10 de junio de 2026 - 13:10

Remedios, cólera y dinamita: la increíble página de Los Andes que retrata la Mendoza de 1887

Mientras trabajaba sobre una página de avisos de Los Andes de enero de 1887, un nombre comenzó a repetirse una y otra vez. La búsqueda de quién era el doctor Ayer terminó revelando cómo se curaban, qué temían y qué consumían los mendocinos de fines del siglo XIX.

Mientras despego una cinta adhesiva vieja de una página de enero de 1887, en medio de mi trabajo en el proyecto Los Andes Siempre, pienso que me tocó una hoja ingrata. El papel está quebradizo, la tinta puede venirse con cualquier movimiento torpe y la cinta que alguna vez alguien puso para salvar la página, más de un siglo después, es la que empieza a destruirla. Lo raro es que esa dificultad promete ser lo más entretenido. La hoja exige tiempo, cuidado y calor suave, pero lo que tengo enfrente parece bastante menos prometedor: una página de anuncios.

Antes de abrir el ejemplar, hice una búsqueda rápida de las efemérides de enero de 1887. Mis expectativas estaban puestas en la defensa de Pasteur, el comienzo de la Torre Eiffel, los 300 muertos del buque Kapunda y, seguramente, muchas otras noticias que desconozco. Yo esperaba que los arreglos del papel me obligaran a detenerme en alguna de esas páginas. La que me retiene, sin embargo, parece hecha de boticas, píldoras, frascos y un glosario de males cotidianos.

Mientras avanzo con la cinta, empieza a repetirse un nombre: el doctor Ayer. Primero es apenas un aviso. Después veo otro. Después, dos más. Pectoral de Cereza del doctor Ayer, Vigor del Cabello del doctor Ayer, Zarzaparrilla del doctor Ayer, Píldoras Catárticas del doctor Ayer. Cuatro apariciones en una sola página. ¿Quién era el doctor Ayer?

Una búsqueda rápida alcanza para encontrarlo. James Cook Ayer fue un empresario farmacéutico de Lowell, Massachusetts, uno de los grandes fabricantes de medicamentos comerciales del siglo XIX. Había muerto en 1878, nueve años antes de esta página mendocina. En enero de 1887, entonces, el doctor Ayer ya no curaba a nadie. Su nombre seguía trabajando en los diarios, convertido en marca con garantía extranjera.

A su alrededor, la hoja empieza a mostrar algo todavía más raro. Parece una farmacia que hubiera explotado sobre Mendoza y hubiese dejado sus frascos en distintas direcciones. Si uno tiene una urgencia de “vino ferruginoso”, hay que ir a una dirección. Si necesita un vejigatorio, y además es preciso que sea “el único admitido en los hospitales militares”, hay que buscarlo en otra distinta. Si el asunto es más delicado, la Injection Brou promete ser “higiénica, infalible y preservativa”, curar los flujos “sin el auxilio de otro medicamento” y venderse en “las principales boticas del universo”. El universo, para ser exactos, tiene dirección en París: casa de J. Ferré, pharmacien, successeur de Brou, Rue Richelieu 102.

La página ofrece coordenadas para todo. Algunas quedan en Mendoza. Otras piden, además de fe sanitaria, pasaporte.

Entre central y periférico, un anuncio de la fábrica Nobel, de Glasgow, Escocia, ofrece dinamita y otras materias explosivas con una naturalidad bastante envidiable. Me quedo fascinado con el hecho de que en la misma página se vendan alivio para el cuerpo y materiales para volar cosas. El siglo XIX fue un siglo raro.

Lo mejor aparece cuando la página empieza a mezclarse consigo misma. En una columna, la Municipalidad de Junín se ocupa de mataderos instalados demasiado cerca de las casas y de los residuos que esos mataderos dejan. La disposición apunta a cuidar el agua y a evitar que el cólera encontrara ayuda en las costumbres de la mismaciudad.

A quince centímetros en la página y a unos treinta kilómetros en el terreno, aparece un aviso pequeño de vinos de Maipú. La coincidencia no es acusatoria ni casual, menos todavía al vino, que bastante ha hecho por Mendoza como para andar cargándole también el cólera. Pero la cercanía tiene su gracia: mientras Junín intenta que no ensucien el agua,

Maipú aparece con un producto que nos haría famosos en el mundo elaborado con el agua de una provincia con costumbres peligrosas.

Ahí comprendí de dónde viene el asombro que me produce esta página. Los grandes titulares cuentan la conversación pública de una época, lo que se nombra en voz alta y muchas veces ocurre lejos. Los avisos cuentan el día a día. Entran por la tos, por el pelo, por la garganta, por el miedo a la enfermedad, por la vergüenza y por el bolsillo.

De pronto, el doctor Ayer se me hace la cara de ese mundo y de ese tiempo. Su nombre suena médico, extranjero, moderno. Hoy cuesta mirar esa confianza sin desconfianza. Más allá del uso a la vez confiado y liviano de sustancias reales o irreales, lo que muestra esta página es otra cosa: la medicina todavía era un territorio que se disputaban la ciencia, la publicidad y la esperanza de la gente.

A 139 años de aquella publicación, esas escenas vuelven porque una cinta vieja me obliga a mirar despacio. En esta página escucho toser a los mendocinos, los veo comprar remedios, los veo temerle al cólera y mirar el agua con desconfianza. También los veo fortalecerse con hierro a través de vinos, jarabes y píldoras, leer nombres que sonaban cercanos y venían de lejos con una fe que hoy nos dejaría más escépticos que tranquilos, y moverse por una ciudad donde la salud se buscaba entre boticas y avisos, y se perdía entre mataderos, acequias y quizás frascos con apellido.

Por suerte, el doctor Ayer quedó en 1887. Quedó olvidado entre sus píldoras, los vinos medicinales, los vejigatorios admitidos únicamente en hospitales militares y una dinamita que se coló en la página y que, por suerte, sólo explotó para abrirle camino al Transandino.

Su nombre ya no cura a nadie, y esa es una buena noticia. Cuando termino de levantar la cinta y paso a la página siguiente, igual me queda una sospecha amable. Tal vez el doctor Ayer, con toda su pseudociencia farmacéutica, no haya estado tan lejos de la verdad como uno está inclinado a creer desde este lado del tiempo.

Es evidente que muchos sobrevivieron a esa época. Después sobrevivieron sus hijos, y después los hijos de esos hijos, hasta llegar a quien ahora mira esta página una tarde de 2026 y hace su mejor esfuerzo para que vuelva a parecerse, aunque sea un poco, a la hoja que alguna vez salió de la imprenta.

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