Vicente Carubín: El “poeta del silencio”

Su libro “Ansiedad”, publicado en 1938, contiene poemas que nos remiten al imaginario finisecular de los posrománticos y simbolistas. 

Vicente Carubín: El “poeta del silencio”
Sara Carubín, su hija, escribió un libro analizando la obra de su padre.

Entre los escritores que desarrollan su labor en Mendoza en las primeras décadas del siglo XX, figura Vicente Carubín (1894-1968). Ligado a los orígenes de la filial Mendoza de SADE, no es de extrañar que Alejandro Santa María Conill, entonces secretario de la institución, dedique un estudio a su libro de poemas, “Ansiedad” (1938).

El breve ensayo crítico de Santa María Conill (que permanece inédito junto con otros varios papeles del escritor) está redactado en forma de carta fechada el 6 de marzo de 1939 y “con límpida emoción de amigo y de colega”. En el texto, se destaca en la obra de Carubín “no sé qué vagido de poesía oriental, cierta iridiscencia cegadora -fugitiva luz de gemas- aprehendidas como bajo la lumbrarada del desierto”.

Se destaca asimismo la sinceridad esencial de los poemas, “la exacta connivencia entre tu libro y tu alma”; en prenda de ello alude, con un dejo de humor, a “la primera página, sencilla, tierna y con movedora expresión, que no pocos maridos náufragos leerán con espanto”. El volumen, en efecto, está dedicado a su esposa Rebeca Marienhoff, hermana de Luisa, cuya vida y obra se ha reseñado en notas anteriores, y está compuesto por un conjunto de prosas poéticas de corte introspectivo y tono romántico, en las que el poeta expresa una diversidad de estados espirituales, desde el más profundo dolor: “Asistamos a los funerales del corazón, alma mía” (1938, p. 9) hasta sentimientos altamente positivos como el que despierta la luz, “despertar del día, génesis del mundo” (p. 21).

Entre ellos ocupa un lugar destacado el “ensueño”, caro a los poetas románticos, postrománticos y simbolistas mencionados expresamente en varias ocasiones (Verlaine, Byron, Lamartine…, nombres que incluye en lo que llama “la nave del Ensueño”). Esta adscripción a movimientos literarios finiseculares se hace evidente también en la preferencia por ambientes crepusculares, teñidos de azul, en la imaginería suntuosa, en la tendencia al exotismo (ya mencionada por Santa María Conill) que se hace presente en las referencias a Oriente (“montañas del Líbano”; “rosas de Hiram”, “jazmines de Persia”), en la exaltación de la figura del poeta –”¡Sangrando tu pobre corazón, da a las gentes el tesoro de la Armonía y la Belleza que colman tu regio espíritu…!” (p. 57)- y en el lenguaje cuidado y elegante.

A la vez, los textos reflejan la sólida cultura del autor a través de las múltiples referencias literarias que suministran la andadura sobre la que se erige su palabra poética; por ejemplo, para enfatizar el dolor de amar: “Dadme la pasión de Romeo; dadme la inquietud de Werther” (p. 11). Igualmente merece destacarse la mención de Don Quijote, “altivo caballero del Ideal, esforzado paladín de la Justicia” (p. 53), o las alusiones al dilema existencial de Hamlet, su conciencia agónica ante el desafío de “ignorar siempre a donde nos conduce la invisible mano del destino” (p. 15).

Por su parte la figura de Dulcinea, y en general, de todas las amadas literarias del “dolce stil novo” (Laura, Beatriz, junto a la propia esposa del poeta: “Al nacer mi amada visitaron su cuna los Reyes Magos”, p. 37) aparecen en el papel de mediadoras o guías que le asigna Dante a su amada en la Divina Comedia: la mujer que ilumina con la fuerza del amor esa “ascensión que presenta el camino de la vida” (p. 55).

En realidad, el amor aparece como fuerza dual, en una clara contraposición entre materia y espíritu: “Venus ofrendando su néctar constantemente renovado, danzas de regocijo y voluptuosidad del vivir epicúreo” (p. 41), contrapuesta a “la divina Canéfora, sublime vestal que circunda, hora, tras hora, con su maravillosa lámpara de oro, los reinos espirituales por donde ascenderá nuestra alma” (p. 42).

Como se advierte, la mitología grecolatina suministra múltiples objetos de referencia; quizás dos de los más significativos sean la figura de la Quimera, como emblema de ese ideal que persigue el poeta. Y luego, el mito de Sísifo, expresivo símil de la condición humana en su perenne sucesión de fracasos; esta idea de eterno retorno asociada con el personaje condenado a empujar hacia arriba una roca que siempre se despeña al llegar a la cima puede relacionarse, en pasajes como el que sigue a una idea transmigrante del ser: “¡Oh, el doloroso retorno de las almas que se van y vuelven, y vuelven, para seguir de nuevo su azaroso peregrinaje por el vasto erial del mundo” (p. 34).

El arco de imaginarios convocados por el poeta se nutre también de referencias bíblicas: “Dadme el dolor de Job; dadme la paciencia de Jesús” (p. 12) o la mención de la “Sulamita del Cantar de los Catares” (p. 24); también los versos adquieren tonalidades religiosas en ese diálogo del poeta con su alma, en el que expresa un anhelo cósmico: “Dice mi alma: ‘Contempla la divina arquitectura de mis góticas catedrales, donde ofician los Sacerdotes del Eterno entonando salmos de amor y esperanza, de fe y de caridad” (p. 83).

Se trata, en suma, de una poesía transida de espiritualidad, en la que el paisaje mismo, apenas entrevisto o evocado, se contagia de contenidos espirituales: “Divina serenidad de esta vida pródiga en dulces ensueños, cordial al corazón, leve al espíritu empapado en el azul límpido de este cielo privilegiado de Mendoza” (p. 17).

Finalmente, en referencia al estilo, se advierte que en estas páginas de Vicente Carubín se cumplen plenamente las características del poema en prosa, en el recurso a estructuras paralelísticas que suministran una andadura rítmica. También es de destacar el empleo de mayúsculas con efecto ponderativo, absolutizador, para ciertos términos que constituyen la síntesis semántica de todo el libro: Ensueño; Ideal, Amor, Anhelo, Bien, Bondad, Gracia, Absoluto.

Y una última referencia a la denominación de “poeta del silencio”, dada por su hija Sara Carubín en un trabajo de exégesis publicado en 2010, y que se relaciona, en última instancia, con un cuestionamiento que atraviesa toda la obra del autor de “Ansiedad”: la precariedad del lenguaje humano para expresar lo inefable “de nuestra alma en sus horas más íntimas” (p. 15); la incapacidad para exteriorizar o que hay en ese “reino interior […] huerto místico”; imposibilidad, en suma, para “traducir el poema milenario que encarnas” (p. 39).

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