La guerra de los almohadonazos

La tentación era muy fuerte, las siestas eran eternas y, -me doy cuenta hoy-, en mi casa de la infancia, justo debajo del caserón enorme de mis abuelos maternos, había una sobreabundancia de almohadones. El intercambio de golpes amortiguados por el relleno era irresistible.

La guerra de los almohadonazos
Guerra de almohadonazos. Foto: web

Una lluvia de plumas blancas que inundan el ambiente, dos niños resbalando para escapar en cámara lenta por un piso de madera plastificada, una madre indignada que promete, que jura, que grita, que esa será la última vez que sus hijos juegan con almohadas o almohadones. Asegura que el escarmiento no tendrá igual, que hasta Sísifo tuvo un castigo leve comparado con lo que nos espera a mi hermano y a mí si volvemos a desobedecer.

Sin embargo, la tentación era muy fuerte, las siestas eran eternas y, -me doy cuenta hoy-, en mi casa de la infancia, justo debajo del caserón enorme de mis abuelos maternos, había una sobreabundancia de almohadones. El intercambio de golpes amortiguados por el relleno era irresistible.

Esa vez, la de la desobediencia reiterada, pusimos reglas más cuidadosas todavía: no valían golpes cercanos. Teníamos que lanzar el proyectil a la distancia acordada, acertarle al rival y sumar puntos. Atinar era muy difícil, casi imposible, porque desde más lejos alcanzábamos a esquivar el almohadonazo.

Así avanzamos por la siesta mendocina: tirando uno, esquivando otro, hasta que, en el frenesí de agarrar, apuntar y arrojar, di con un almohadón cilíndrico, chato y un poco más duro y pesado que el resto. Lo tomé con una sola mano y lo tiré como a un frisbee, con tanta y tan buena puntería, que le di de lleno a mi hermano pequeño en la cara. Y con tan mala suerte, que su cabeza rebotó contra una puerta detrás de él. Por el ruido que hizo pareció que se habían partido una de las dos, pero no.

Luego vino la secuencia previsible; llanto desconsolado, madre furiosa que aparece y ni siquiera pregunta qué pasó. Me hice acreedora del doble jackpot; cachetada con palma abierta como en una clase de tenis- primero de drive y luego de revés-. Después, como sintió que se había quedado corta, me mandó en penitencia al cuarto, sola sin leer -aclaró- y se volvió a dormir.

Yo no salía de mi asombro. Cada tanto mi mamá me mandaba al calabozo que era la habitación que compartía con mi hermano; pero nunca, jamás, me había pegado. Esta vez se me había ido la mano, sin dudas. Pero, ya que recibí no uno, sino dos cachetazos, sentía que la penitencia sobraba.

Ideé, en ese momento, el plan del rescate. Acudiría a la incondicional en mi vida, mi abuela materna. Yo era su nieta mayor y nunca logró ocultar con éxito que yo era su debilidad. Las dos lo sabíamos -igual que el resto de la Tribu- y cada vez que estaba en problemas corría directamente a sus brazos. Desarrollamos, ese día, un código salvapenitencias. La cocina de mi casa y la de su casa -que estaba justo un piso más arriba- se conectaban a través de un tragaluz. Me escapé sigilosamente del cuarto y la llamé desde abajo. Afligida me preguntó qué pasaba y a los 15 segundos sonó el teléfono fijo en el living. Yo ya estaba inmóvil, fingiendo cumplir mi penitencia, cuando apareció mi padre en la puerta de la habitación para decirme que quedaba liberada, mi abuela me requería urgente en el piso de arriba.

La mamá de mi madre era profesora de piano y la regalona de su papá, que fue gerente regional de Águila Saint en Cuyo. De él heredó un amor inconmensurable por el chocolate en todas sus formas y tamaños que guardaba en lugares inverosímiles: los cajones de su placard (que no tenían ropa), o debajo de su almohada, pero no en las alacenas de la cocina, ni en la despensa.

Tenía devoción por su marido, sus 9 hijos y sus 20 nietos, y una capacidad casi clarividente, para conocer las preocupaciones de cada uno de los integrantes de la Tribu.

Ese Clan que formó con un pediatra que combinaba tratamientos tradicionales con algunos vinculados al saber popular.

Tenía modos suaves, educados. Nunca insultó delante de mí, ni usó una palabra dura para referirse a una persona. Jamás la escuché levantar el tono de voz, pero aún hoy me sorprende cómo toda la familia cumplía sus indicaciones sin chistar.

Ese día, como tantos otros, subí corriendo, salté de dos en dos los escalones que separaban nuestras casas y me sumergí en ese perfume a dulce casero que habitualmente flotaba en el ambiente. Me abrazó y me entregó una menta de las que habitaban en los bolsillos de su delantal de cocina, era de la tienda Harrods, bañada en chocolate.

Me hipnotizaba mirar cómo desenredaba su pelo larguísimo que casi le tocaba la cintura. Lo peinaba con destreza y lo recogía en varios rodetes que sostenía con peinetas, mientras me miraba de reojo a través del espejo de su cómoda.

Tampoco yo escapaba a su detector infalible de estados de ánimo. Tenía una sensibilidad extraordinaria que le indicaba, en milésimas de segundos, que algo andaba mal conmigo. Inmediatamente me persuadía para que la ayudase con alguna tarea imprescindible y en minutos mis únicas preocupaciones eran revolver haciendo ochos un dulce que hervía a fuego lento, u ordenar alguno de sus cajones repletos de botones, lápices, juguetes de piñatas o bombones de fruta.

Me demostró, infinidad de veces, que ella se interpondría a cualquier cosa para evitarme un dolor. Supe leer, a través de su mirada cristalina, que sería capaz de asesinar a sangre fría a alguien que me hiciera sufrir. De ella aprendí a expresar el cariño a través de pequeños gestos que comunican indudablemente amor, a decodificar pequeñas señales que me indican cuando mis afectos me necesitan para superar decepciones y tristezas. Y su convicción de que todo lo malo pasa, y que la sabiduría consiste en saber esperar y confiar.

*Martina Funes: correo: tinafunes@gmail.com - Tw:@FunesMartina

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