Uriel, la historia del esforzado mendocino que quedó ciego y se recibió de comunicador social

Un desprendimiento de retina durante su adolescencia dejó ciego a Uriel Zingariello, que enfrentó miles de obstáculos hasta convertirse en profesional. Su historia.

Uriel junto a su madre, el esposo de ella y sus hermanas.
Uriel junto a su madre, el esposo de ella y sus hermanas.

Un aplauso sonoro y prolongado, una ovación del público, un clima de alegría y felicidad generalizado. En ese entorno y rodeado del personal docente, compañeros de estudio y familiares, subió al escenario Uriel Alejo Zingariello, de 25 años y ciego desde hace casi 10.

Desde ese lugar montado por el Instituto de Educación Superior 9001 de San Martín, recibió su título de técnico superior en Comunicación Social con orientación en Desarrollo Regional y Local.

Uriel y su papá, orgullosos los dos, en la entrega de diplomas.
Uriel y su papá, orgullosos los dos, en la entrega de diplomas.

Fue el pasado 21 de diciembre en el Parque Agnesi, San Martín y el diploma fue más que meritorio, un logro y un premio al esfuerzo teniendo en cuenta que Uriel transitó todo ese período en un instituto que no está adaptado para ciegos.

Por eso, en diálogo con Los Andes, aseguró que valora y agradece el apoyo incondicional recibido durante el proceso de estudio, ya que profesores y estudiantes fueron aprendiendo en el camino técnicas para que contara con todas las herramientas necesarias y así poder graduarse al igual que el resto.

Lo cierto es que, contra viento y marea, Uriel estrena con orgullo el título de técnico superior en Comunicación Social. Quedó ciego en plena secundaria, en agosto de 2014 y, de un día para el otro, a raíz de un desprendimiento de retina.

“Te amo hijo”, se escuchó gritar a su papá desde el público, casi como una reivindicación al trayecto de su hijo, que no resultó fácil pero tampoco imposible.

Hijo de Alejandra Velázquez y de Javier Zingariello, Uriel nació el 11 junio de 1999, es oriundo de Palmira, San Martín y tiene tres hermanas. Asegura que el apoyo de su familia fue --y sigue siendo-- esencial en su vida.

El diagnóstico que cambió su vida por completo lo recibió el 2 de agosto de 2014. Uriel tenía 14 años, plena adolescencia. El motivo de su ceguera fue un desprendimiento de retina que se dio de manera repentina.

“Me levanté un día cualquiera con la vista obstruida, llena de puntos negros. Mi campo visual estaba nulo y de inmediato hicimos un estudio de urgencia. La retina estaba desprendida, me sometí a diferentes cirugías y consultas con especialistas pero nada se pudo hacer. Luego de una de las operaciones me dieron la noticia que había quedado ciego”, repasa.

De allí a hoy atravesó numerosas situaciones, de las lindas y también las dolorosas. Y dejó una aclaración respecto de su discapacidad: “No lo digo porque me moleste, pero el término ´no vidente’ no existe y tampoco ´vidente’. Uno no puede tratar a la persona desde lo que no es, por eso tampoco solemos decir ´no alto’, ´no bajo’. Tengo una discapacidad sensorial visual o, simplemente, soy ciego”.

A lo largo de su vida hubo obstáculos, y muchos, especialmente en lo referido a las barreras arquitectónicas, culturales y sociales.

“Creo que es una lucha constante la de enseñar a la sociedad a convivir con personas que tienen una discapacidad. Muchos se equivocan tal vez no desde la maldad, sino desde el desconocimiento”, señala, para enumerar inconvenientes cotidianos como autos que obstruyen los puentes en las esquinas, o estacionados en las veredas, veredas en malas condiciones para quienes se desplazan con bastón, y muchos más.

Un camino complicado

“En definitiva, las ciudades no están preparadas ni adaptadas para que los ciegos podamos desenvolvernos correctamente”, advierte. En las muchas charlas que suele brindar respecto de estas problemáticas, suele repetir que la educación y concientización es la base del aprendizaje. “De nada sirve que construyan una rampa en una esquina si alguien la obstruye con un vehículo”, ejemplifica. Uriel fue recorriendo el camino de a poco y con mucha ayuda de su entorno. Se fue adaptando a su nueva vida con el apoyo de profesionales, psicólogos, amigos y familia.

“Eso fue importante porque no todo el mundo lo tiene. Tuve una inclusión grande, compañeros incondicionales que supieron tratar a una persona con discapacidad. Quedé con esta condición en pleno secundario y los docentes modificaron algunas formas de dar clases, se adaptaron y se preocuparon, jamás me sentí solo en este proceso”, relata.

También asume que la discapacidad le tocó en una época donde la tecnología facilita la vida cotidiana.

“Hace 20 años mucho de lo que hoy tenemos no se veía, soy una persona independiente, tengo lectores de pantalla en el celular y en la computadora que me ayudan con los textos y la imágenes, de manera que uso WhatsApp y redes sociales, que hoy representan importantes herramientas de trabajo y, además, no dependo de nadie”, agrega.

Las pruebas están a la vista: hoy Uriel tiene un programa de radio a través de YouTube y brinda un taller de comunicación en una fundación destinada a chicos con discapacidades.

“Todo esto no hubiese sido igual si quedaba ciego en los años 80 o 90″, diferencia, mientras asegura que la aventura recién empieza y que va por mucho más.

Claro que el bullyng también estuvo presente en su vida. Tal vez no por su discapacidad, sino por otros motivos. “Creo que en lo laboral es donde más se siente. Cuesta acceder a un laburo”, reflexiona.

La comunicación y un enamoramiento total

Uriel siempre fue un amante del deporte y desde chico pensaba en el periodismo deportivo.

“Pero implicaba viajar a Ciudad y pagar una cuota. No tenía esa posibilidad. Mi mamá, indagando, supo que dictaban Comunicación Social en San Martín y me decidí probar”, relata, para enfatizar: “El enamoramiento fue inmediato. Me encantó desde el primer momento”.

Así, el Instituto de Educación Superior 9001 de San Martín le brindó todas las herramientas que necesitaba y también amigos y compañeros, como Franco Guiñazú, su incondicional colega que lo ayudó a estudiar, le leía los textos y recibieron juntos el diploma.

El jueves 21 de diciembre todo ese esfuerzo por fin se coronó. “Cerré una etapa hermosa, fue emotivo y me sentí orgulloso porque nada resultó fácil. Cumplí un camino repleto de desafíos pero lo logré.

“Lo veía lejano, difícil y hoy me doy cuenta que se hizo realidad. Freno la pelota, me pongo en perspectiva y no puedo creer lo que hice. Agradezco al gabinete psicopedagogo y a todos los que me apoyaron la gran predisposición. Así haya sido un mate, un abrazo o una palabra de aliento, todo fue útil, todo fue valioso, concluye.

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