Guerra de Malvinas: "Me ordenaron que abandone a mis compañeros, desobedecí y se salvaron 100 personas"
El relato un héroe de Malvinas que desobedeció órdenes para salvar a sus compañeros y carga aún con las cicatrices de aquella noche en la Montaña Dos Hermanas.
Malvinas: "Me ordenaron que abandone a mis compañeros y me salvara; yo desobedecí y se salvaron 100 personas"
Las horas que transcurrieron entre la noche del 11 de junio y la madrugada del 12 de junio de 1982 fueron eternas para Juan Antonio Barroso, sanrafaelino, cabo del Regimiento de Infantería 6 (con asiento en Mercedes, Buenos Aires) y protagonista de uno de los momentos más duros de la Guerra de Malvinas: la Batalla de la Montaña Dos Hermanas (norte), un combate decisivo contra las tropas británicas.
A casi 44 años de aquellos días, Barroso -hoy con 66 años- vuelve a repasar cada instante de la que él define como “la noche más brava”.
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“Yo era un cabo, tenía 21 años. Había un subteniente que no era de mi regimiento y me dijo: ‘Vámonos’. Yo le respondí que no me iba a ir a ningún lado. ‘Vámonos, acá nos van a matar’, me dijo. Y le dije: ‘Si vos querés irte, andate. Yo vine a pelear y voy a pelear. No me voy a ir así nomás’”, rememora Barroso, con la voz firme, aunque cargada de memoria.
Mientras esperaba la orden para tirar con el mortero -aquella arma que se apoya en el suelo, se orienta manualmente y dispara proyectiles curvos-, la tensión crecía. El subteniente insistía en retirarse, pero Barroso no acataba esa orden de quien no era su jefe directo (jefe de sección Mortero 81 mm) . El detalle es que, cuando la orden desde su jefe directo llegó, tampoco fue la que el sanrafaelino esperaba. Porque también le ordenó abandonar la posición.
“Me paso su orden por...”: la desobediencia que le salvó la vida a más de cien compañeros
En el clima ensordecedor, con las ráfagas británicas cruzando la montaña y los gritos de los soldados argentinos, su jefe de sección se acercó y le repitió la orden de abandonar el puesto.
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“Me dijo: ‘¿Vamos?’. Y yo le contesté: ‘¿A dónde vamos, a tirar?’. Mi superior me dijo: ‘No, a la compañía. Usted sálvese, los demás se van a salvar’. Ahí me saqué y le dije textualmente: 'Me paso su orden por las pelotas'”, afirma Barroso.
Esa discusión, en medio del combate, incluyó incluso un gesto por demás simbólico.
“Le di una cachetada en las medallas que tenía colgadas”, recuerda. Y agrega: “Le dije que era un traidor”.
Cuando finalmente otro jefe autorizó a Barroso a abrir fuego, él y cuatro soldados más comenzaron a disparar sin pausa desde las piedras de la Montaña Dos Hermanas (norte)..
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“No te puedo explicar los chicotazos en los brazos cada vez que disparaba el mortero. Me ordenaron que abandone a mis compañeros y me salvara, pero desobedecí y gracias a eso pudieron replegarse más de 100 compañeros de la montaña”, cuenta, y agrega: “Todavía recuerdo cómo las balas pegaban arriba de las piedras y caían al lado nuestro”.
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En un momento, hubo un impasse en el ataque enemigo. Uno de sus compañeros se subió a una piedra para ver el movimiento británico y le rogó que dejara de tirar.
Pero Barroso tenía una idea fija: resistir hasta que todos los demás lograran escapar.
“Me pedía que no tirara más, que me iban a matar. Yo les decía que no dejáramos de tirar, así podían terminar de escapar los demás. ‘¿Y a ustedes qué les importa si me matan?’, les respondía", recuerda el sanrafaelino.
El reconocimiento que tardó décadas
Este lunes por la tarde, durante el acto “Malvinas, epopeya nacional: homenaje a los héroes de la gesta”, organizado por el Senado de la Nación, Barroso recibió un Diploma de Honor. Un reconocimiento que, admite, llegó mucho después de lo que esperaba.
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“He esperado este momento durante muchos años”, confiesa. “A veces pensé por qué no me quedé esa noche en la Montaña Dos Hermanas (norte). Porque durante tantos años hubo tantas injusticias y se nos trató de ocultar. Lo que hicimos esa noche fue tremendo. Nos dejaron solos”, piensa en voz alta.
Y, con serenidad y tristeza, agrega: “Yo me quedé ahí por culpa mía, desobedeciendo órdenes. Pero quería ayudar a los demás. Para eso fui a pelear yo allá”.
Los días previos: la guerra antes de la guerra
En abril de 1982, Barroso era integrante del Regimiento de Infantería 6. Había completado el servicio militar en Tupungato y continuó la carrera entre 1978 y 1980.
Barroso y su regimiento llegaron a las islas del Atlántico Sur el 13 de abril de 1982. Tras unos días en unos búnkeres de la bahía, se dirigieron a Puerto Argentino -donde permanecieron cerca de 4 días-, y de allí fueron movilizados a un cuartel cerca del arroyo Moody Brook.
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Todavía no había frentes de batalla abiertos -la guerra propiamente dicha comenzó el 1 de mayo de 1982-, pero en una de las expediciones, la agrupación que integraba Barroso encontró unas carpas que correspondían a las tropas británicas.
El comienzo de la guerra era inminente, por lo que Barroso y los integrantes del Regimiento de Infantería 6 fueron movilizados a la zona de los montes Dos Hermanas y Longdon. Hasta que, un día, comenzó la guerra,
“Todas las noches era lo mismo. A las nueve y media empezaba el 'baile de la artillería'”, dice. En los pozos de zorro del llano lidiaban con barro, agua, humedad y frío. En la montaña, buscaban huecos naturales para protegerse.
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La noche del 11 al 12 de junio se volvió un punto de quiebre. “Sentíamos el olor a pólvora insoportable, te hacía picar la nariz. Yo quería que me autorizaran a tirar, porque sabíamos que al amanecer ya no íbamos a estar ahí”, recuerda. “Esa fue la noche más brava”.
Cese el fuego, amistad inesperada y regreso silencioso
Tras el cese el fuego del 14 de junio, Barroso fue tomado prisionero por una sección británica. Allí comenzó otra historia inesperada: la del vínculo con el soldado inglés que debía capturarlo.
“Tenemos contacto hasta hoy. Hacemos videollamadas”, cuenta.
El 20 de junio llegó al continente. Pero lo que lo marcó fue la decisión militar de ocultar a los combatientes.
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“Lo peor que hicieron fue ocultarnos. Si la gente nos hubiese visto llenos de turba, hollín y grasa, hubiesen tenido otra conciencia de la guerra”, reflexiona. “Nos subieron a colectivos, nos cerraron las cortinas y no nos dejaron abrirlas para que la gente que estaba afuera de los cuarteles no nos viera. Era como si volviéramos de haber ido a pescar unos días”, resume.
A partir de entonces, su salud comenzó a pasar factura. Un dolor de cabeza persistente lo llevó al Hospital Militar y, en 1983, a un diagnóstico psiquiátrico que culminó con su retiro.
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“En 1984 me pasaron a retiro. Siempre digo que me retiraron por no haber obedecido órdenes y por no haber dejado morir a mis compañeros”, sentencia-
Una vida de trabajo duro y las verdaderas medallas
De regreso en San Rafael, Barroso -quien, casualmente (o no) vive en el distrito Islas Malvinas- nunca pudo encontrar un empleo estable.
Trabajó “un poco de todo”: changas rurales, pesqueras en Puerto Madryn, pintura de autos. “No he hecho peluquería porque no sé usar las manos, lo demás sí”, ironiza.
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Con la pensión nacional, su situación mejoró. Hoy disfruta de sus 12 nietos, pero la emoción lo quiebra cuando recuerda a su hija mayor, que tenía seis meses cuando fue enviado a la guerra.
“Una señora me preguntó si yo no pensé en mi hija cuando me fui a Malvinas. Le dije: ‘Si hubiese pensado en mi hija, no hubiese hecho lo que hice. No pensé en nadie más que en mis compañeros’”, dice, antes de quedar en silencio por un llanto que lo ahoga.
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Para Barroso, las medallas condecorativas que suelen llevarse colgadas en un saco no son más que chapa que se oxida.
"Los soldados que me ven como un hermano, que vienen a visitarme a casa y nos abrazamos sin conocernos; esas son las medallas que me llevo, del lado de adentro del pecho. Ese cariño, ese abrazo, cosas que voy a llevar hasta el día en que me vaya", cierra.