En la guerra, lo que primero muere es la verdad

No existe guerra alguna que se haya realizado con fines benéficos o compenetrada con los ideales de vida, libertad y dignidad para todos.

En la guerra, lo que primero muere es la verdad
Rusia sigue con sus ataques en Ucrania y decenas de civiles murieron esta semana. (Foto / AP)

La frase que encabeza este comentario es conocida por todos y evoca hasta dónde la dignidad y la honradez de los humanos puede quedar destruida y enterrada. Por lo que yo he podido leer sobre la historia de nuestra humanidad, no existe guerra alguna que se haya realizado con fines benéficos o compenetrada con los ideales de vida, libertad y dignidad para todos. Se comienza una guerra a fin de defender “ideas o intereses personales o grupales”, bajo las diversas justificaciones de ayudar e intentar una vida mejor o “acabar con la maldad y con los malos”.

Lo dicho me lleva a recordar las palabras de Jesús de Nazaret en la parábola del trigo y la cizaña: los obreros querían “arrancar todo y desde el comienzo”, entonces el responsable de la plantación los hizo reflexionar sobre que, actuando de ese modo, acabarían con la mala hierba, pero también con el trigo. Lo dicho hasta aquí sobre la guerra, para muchos no es aceptable ni posible. Pero, los invito a que reflexionemos sobre “los resultados y desenlaces” que siguen a esas disputas, crisis que se llevan consigo lo más precioso de toda persona: su vida. Nunca se llega a resultados permanentes ni a beneficios humanos que a todos nos enaltezcan y llenen de felicidad. En el mejor de los casos se llega, en unos y otros, a una distensión o pausa esperando otra oportunidad o mejores circunstancias.

“Los muchos” piensan que la guerra es buena y justa y que no existe otra forma de arreglar las distintas razones o conjugar el posible mejor bien para los involucrados. Siempre las guerras comienzan siendo verbales, continúan siendo gestuales y finalizan acabando con todo. En otros tiempos, la Iglesia Católica era firme defensora de las “guerras justas”, es decir realizadas por fuerza mayor. Desde el Concilio Vaticano II (1962-1965) se comenzó a repensar esa posición, sobre todo con la presencia, la bohonomía y las acertadas Encíclicas de Juan XXIII. Hoy, para nada y para nadie, aunque fuese solo de palabra, las soluciones se obtienen con la guerra.

En la crisis de Ucrania, Putin sueña con crear una Unión Euroasiática capaz de competir con la Unión Europea y quiere garantizar la seguridad de sus fronteras, controlando el colchón de seguridad compuesto por Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán. No planea desfilar por Berlín y no creo que se le haya pasado por la cabeza invadir las repúblicas bálticas. Para castigar a Putin, Occidente adopta medidas tan injustas como excluir a los artistas y deportistas rusos de las competiciones internacionales.

La retórica sobre los derechos de los pueblos solo se utiliza cuando interesa.

En su momento, la NBA advirtió que multaría a los jugadores que criticaran la guerra de Irak, pero ahora se sanciona a grandes figuras de la cultura y el deporte por el simple hecho de ser rusos. La soprano Anna Netrebko condenó la guerra, pero aun así el Metropolitan Opera de Nueva York canceló sus actuaciones.

No hay que ser muy perspicaz para advertir que los medios de comunicación han adoptado un sesgo propagandístico. Se muestra continuamente a los civiles ucranianos huyendo de sus hogares o sufriendo los estragos de la guerra, lo cual suscita una comprensible rabia e indignación. Esta exhibición contrasta con la ausencia de imágenes que acompañó, en su momento, a los bombardeos de Estados Unidos sobre países como Afganistán, Irak o Yugoslavia. En el caso de Yugoslavia, Washington afirmó que su intervención solo pretendía frenar la violencia étnica y proteger a la población civil, pero sus bombas destruyeron hospitales, escuelas, fábricas, vías fluviales y puentes. Incluso se bombardeó con uranio empobrecido, lo cual ha incrementado los casos de cáncer en Serbia. Una prensa sometida a estricta censura militar convirtió en invisibles a las víctimas, que ya bordean las 5 mil en el actual enfrentamiento.

Es indiscutible que Putin está actuando como un agresor imperialista, pero Estados Unidos o China han obrado de forma parecida cuando lo han considerado necesario para sus intereses. La política internacional no se basa en el ‘fair play’, sino en el ventajismo más oportunista. Se condena la violación de la soberanía ucraniana, pero España acaba de traicionar las esperanzas del pueblo saharaui, aceptando que Marruecos asuma definitivamente el control del Sahara.

La palabra de Jon Sobrino (jesuita de El Salvador)

En “Terremoto, terrorismo, barbarie y utopía” (Madrid, 2002) denuncia que se “mutila groseramente la realidad”. Se habla de la barbarie del 11-S, pero se presenta la guerra contra Afganistán como algo “noble, justo y necesario”. Los ídolos de Occidente son intocables, pese a ser la principal causa del sufrimiento del Tercer Mundo. ¿Y quiénes son esos ídolos? Según Sobrino, “el petróleo que buscan los poderosos en los países asiáticos, la moneda que lleva en su rostro el nombre de Dios: ‘In God we trust’, el mercado, la pseudocultura…”.

Así lo denunciaron profetas como monseñor Romero y Ellacuría, asesinados por militares salvadoreños instruidos por EE.UU. Continuamos escuchando a Sobrino: el origen de todos los males es “una injusticia estructural” que concentra la riqueza del planeta en pocas manos, mientras el resto vive miserablemente.

Voluntad de conocer, en verdad, lo que ocurre

No hay disculpa para los crímenes de Putin, pero tampoco es fácil excusar a Estados Unidos, que ha hecho lo posible por “balcanizar” la región para evitar que se consolidara el incipiente eje París-Berlín-Moscú. Lo honesto es pedir una situación de paz y libertad para “los pequeños de este mundo, los silenciosos y silenciados, los que mantienen la voluntad de vivir y compartir”.

Hay que parar la guerra y negociar. No hay otra alternativa. Occidente aprovecha la situación para rearmarse, no para trabajar en favor de la paz. Avanzamos hacia un mundo más inseguro, con países trágicamente enfrentados y arsenales atestados de armas que podrían destruir el planeta varias veces. No es buena noticia.

*El autor es sacerdote católico

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