La elección de una carrera o la definición del proyecto de vida posterior al egreso de la secundaria es algo que suele ser un enorme desafío para los chicos y las familias. Genera ansiedad, inquietud, desazón e incluso hasta conflictos familiares.
Desde la validación del deseo hasta el autoconocimiento. El desafío de elegir aún en plena adolescencia y el rol curcial de los padres: tips para acompañar
La elección de una carrera o la definición del proyecto de vida posterior al egreso de la secundaria es algo que suele ser un enorme desafío para los chicos y las familias. Genera ansiedad, inquietud, desazón e incluso hasta conflictos familiares.
Pero lo cierto es que encontrarse con quién quiere ser uno a esa edad es bastante difícil, en particular porque se está saliendo de una etapa en la que la misma identidad se está construyendo.
Por eso, los especialistas recalcan la importancia de entender que se trata de un proceso, una construcción que no se da el último año del secundario. Y en ese proceso, los adultos de referencia y en particular la familia tienen un rol crucial. Un rol que debe estar atravesado por la escucha, el diálogo abierto y el despojo de las expectativas propias para dar lugar a las de los chicos.
“Que no se apuren, que tengan paciencia y que es un proceso”, es lo primero que anticipa para los ansiosos o desesperados la psicopedagoga Mónica Vicchi, especialista en orientación vocacional y quien se dedica al tema desde hace 30 años.
“Para poder elegir tenemos que saber algunas cosas de nosotros mismos. A veces empezamos a mirar afuera, qué oferta educativa hay y nos queda esta información nuestra, quiénes somos, qué me gusta, qué habilidades tengo, qué intereses tengo. Y esto que parece tan natural y tan lógico, no lo tienen tanto los chicos a los 16 o 17 años, cuando tienen que elegir la carrera”, explicó.
“Esto en realidad es un proceso de conocimiento -afirmó-, algo que no empieza en 4º año ni en 3º, es un proceso quizás de muchos años antes y no debería empezar en esa época, debería ser una forma de crianza, una forma de educación desde la escuela donde los niños y las niñas puedan conectarse con esto, con sus habilidades, con sus gustos, con sus intereses”.
En ese sentido, también apunta al sistema educativo: “Esto no siempre pasa por ahí. La educación se limita a lo curricular, que es lo lógico, pero falta esta parte y a veces las familias no tienen mucho en cuenta el proveer de experiencias, diferentes experiencias para que los chicos vayan conociéndose, vayan viendo qué les gusta, qué no les gusta”.
“Tienen que saber qué quieren, qué van a hacer el resto de sus vidas, porque también está este mandato de que sea para toda la vida. Lo cual por suerte va cambiando”, resaltó.
Algo que falta es la conexión con el deseo, advierte. “No se conectan los chicos con el deseo. Se han acostumbrado a conectarse con lo que deben hacer, con lo que hay que cumplir, y de repente vos sí les decís bueno, elegí lo que te gusta, lo que te haga feliz. No saben, no lo saben”, remarcó.
“Sería genial que empiecen este proceso en la primaria, a veces uno los va viendo, el tema es que no les devolvemos lo que vemos”, apuntó en referencia a hacerle notar qué cosas hace bien o cuáles disfruta. Por otra parte, subrayó que hay que considerar que se trata de procesos individuales y cada uno tiene sus tiempos, que hay que respetar y no dejarse llevar.
“El mejor recurso es el autoconocimiento, tener la posibilidad de saber cosas de mí, porque cuando yo ya sé qué, qué me gusta, qué habilidades tengo, qué me interesa de la realidad tengo yo digo el 50% de la información de la elección vocacional”, destacó la profesional. Agregó que el otro 50 es informarse, movilizarse, buscar información en las universidades, en los institutos, en los oficios, preguntar a los profesionales, por ejemplo.
La escena suele repetirse en miles de hogares mendocinos cuando llega el último año de la secundaria. Las familias recorren las distintas ediciones de la Expo Educativa y se encuentran con una realidad compleja. "En las expo hay una multioferta y los chicos terminan hiperestresados cuando salen de ahí, porque no saben. Es como 'todo me gusta, todo me interesa', pero es como mucha información y no saben hacer el filtro", describe la licenciada en Psicología Gabriela Cusnaider, quien trabaja con niños y adolescentes, en particular en orientación vocacional en el Espacio VES.
Pero por otra parte, hay otro aspecto de altísima incidencia: la forma de crianza.
Para Cusnaider el nudo del problema radica muchas veces en una "falta o ausencia de experiencia propia" durante la niñez, es decir, en la dificultad de "ser autor de de sus propias decisiones de chico".
Existe una tendencia culturalizada a subestimar la mirada de los más chicos. "En la mayoría de los niños promedio, es el adulto el que elige, porque consideran que como es niño, todavía no sabe bien y en realidad sí que saben", asegura la psicóloga. Aprender a elegir es "una capacidad justamente que hay que construir desde pequeños”.
El conflicto se hace visible cuando los chicos empiezan a transitar la preadolescencia, por ejemplo, al ingresar a séptimo grado. La especialista comparte una situación habitual en las consultas: "Te dicen: 'No, yo no quiero entrar en economía, quiero estar en humanidades', y la madre dice: 'No, pero es que eso no te va a servir porque...' y aparece la incidencia propia de los papás".
"El error quizás es eso en relación a la elección, que no se trata solamente del adolescente en sí, sino que la elección se construye a lo largo de la vida de uno".
Cuando se indaga en el historial de los jóvenes que no logran decidirse por una carrera, suelen aparecer elecciones previas delegadas en el entorno. La licenciada señala que las respuestas más comunes de los chicos son: "'La primera fue porque mi mamá me inscribió, la segunda porque mis amigos van a hacer tal cosa, la tercera porque un tercero'". Ante la pregunta clave de "¿cuándo elegiste vos?", el silencio es inmediato. "Ahí se quedan mirando y te dicen 'y no'. Y ahí, obviamente, a trabajar con todo el tema del autoconocimiento y registro propio".
El contexto actual añade una presión inédita sobre los jóvenes en relación a otras épocas. La toma de decisiones ya no es un proceso privado; hoy está mediado por la sobreexposición digital.
Si antes costaba lidiar con la mirada del otro, ahora, redes sociales mediante, el peso es mucho mayor, y más cuando se trata de haber expuesto algo que luego no dio resultado, queda el registro público. Cusnaider plantea cuánto esto le agrega peso a una situación que se vive como una especie de “fracaso”. Cuando lógicamente, nada más lejos.
Frente a este escenario, los adultos deben "reconocer que hay otra realidad, que lo generacional atraviesa" y entender que la experiencia de crianza propia dista de la que necesitan sus hija en un contexto tan diferente. "La experiencia la hizo ese adulto, pero el niño también necesita hacerla y construirla y eso no se hace más que mediante la experiencia en sí o vivenciar justamente esto, inclusive el confundirse".
Si bien la capacidad de elección responde a un proceso madurativo, la vocación no es un elemento místico. "La vocación como tal no es algo que se descubre, que comúnmente antes se pensaba así, sino que es la vocación se construye", remarca la psicóloga. Tanto es así que hoy es cada vez más frecuente escuchar a "adultos decir 'esto ya no lo quiero más para mi vida, quiero otro tipo de vida, otra estructura, otra rutina'".
Para acompañar a los chicos desde la infancia en el desarrollo de su autonomía y prepararlos para el plano de la orientación vocacional, la licenciada Cusnaider propone una serie de estrategias prácticas para implementar en el hogar:
Ofrecer opciones acotadas: en lugar de imponer o dar libertad absoluta, se recomienda brindar alternativas acordes a la edad. "Preferís hacer esto, preferís lo otro. Obviamente con la puesta de límites, pero sí dar estas opciones y quizás no tanto bajadas de línea".
Revisar las propias creencias parentales: la crianza despierta patrones e historias personales de los propios padres. El adulto debe interrogarse: ¿Qué tiene que ver con vos? Muchas veces se descubre que “esta creencia limita el encuentro y la conexión con tu hijo, porque claramente no estás validando lo que él está pudiendo pensar o sentir”.
Habilitar el error y el enojo: el aprendizaje no es lineal y los altibajos son necesarios. Por eso, hay que habilitar la posibilidad de que exista la confusión y hacer el proceso. Asimismo, aprender a tolerar las emociones displacenteras en la adolescencia es fundamental para la estructura psíquica. "En la adolescencia el chico se tiene que enojar, es una emoción que justamente me invita a la puesta de límite. Si no se enoja, ¿cómo construyo un adolescente, un adulto consciente en sí mismo?".
Poner en palabras lo que sucede: ante una situación cotidiana, interrogar al niño para fomentar su escucha interna: “¿Qué te generó? ¿Qué te hizo pensar? ¿Qué te hace sentir esto?”. Esto ayuda a validar la emoción propia y a conectar con las luces y sombras de su personalidad.
Modelar cómo decide el adulto: compartir con los hijos los procesos cotidianos y mostrarse vulnerables abre canales de diálogo eficaces frente a la distancia que imponen las pantallas (el celular o la televisión). Expresar frases como “me pasó tal cosa” u “hoy he tenido un día muy difícil” habilita el espacio para que el niño o adolescente también pueda poner en palabras sus vivencias.
“No sé si hay como un paso a paso puntual. Yo creo que cada papá, cada mamá hace lo que puede con su historia inclusive”, reflexiona la profesional de Espacio VEZ. En última instancia, la clave para acompañar a las nuevas generaciones radica en la revisión del propio camino. “Traigo una frase que yo siempre digo y es que no somos lo que hace nuestra historia, sino justamente lo que hacemos con esa historia. Eso es lo que nos define”, concluye Cusnaider.