La crisis en Olivos y en el galpón Milagros

Siete de cada diez argentinos dice que estamos peor que ayer, pero todavía mejor que mañana. La mitad asegura que no le creería a nadie que le habla de futuro.

La crisis en Olivos y en el galpón Milagros
Imagen Ilustrativa / Los Andes

Alberto Fernández bajando de los barcos. Mauricio Macri excluido por la corte del Galpón Milagros. Cuenta regresiva de tres meses para que se abran las primeras urnas.

¿El telón de fondo? Más de 80 mil argentinos muertos hasta ahora por la pandemia. La inflación acumulada de enero a mayo más alta de los últimos cinco años. Pese al cierre y recesión de la economía más duros de la historia. Allí donde se define la elección, a uno de cada dos argentinos se le derrumbó el piso. De su precaria condición de clase media cayó en la pobreza, por quiebra o desempleo.

Y una división política que recuerda el final del último libro del politólogo Andrés Malamud. El ciento por ciento de los argentinos piensa lo mismo: que el 50 por ciento de los argentinos está equivocado.

Falta un suspiro para que las Paso confirmen su condición de primera gran encuesta. Los dos grandes bloques políticos ya hicieron su opción estratégica. La oposición esperará el derrame sobre sus listas de un clima social de descontento que no se registraba desde la crisis institucional de 2001. El oficialismo se apertrecha para resistir. Exigiendo al máximo lo que mejor sabe hacer: ingeniería electoral amparada en el manejo del Estado.

La crisis social está gestando un nuevo y desconocido sujeto político. La oposición se prepara para que le sea afín tras el parto. El oficialismo confía en operar antes, para alterar su condición genética.

Las características de esa nueva configuración colectiva (o más precisamente: de la nueva grieta) son desconocidas. La clave de la incertidumbre es el quiebre de las expectativas. La consultora Taquion lo resumió en su último monitoreo de opinión pública: siete de cada 10 argentinos dicen que estamos peor que ayer, pero todavía mejor que mañana. La mitad asegura que no le creería a nadie que le hable de futuro.

También la mitad de esos 10 argentinos piensa que el Estado debe dar mayor asistencia económica. La otra mitad opina todo lo contrario. Advierte: el Estado no puede hacerlo sin terminar perjudicando a todos a corto plazo. Dos tercios aseguran que no contratarían nuevos servicios. Le han cerrado la puerta a la expectativa de un crecimiento económico personal.

El principal bloque opositor se mantiene todavía unido en el Congreso. Pero se ha fisurado en torno a dos miradas distintas de la próxima elección. Un sector apunta a la opinión de quienes dicen: “estamos peor que ayer”, otro sector señala el complemento: “pero peor que mañana”.

Mauricio Macri y Patricia Bullrich entienden que quienes miran en retrospectiva, señalando que el presente es peor que el ayer, reclaman una oposición firme. Porque el riesgo que el país corre es que el kirchnerismo cabalgue usando el Estado para aprovecharse de la desesperación social. Y use luego un eventual resultado favorable para acentuar sus tendencias autocráticas.

Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal sostienen que es tan grave la falta de confianza social que el triunfo del kirchnerismo será definitivo si la oposición no tuerce ahora -con identidad renovada- la crisis de expectativas a futuro.

Esa es la discusión central que dominó la escena de la cumbre de Juntos por el Cambio (por ahora se sigue llamando así) en un local llamado Galpón Milagros, en el barrio porteño de Palermo. Una discusión, por cierto, contaminada por las disputas personales de sus protagonistas y aliados.

La oposición quería con ansias las Paso para resolver estas diferencias. Ahora que las tiene, discute si dirime en ellas las listas de 2021 o la fórmula de 2023. Bajo los focos de la escena pública, en medio de la crisis humanitaria más grave de la que tenga memoria la democracia vigente.

Cristina Kirchner se mantiene callada. Le teme más que nadie a la crisis social. En especial, en territorio bonaerense. Su destino personal depende del resultado. Presiente que un triunfo -aunque sea ajustado- espantará a fiscales y jueces. Condición imprescindible para diseñar el 2023. Disfruta con el debate del Galpón Milagros. Están allí sus adversarios que esperan el parto de la crisis social. Pero discutiendo ingeniería electoral en medio de la tragedia.

Esa es su asignatura preferida. Monitorea a Martín Guzmán para que cancele cualquier pago externo, acumule recursos para inclinar la cancha antes de la elección, y afloje las paritarias. Controla que los juzgados electorales en los distritos clave estén manejados por magistrados afines. Vigila la vacunación y el pago para autoridades y fiscales de mesa.

Pero a Cristina el silencio nunca le garantiza la paz. Mientras las luces enfocaban al Galpón Milagros, apareció Alberto Fernández para detonar una explosión de desprestigio de la investidura presidencial que (como la crisis de expectativas) no se observaba en el país desde el 2001.

Todo se ha dicho ya sobre la desgraciada incursión de Alberto Fernández en la genética de la patria grande. Los asesores afines al gobierno se espantaron con el “fenómeno de alta producción memética”.

Sólo una duda quedó pendiente: ¿cuándo se equivocó Fernández? ¿Al traducir a Octavio Paz? ¿O cuando se creyó aquella invención propia de un prestigio académico personal?

La respuesta no es menor. Es la distancia (y la persistencia) que media entre el error y la mitomanía.

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