Queríamos tanto a Billy

Nuestra tradición era juntarnos con amigos en la noche de los Oscar y sortear un premio para el que acertara más ganadores de estatuillas.

Queríamos tanto a Billy
El maestro de ceremonias de los Oscar Billy Crystal luce la máscara de Hannibal Lecter y dialoga con Anthony Hopkins en la 64 ceremonia de los Premios Oscar, el 30 de1992 en Los Angeles (AP Photo/Craig Fujii)

Billy Crystal hizo una de sus originales entradas en escena en la pantalla del televisor que nos tenía hipnotizados. Nos sorprendimos tanto como los invitados a la ceremonia y confirmamos lo que ya sabíamos: es uno de los reyes indiscutidos del stand up. El coprotagonista de la inmortal Cuando Harry conoció a Sally demostró que se puede hacer humor ultra efectivo con sutileza y sin agresiones.

Era la noche del lunes treinta de marzo de 1992, cuando en el Dorothy Chandler Pavilion, en Los Ángeles, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de EEUU entregaba los premios Oscar a las mejores películas. Justo ahí inaugurábamos una tradición que se mantendría durante toda nuestra carrera universitaria. Un grupo de amigos, como mil millones de espectadores en todo el planeta, esperábamos la entrega de las famosas estatuillas mientras mirábamos el desfile de estrellas en la alfombra roja. Nos reuníamos en una de las casas a disfrutar el espectáculo, pero, sobre todo, a apostar entre nosotros.

Esa noche, además de los premios dorados, se jugaba también uno de los objetos que más añorábamos esos cinéfilos veinteañeros frente a la tele. Esa maravilla que desbancó al casete y que prometía un sonido puro, perfecto: el disco compacto. El día anterior construimos una planilla en la que listamos todas las nominaciones de cada categoría y la distribuíamos entre los participantes. La condición era marcar nuestras elecciones antes del comienzo de la ceremonia, nada de trampas. Quien acertara a más premiados se llevaría en dinero el valor de un compact.

En la tele el querido Billy, probablemente el maestro de ceremonias más celebrado de la historia de los Oscars, -que animó ese show durante nueve años-, irrumpió en el escenario con el smoking negro de rigor. Pero en lugar de aparecer caminando lo hizo atado en una especie de camilla con ruedas y una máscara al estilo del temido Hannibal Lecter de El silencio de los inocentes, una de las multinominadas de la noche. Dos enfermeros lo soltaron de la camilla y, aún con la máscara puesta, se acercó a Anthony Hopkins -que interpretó al caníbal Lecter en esa película y estaba nominado como mejor actor- en la segunda fila y susurró: -Tendré a algunos de los premiados para la cena. ¿Le gustaría acompañarme? Más risas, aplausos sostenidos. No por nada la entrega de las estatuillas de oro fue uno de los espectáculos que más medía en los ratings televisivos de más de cien países en el mundo.

Ese grupo de compañeros de facultad y amigos nos desparramábamos frente a la televisión entre los sillones disponibles y una alfombra que servía a la vez de asiento, cama y mesa. Entre los participantes estaba el chico de quien estaba enamorada, un conocedor del séptimo arte, que apenas unos meses antes me había alucinado con un análisis sobre Terminator II, una película que jamás se me hubiese ocurrido ver por mi cuenta.

Rememoraba esos tiempos mientras Oppenheimer ganaba como mejor película en la última entrega, que ahora se hace en otro teatro. Para la fiesta posterior, después de la repartija de los Oscar, el chef Wolfgang Puck, que hace 30 años se ocupa del menú, encargó 4 patas de jamón ibérico, 90 kilos de salmón ahumado y otro tanto de pollo, de ternera y de lubina. Casi 75 litros de salsa de soja, 27 kilos de hongos, 18 de langostinos, 100 patos. Preparó varias decenas de platos en islas temáticas y 38 variaciones de dulces para el postre.

En esa célebre reunión de principios de los noventa, sobre aquella desventurada alfombra, improvisamos un menú que incluía 1 paquete de chips de papas fritas, 3 docenas de empanadas mendocinas con -requisito ineludible- aceituna y huevo duro, 4 Coca Colas, y un surtido de Rodhesias, Titas, y las infaltables gomitas Mogul en bolsitas multicolores; todo regado con litros de café que nos permitían llegar más o menos despiertos al momento culminante de la noche: el anuncio del premio a la mejor película y el descubrimiento del ganador del CD.

Mil novecientos noventa y uno fue un año increíble para el cine, se produjeron películas extraordinarias, y las veíamos todas, no sólo las que competían como mejor película. Lo que más nos divertía era pelear, discutir y -desde luego-, contar puntos, alardear de los aciertos cuando habíamos adivinado el humor social de la Academia de Hollywood.

Inolvidable: Geena Davis y Susan Sarandon, nominadas por Thelma and Louise, -un film que no envejece, como tampoco los temas que desmenuza- bromeaban acerca de los efectos especiales, justo antes de que su película ganara la estatuilla por su guión.

Además, Liza Minelli y Shirley McLane, en lo que aún era la prehistoria del #MeToo, aludían veladamente a la imposibilidad de que una mujer fuese nominada como mejor directora. Lo decían a propósito de que a Barbra Streisand la ignoraron como directora de El príncipe de las mareas, aunque compitió en la categoría de mejor película. -En otra vida, decía Shirley, y pasaron casi veinte años hasta que una mujer, Kathryn Bigelow, ganara como mejor directora.

Eran épocas de ceremonias más tradicionales, todavía Chris Rock no había recibido un cachetazo de Will Smith cuando un actor inglés, Anthony Hopkins, les arrebató la estatuilla a grandes figuras como Robert De Niro, Warren Beatty, Robin Williams. Una joven Jodie Foster, como la agente Clarice Sterling del FBI, hizo lo propio con otras consagradas.

Más allá de lo que indicara la corrección política de los miembros de la Academia yo marcaba, en las diferentes categorías, lo que quería que sucediera. Votaba por mi película favorita en cada caso, como si mi voluntarismo fuera a lograr un resultado favorable: no me iba bien.

El desenlace de esas noches era veloz, tenía el ritmo de un antílope escapando de un tigre famélico. Quien lideraba el puntaje justo antes de la nominación más importante sumaba, mostraba la planilla, y tomaba posesión de ese pozo común que permitiría, -sin falta al día siguiente- ir a comprar un nuevo CD y agregarlo a su colección.

Esa vez El silencio de los inocentes ganó 5 de las 7 nominaciones que tenía; todo un récord para una película de horror. Fue mejor película, director, actor, actriz y guion adaptado.

Estoy casi segura de no haber conseguido nunca el mayor puntaje, pero vivir en ese mundo de gente que se levanta y se acuesta pensando cómo contar mejor una historia, cómo mantener durante dos horas la tensión en una narración, es algo con lo que sueño desde que me llevaron por primera vez al cine. Aquella vez que me aluciné con Bernardo y Bianca -Los rescatadores de Disney- en pantalla grande y me asusté con Madame Medusa.

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