Cuando sintió que había tocado techo en la natación de pileta, Oriozabala cambió los andariveles por el riesgo del mar abierto. Primero llegó el circuito nacional, donde rápidamente empezó a destacarse. Al año siguiente dio el salto al circuito mundial.
"Sabés cómo cobré el primer año…", recuerda entre risas, sin ocultar la dureza de ese inicio. Tenía apenas 18 años y se enfrentaba a nadadores que no solo le duplicaban la edad, sino también la experiencia, el tamaño físico y la lectura del agua. Fue un choque directo con la realidad del alto rendimiento internacional.
Gustavo Oriozabala
Gustavo Oriozabala es reconocido como el mejor nadador de aguas abiertas de la Argentina.
Gentileza
Un año más tarde empezaría a mostrar su verdadero potencial. En el Circuito Mundial de la FINA, durante la cuarta etapa de 1992, alcanzó la consagración al imponerse en la mítica prueba del Lago Saint-Jean, en Canadá. "Ganar Saint-Jean es como ganar Wimbledon en el tenis. Había llegado a lo más alto", recuerda con emoción.
Ese triunfo no solo lo proyectó al mundo, sino que marcó un antes y un después en su carrera.
"Ese año estuve rankeado como número 2 del mundo y durante cinco años estuve entre los cinco mejores del circuito. En 1995, en Saint-Jean, quedé segundo por muy poco. Me equivoqué y me ganó el campeón del mundo", repasa con cierta mezcla de orgullo y amargura.
-¿Y por qué dejaste de nadar?
-Me cansé. Tenía quemada la cabeza. Es un deporte solitario. No hablás con nadie, el paisaje es el mismo siempre. En el fondo es todo agua, azules que se repiten. Lo mío además es lo extremo. Mucho fondo. He llegado a nadar 30 kilómetros, algo que no hace ni un maratonista. Pero no es hacerlo un día, es hacerlo todos los días. Me dediqué más a trabajar, terminé la facultad y fui sumando kilos.
Gustavo Oriozabala
Sus hijas Martina y Federica lo acompañan en su carrera deportiva y son quienes lo sostienen.
Daniel Caballero / Los Andes
En ese período, la vida deportiva empezó a convivir con una vida laboral intensa. El agua dejó de ser el único eje.
-¿Cuándo fue tu última competencia?
-La de Alcatraz. Estaban invitando a los mejores 30 nadadores del mundo en agua fría. Me llamó el organizador y le dije que no estaba nadando más. El tipo insistió. Le pedí que me pagara todo, como para que dijera que no. Pero accedió a todo lo que pedí. En ese momento pesaba 20 kilos más. Me puse a entrenar, bajé 15 kilos, fui, corrí la carrera y la gané. El tipo estaba fascinado.
Ese regreso inesperado marcó también una especie de cierre simbólico de etapa: el rendimiento seguía ahí, pero el contexto ya era otro.
-¿Entrenabas y además trabajabas en tu carrera comercial?
-No. Estaba dejando de nadar y empecé la otra carrera comercial. Después me dediqué puramente a mi trabajo. Después de Alcatraz (2010) no hice más nada. Me dediqué a trabajar y a comer. Era una bomba de 135 kilos.
El contraste con su vida anterior era extremo. El cuerpo, que había sido herramienta de alto rendimiento, pasó a responder a otra lógica.
Los pies en Mendoza
-¿En qué momento decidiste frenar?
-Durante la pandemia de Covid se cerraron los negocios y no pude sostenerlos. Después de 27 años devolví las piletas a la municipalidad. Ese fue un punto de quiebre. Ahí empecé a dedicarme a mí, a ordenar mi vida.
La pausa forzada abrió una etapa de revisión personal profunda.
-¿Tus hijas qué decían al respecto?
-Estaban alarmadas. Me decían: "Papá, te vemos muy mal". Caía al hospital cada dos por tres. Laburaba como una bestia: cuatro piletas climatizadas, control de piscinas, importadora, viajes a Asia tres o cuatro veces por año. Me iba muy bien, pero estaba loco. Comía cualquier cosa, a cualquier hora. No miraba nada.
Gustavo Oriozabala
Sus hijas Martina y Federica lo acompañan en su carrera deportiva y son quienes lo sostienen.
Daniel Caballero / Los Andes
Y en ese contexto, apareció un hecho que marcó un antes y un después.
-Me decías que hubo algo más que llevó a tu transformación…
-Sí. A mi hija Martina le detectaron cáncer. Eso me hizo ver otras cosas. Me movió el piso. Dejé todo. Me quedé con algunas cosas, me dediqué más a mis hijas y empecé a cuidarme y cambiar de vida.
El cambio fue profundo y sostenido. No inmediato, pero sí definitivo.
-Sos amante de la cocina…
-Sí, me encanta. Me cocino yo. En los últimos dos años, bajé 40 kilos. Eso me animó a volver a nadar. Pesaba 135 kilos. Empecé a entrenar, a tomar ritmo de a poco, y la natación fue lo que más me ayudó a bajar de peso.
-Si tenés que invitar a comer, ¿con qué comida los esperas?
-Con un buen asado, bien hecho. Y me encantan los guisos en invierno.
Con el paso del tiempo, sintió que la pileta ya no le alcanzaba. El cuerpo pedía otra cosa, pero sobre todo la cabeza. Así apareció el salto definitivo hacia las pruebas extremas.
-¿Cómo fue que saltaste al deporte extremo?
-Sentí que necesitaba algo más, otros desafíos. Ahí aparecieron los cruces: Canal de la Mancha, Canal Beagle, Estrecho de Magallanes, Lago Titicaca, el cruce del Río de la Plata… Este año me nombraron el mejor deportista de aguas abiertas de la historia del país.
Gustavo Oriozabala
Gustavo Oriozabala se transformó en una referencia internacional y completó más de 70 cruces históricos alrededor del planeta.
Daniel Caballero / Los Andes
Ese cambio no fue solo deportivo, fue vital. Pasó de la competencia controlada de una pileta a escenarios donde el frío, la noche, las corrientes y la soledad eran parte del recorrido.
-¿Qué significó competir a ese nivel durante tantos años?
-Estuve cinco años entre los cinco mejores del mundo. Después empecé con las pruebas extremas. Ahí apareció otra vida. Más de 70 cruces después, el desgaste también empezó a pasar factura.
El alto rendimiento sostenido dejó marcas que no siempre se ven en el agua. La exigencia física se combinó con un desgaste mental profundo. El regreso fue distinto. Ya no era una búsqueda de resultados, sino de equilibrio.
-¿Cómo fue volver al agua después de tanto tiempo?
-Volví con otra cabeza. Me siento renovado, pero con más experiencia. Me metí al Nahuel Huapi este año. Con menos edad le habría tenido mucho más respeto. Entré al lago a cuero, sin protección, sin neopreno. Hice récord a piel limpia y salí entero, dentro de lo dura que fue la prueba.
También hubo un cambio en el entorno más íntimo.
-Además, tus hijas empezaron a acompañarte…
-Sí. Son parte del equipo. Federica se encarga de la parte técnica y Martina de la organización. Hicimos un documental y ella se encargó de todo. Me van a acompañar a Manhattan. Lo mejor es tenerlas cerca.
-También cerraste un ciclo con los estudios…
-Sí, me recibí de Licenciado en Administración de Empresas. Me habían quedado materias de cuando tenía 25 años. Me llamaron de la universidad, terminé la tesis y me recibí.
-Volviste a trabajar...
-Trabajo en asesoramiento comercial e importación. Estoy más tranquilo, más ordenado.
-¿Qué lugar tuvo el inglés en tu carrera?
-Fue clave. Mi viejo me mandó a aprender inglés de chico. Lo odiaba, pero me salvó la vida y se lo dije siempre.
-¿Tenés algún hobby o actividad que te saca la natación y el trabajo?
-Los caballos. Hago pruebas ecuestres con caballos criollos. Los descubrí cuando dejé de nadar. Me dan calma. Son mis psicólogos.
-Siempre te gustaron los caballos…
-Les tenía miedo. Terror. Y terminé haciéndome amigo de ellos. He cruzado la cordillera a caballo, hasta el avión de los uruguayos. Lugares increíbles.
-Viajas mucho, pero elegís Mendoza…
-Sí. He viajado muchísimo, pero me quedo con Mendoza toda la vida.
-¿Te involucrás en política?
-No. Respeto todas las ideas, pero no me caso con nadie.
-¿Cómo te gustaría que te recuerden?
-Que cuando miren hacia atrás y me recuerden, solo les pido que piensen en mí como una buena persona. Ese fue siempre mi norte: actuar desde el bien, ayudar cuando pude y dejar una huella positiva en sus vidas. En lo personal, irme sin cuentas pendientes con el destino y con la vida. Hice absolutamente todo lo que quise. No me quedé con ganas de nada. Viví con intensidad, perseguí mis sueños y, en cada proyecto, en cada amor y en cada batalla, entregué siempre mi 100%. No me guardé nada.
Su última hazaña, en homenaje a Malvinas
En febrero de este año, Gustavo cumplió otra de sus proezas. Pero mejor, que lo cuente en primera persona. "En marzo realicé una travesía en el Lago Nahuel Huapi en homenaje a los combatientes de la Guerra de Malvinas. La actividad fue organizada junto a los veteranos del Memorial de Bariloche, un museo realmente increíble. Todo surgió porque este año se cumplieron, exactamente el mismo día, 20 años de mi cruce a nado en las Islas Malvinas, realizado en 2006. La gran diferencia es que en aquel momento me esperaban kelpers e ingleses; esta vez, al llegar, me recibieron veteranos de Malvinas".
Gustavo Oriozabala
Hace unas semanas, Gustavo Oriozabala participó de un simposio, organizado por Diario Los Andes. "Fue muy emotivo", dijo.
Gentileza
"Entre ellos estaba Oscar Barrios, de la Asociación Cuyana de Veteranos de Malvinas (Acuvema), a quien invitamos especialmente. Fue algo muy emocionante. Por eso tomé la determinación de cruzar el Nahuel Huapi 'a cuero pelado', sin ningún tipo de protección, en honor a ellos".
"Después se realizó un simposio en Mendoza, organizado por Diario Los Andes, que fue muy emotivo y enriquecedor. Allí conté mis experiencias y los homenajes que realicé a los caídos y veteranos de Malvinas. Fue un momento realmente especial, donde además tuve el placer de conocer a Mauricio Badaloni, uno de los propietarios de Diario Los Andes".