosamente los detractores de ese acuerdo adentro del Gobierno quienes coinciden con el pronóstico: todo el cristinismo se dedicó en los últimos días a vaticinar granizo.

Desde el pacto con el Fondo, la única novedad constatable en el oficialismo ha sido el desorden generalizado en el que se sumergió la gestión. Anunció una guerra contra la inflación; sólo ofrece conflicto interno. Esto implica dos consecuencias: escasos avances en el cumplimiento de los objetivos acordados con el FMI y menos tiempo para concretarlos antes de su primera revisión.

Las consecuencias sociales de la inflación, la inacción del Gobierno y la conspiración política dentro del Gobierno, se advierten en la multiplicación de conflictos sectoriales. La disputa más caótica es la que están planteando los movimientos piqueteros. Allí se entremezclan las motivaciones legítimas por la aceleración inflacionaria, la política maltrecha que se venía aplicando hasta ahora (resignar el poder administrador en empresas gerenciadoras de la pobreza) y la disrupción confrontativa que está proponiendo el cristinismo como novedad.

La propuesta de Horacio Rodríguez Larreta -deslindar de manera directa a los beneficiarios de planes sociales de la obligación de manifestarse- puso blanco sobre negro esa trama de extorsiones cruzadas en que se ha convertido lo que nunca debió admitirse como paritaria de la indigencia. El Gobierno podría haber tomado esa iniciativa ajena para liberarse de la presión interna, pero a esta altura carece del poder para ejecutarla. En una singular venganza de la historia, La Cámpora le está propinando al Presidente las mismas humillaciones que padeció el expresidente Héctor Cámpora desde el día en que Juan Perón decidió -en palabras de Miguel Bonasso- aquella “simple mudanza” desde Olivos a Gaspar Campos.

Alberto Fernández intenta saltar ese cerco con el salvoconducto de algunas solidaridades externas. Invitó a su cumpleaños a exmandatarios de la región; buscó por carta al papa Francisco. Pero del Vaticano consiguió un pedido de atención para los más vulnerables que subrayó la crisis social.

El cristinismo ya abandonó a su suerte al gobierno que proponía para recuperar la tierra arrasada. Su política de control de daños se restringe al cuidado de su clientela bonaerense, donde los subsidios a la pobreza son la llave presupuestaria de su destino electoral. Cristina mira de reojo a la izquierda tradicional, la competencia más severa que agita su principal paritaria.En verdad, no sólo la vicepresidenta está protagonizando un giro hacia la radicalización de la polarización preexistente. Mauricio Macri buscó, obtuvo y difundió una foto con Donald Trump. Un gesto de implicancias múltiples. Trump lo recibió en Palm Beach, Florida, donde poco antes había desgranado ante la requisitoria del diario The Washington Post una serie de definiciones muy controversiales. La más urticante de todas: reivindicó otra vez la asonada contra el Capitolio que intentó impedir la normal entrega del mando a Joe Biden. En el paralelismo de los bastones de mando, Macri convalida en Trump lo que padeció de Cristina. El gesto de Macri tiene además una resonancia diplomática inmediata: Trump viene de sostener una posición indulgente frente a Vladimir Putin, el criminal de Ucrania. Macri admite en Trump lo que critica de Alberto Fernández.

En Juntos para el Cambio interpretaron la movida del expresidente como un nuevo gesto de contención al electorado que disputa por derecha Javier Milei.

Otro movimiento en espejo: como Cristina Kirchner, Macri también está priorizando aquello que, por la aceleración de la crisis, complica su paritaria. La principal repercusión le llegó desde su propio espacio. Patricia Bullrich aseveró que Macri no será candidato en 2023. Más rigurosos que Bertrand Russell, en Juntos por el Cambio prefieren dejar esa negación en observación y remojo.

Como los dos extremos de la polarización principal están tensando cada vez más sus propuestas, el centro que amplían también renueva movilidad. A la propuesta de Rodríguez Larreta sobre el conflicto social se sumó el encuentro de una nueva iniciativa transversal. En la casa que el exgobernador Juan Urtubey tiene en el norte más holgado del conurbano bonaerense, se encontraron dirigentes que habitan a distancia de Macri y Cristina.

Dos de ellos le dieron al encuentro una relevancia especial: Juan Schiaretti, que concluye su mandato en Córdoba y dio su primera señal concreta de permanencia posterior en la escena nacional. Y Gerardo Morales, no porque gobierne Jujuy, sino porque preside al radicalismo.

Y acaso el coalicionismo nacional no sea tan elástico: lo que tensen los polos puede ensanchar el espacio de centro. No necesariamente en unidad, tal vez con fragmentación.

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