La interpretación parcial y distorsionada de la colaboración de Chile con Gran Bretaña

El gobierno militar de Pinochet permitió que la Task Force usara un radar en Punta Arenas y el espacio aéreo del extremo sur. Pero lo hizo en el marco de las tensiones con Argentina originadas en el conflicto por en canal del Beagle. De haber estado en la situación de Chile, Argentina hubiera hecho lo mismo.

Lucía Hiriart y Augusto Pinochet.
Lucía Hiriart y Augusto Pinochet.

“Chilenos traidores”, suelen gritar las barras bravas de los partidos de fútbol, con relación a la guerra de las Malvinas. Ello hace referencia a las facilidades que el gobierno militar de Pinochet brindó a la Task Force, para que pudiera usar un radar en Punta Arenas y el espacio aéreo del extremo sur (isla San Félix) para misiones de reconocimiento y observación, tal como ha relatado el oficial británico Sidney Edwards en su libro My secret Falklands War (2014).

Este antecedente es enarbolado, una y otra vez, para crear discordia, tensiones y xenofobia entre Argentina y Chile. Sin embargo, se trata de una mirada sesgada, parcial y distorsionada de lo que ocurrió. Es más, de haber estado en la situación de Chile, Argentina hubiera hecho exactamente lo mismo.

Paradójicamente, la Guerra de las Malvinas significó un conflicto armado entre Argentina y Gran Bretaña, países que habían mantenido relaciones muy estrechas hasta ese momento. La cultura argentina fue intensamente modelada por el legado inglés, comenzando por el fútbol, costumbre introducida y difundida por los técnicos británicos que se instalaron para construir en Argentina el mejor sistema ferroviario de América Latina (40.000 km de FFCC, varias veces más que México, Brasil, Chile o cualquier otro país de la región).

Además, Gran Bretaña fue un socio comercial estratégico para la economía argentina como importador de alimentos: carnes y granos en el siglo XX, y vinos en la actualidad. A ello se suma el prestigio institucional que Argentina les reconoció a los ingleses, a quienes nombró jueces y árbitros para resolver pacíficamente conflictos de límites con sus vecinos. Los arbitrajes de la Corona Británica de 1902 y 1960 permitieron delimitar más de mil kilómetros de frontera argentina, lo cual permitió evitar una guerra fratricida con Chile y otros países.

Este criterio se aplicó también para resolver la cuestión del Beagle. Este es un canal que corre de este a oeste, al sur de la isla de Tierra del Fuego. En el Tratado de límites de 1881, el canciller argentino, Bernardo de Irigoyen, elaborador de este tratado, pintó del color de Chile las tres islas Picton, Nueva y Lennox, situadas al sur del Beagle. Ese mapa se hizo para interpretar la letra del Tratado, y fue publicado y archivado.

Posteriormente, dentro del bloque de poder de Buenos Aires surgió un grupo nacionalista, que reivindicó derechos sobre esas islas. Chile propuso someter el tema a arbitraje, y los gobiernos de Buenos Aires sistemáticamente se opusieron. Hasta que en 1971 el presidente Lanusse aceptó, y firmó con Salvador Allende el acuerdo por el cual se sometía el tema a arbitraje. Este quedaba a cargo de cinco jueces de La Haya, de cinco países y tres continentes distintos, encargados de esclarecer el tema.

En 1977 salió el fallo unánime, por el cual, se reconocían las tres islas como chilenas. En un primer momento, el presidente Videla se inclinó por acatar el fallo, tal como había hecho Argentina en todos los arbitrajes anteriores (incluyendo algunos arbitrajes perdidos con Brasil y con Paraguay). A pesar de su condición de dictador, Videla admitió que Argentina debía honrar el compromiso asumido al someter el conflicto al arbitraje. Pero esto no ocurrió. Presionado por los halcones del bloque de poder de Buenos Aires, incluyendo historiadores de derecha (sobre todo de la Academia Nacional de la Historia), periodistas y medios influyentes, se creó una corriente de opinión contraria al resultado del arbitraje. Dentro del mundo militar, los halcones presionaron a Videla, y este resolvió rechazar el dictamen, y presionar a Chile para que cediera la soberanía de esas islas a Argentina. Para ello, se orquestó una alianza con Perú y Bolivia; se hicieron desfiles militares conjuntos y creció el lenguaje agresivo.

Los militares desplazaron las fuerzas armadas hacia las fronteras, incluyendo buques de guerra, infantería y artillería. Se hizo ostentación de armamento y maniobras con tanques, ampliamente difundidas en la prensa. Luciano Benjamín Menéndez, comandante del III Cuerpo de Ejército, lanzó su famosa frase: “tomaré una cerveza en Uspallata en la mañana, y la voy a orinar en Viña del Mar en la tarde”. Fueron convocadas dos clases de soldados, para engrosar el ejército. El 23 de diciembre de 1978, los embajadores argentinos en el extranjero recibieron un telegrama secreto anunciando que al día siguiente debían informar al gobierno cerca del cual estaban designados, que Argentina estaba en situación de guerra con Chile. Para completar el cuadro, Argentina logró que Bolivia rompiera relaciones diplomáticas con Chile, situación que no se ha revertido hasta hoy.

Naturalmente, todos estos movimientos fueron vividos con máxima tensión en Chile. Este país se sintió ante a la amenaza de ser invadido por sus tres vecinos coaligados: Argentina, Bolivia y Perú. Los estrategas chilenos llamaron a esta coyuntura la Hipótesis Vecinal 3 (HV3), y para protegerse, llenaron las fronteras de minas anti tanque y anti personales. Los informes de diciembre de 1978 confirmaban la presencia masiva de tropas argentinas en las fronteras del sur, en un panorama parecido al que exhibían las tropas rusas cerca de las fronteras de Ucrania a mediados de febrero de 2022.

Finalmente, una tormenta en el extremo sur impidió que las escuadras entraran en guerra. Ello dio tiempo para la intervención de EEUU, apoyada por el Papa Juan Pablo II, para frenar la guerra. Ambos países aceptaron la mediación del cardenal Zamoré, y se logró un acuerdo pacífico.

Pero la tensión se mantuvo latente, sobre todo entre los halcones del bloque de poder militar de Buenos Aires. La mediación papal funcionó como un escudo que impidió realizar la guerra con Chile, pero la energía seguía viva, y se reorientó hacia el sudeste. De allí surgió el impulso para realizar, tres años después, la ocupación de las Malvinas. Pero esta gesta era parte de un proyecto más amplio. El almirante Massera lo dijo con claridad: “este es el primer paso de la reivindicación de los derechos argentinos en el Atlántico Sur” y otras glosas alusivas.

En Chile, todo este movimiento se interpretó como una clara amenaza: una vez consolidados en Malvinas, retomarán la marcha hacia Chile. Todas las alarmas de volvieron a activar, y la sensación de angustia y acorralamiento se apoderó del ambiente.

En este contexto, se produjo la reacción de Gran Bretaña, el envío de la Task Force al Atlántico Sur y el contacto entre Gran Bretaña y el gobierno de Pinochet. Los ingleses lo convencieron fácilmente de prestar alguna forma de apoyo, lo cual se concretó, como es sabido.

Esos hechos ocurrieron en el contexto aquí explicado. Si no se considera este contexto, la interpretación es parcial y distorsionada.

Si Argentina hubiera estado en el lugar de Chile, habría hecho exactamente lo mismo. Es más, lo hizo.

El hecho es conocido en la historia con el nombre de “incidente Baltimore”, que produjo un entredicho entre Chile y EEUU, que fue subiendo de tensión, hasta alcanzar niveles sin precedentes. En este contexto, el Ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, Estanislao Zevallos, llamó a su despacho al embajador de EEUU en Buenos Aires, y le ofreció todos los informes de inteligencia que Argentina tenía de las fuerzas armadas de Chile. También desplegó un mapa del Cono Sur, señaló el puerto de Antofagasta y señaló que, en caso de desembarcar allí, los norteamericanos serían abastecidos por Argentina desde Salta. Esta reunión fue informada por el agente de EEUU a Washington, en un documento que es de público conocimiento.

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