El mundo digital atraviesa cada vez más las vidas, los tiempos personales y las experiencias. Y no le pasa solo a los adultos sino también a los chicos, lo cual puede resultar verdaderamente agotador aunque no se perciba.
Una experta analiza el impacto del abuso de pantallas, los beneficios de un “reseto digital” y estrategias para lograrlo.
El mundo digital atraviesa cada vez más las vidas, los tiempos personales y las experiencias. Y no le pasa solo a los adultos sino también a los chicos, lo cual puede resultar verdaderamente agotador aunque no se perciba.
Iniciaron las vacaciones de invierno y las pantallas seguirán presentes en el día a día y es por eso que una especialista plantea que es una oportunidad para un detox digital.
Mariana Savid Saravia, psicopedagoga, experta en Ciudadanía Digital, Neuroeducación y Mediación y Convivencia escolar propone un “reseteo digital”, reconectar con “la vida misma” y con los vínculos.
La experta no cuestiona el uso de la tecnología, lo cual considera que sería una utopía en la actualidad, pero como suele hacer, apunta al equilibrio y el uso adecuado. En el mismo sentido propuso una diversidad de alternativas para hacer en vacaciones.
Según un informe de la Unidad de Evaluación Integral de la Calidad y Equidad Educativa de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 44% de los padres encuestados afirma que su hijo/a utiliza dispositivos electrónicos entre 2 y 5 horas por día. Incluso, 23,4% sostiene que lo utiliza más de 5 horas por día. Estos porcentajes son aún más altos en el caso del Nivel Secundario.
Otro ejemplo del impacto, surge de un abordaje de estudiantes de los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) en el cual 45% dijo sentirse ansioso si no tiene cerca sus teléfonos.
La Sociedad Argentina de Pediatría ha advertido que el uso excesivo de pantallas, en períodos de más de 2 horas de exposición a medios electrónicos, puede afectar el cerebro de los niños/as pequeños debido a su inmadurez y desencadenar repercusiones en el desarrollo de habilidades cognitivas, motoras, del lenguaje, socioemocionales, que repercuten fuertemente en el aprendizaje.
La entidad advierte también que, además, esto impacta en la memoria y la atención, lo que genera problemas en el comportamiento, el rendimiento escolar y la salud en general.
Savid señaló que en la actualidad se presenta una paradoja: tener más acceso a la información que nunca, pero menos profundidad en nuestras experiencias cotidianas. Planteó que las vacaciones de invierno son un paréntesis en el calendario que tradicionalmente se asocia con el descanso y la renovación. “Sin embargo, en nuestra era de hiperconexión, corremos el riesgo de que estos días se diluyan en la misma rutina digital de siempre: el desplazamiento infinito del sofá a la pantalla y de la pantalla al sofá”, describió una situación que podría ser usual en muchos hogares con chicos.
En un mundo de redes sociales, de avalancha de información e hiperconexión, el torbellino de notificaciones y datos fugaces termina por sobreexcitar la psiquis, dejando a las personas agotadas en lugar de renovadas.
“La auténtica revolución cultural que necesitamos reside en el equilibrio. Se trata de aprender a habitar ambos mundos, el digital y el analógico, sin permitir que el primero devore la riqueza del segundo, especialmente en la crianza y la educación”, señala.
Para ellas esta es una oportunidad perfecta para vivir una experiencia de reseteo digital. “No se trata de un simple “apagar el teléfono”, sino de un acto consciente, deliberado y valiente de resetear nuestros hábitos. Es el momento de reclamar nuestro derecho a una experiencia corpórea, palpable y profundamente humana, donde lo lento y lo tangible se conviertan en un acto de resistencia y amor propio”, describe la propuesta.
Pero como advierten los especialistas en este sentido, las conductas de los padres enseñan más que los discursos. No enseñan limitar a los chicos si los adultos no participan de una conversación por estar con el celular todo el tiempo en la mesa.
Por eso, el detox debe ser una apuesta de todo el grupo familiar, lo cual al mismo tiempo favorecerá los momentos de calidad compartidos.
“Si queremos que ellos gestionen su tiempo de pantalla de manera saludable, debemos ser los primeros en modelar ese comportamiento, demostrando que sabemos cuándo y por qué estar offline”, remarca la psicopedagoga.
El bienestar digital no significa demonizar la tecnología, sino ejercer un consumo consciente y crítico. Por eso sostiene que implica preguntarnos antes de desbloquear el celular: ¿Para qué lo uso? ¿Me aporta o me drena?. “Esta pausa reflexiva es la semilla de la autonomía digital que queremos cultivar en las nuevas generaciones”, apunta. Y en este sentido dijo que el compromiso con esta postura implica también poner límites sobre cuándo y cómo usar el celular en el hogar
“Al hacerlo, normalizamos la desconexión y demostramos que la vida offline es infinitamente más rica que la digital; desconectarse para reconectar es el viaje más urgente que podemos emprender estas vacaciones”, asegura Savid.
En ese mismo marco, y con escasez de tiempo, entre otros factores, los vínculos se han transformado. Quizás los encuentros son menos frecuentes, están mediados por pantallas y se les otorga el mismo valor que el encuentro cara a cara o están atravesados por su intervención aún en la convivencia.
“Mirar a los ojos de nuestros seres queridos sin la intermediación fría de una pantalla activa circuitos neuronales de empatía y apego seguro que el scrolling infinito simplemente no puede estimular”, advierte Savid.
“Desde la neuroeducación, sabemos que el cerebro social se nutre de la presencia auténtica. Cuando dejamos el celular a un lado durante una conversación o una comida, estamos enviando un mensaje poderoso a nuestros hijos y alumnos: "estás aquí, eres importante y mereces toda mi atención".
Por eso, propuso que durante esas vacaciones el primer acuerdo familiar sea crear "zonas libres de pantallas", espacios donde la mirada se encuentre y el vínculo se fortalezca a través de la escucha activa y la complicidad.
La psicopedagoga también pone especial valor en las cosas hechas con las manos y sus beneficios. “Lo que se hace con las manos, se ve con calma y se siente en el cuerpo, adquiere un peso existencial distinto”, subraya al mencionar actividades como escribir o cocinar. Explica que ese tipo de actividades son herramientas cognitivas que anclan la mente en el presente, reduciendo la ansiedad y fomentando la gratificación no instantánea.
“Permitamos que los niños se ensucien las manos con tierra o pintura, y que los adultos redescubran la satisfacción de crear algo tangible. En esa lentitud deliberada, la vida se vive con una intensidad que ningún dispositivo puede emular”, resalta la especialista.
En ese mismo contexto, volver a lo natural y a la naturaleza es una estrategia indispensable para contraponer a la vorágine digital. Al respecto explica que el sistema nervioso no evolucionó para procesar el bombardeo constante de estímulos artificiales, sino para sincronizarse con los ritmos de la naturaleza. Es por eso que propone actividades al aire libre, o simplemente permanecer, como un gran as en la manga para el detox lograr una mejor regulación.
“El contacto con entornos naturales actúa como un potente modulador del estrés, bajando los niveles de cortisol y favoreciendo la claridad mental. Es un antídoto directo contra la sobreestimulación que caracteriza nuestra vida urbana y digital cotidiana”, subraya la experta.
Y en este plano señala que no se necesita un viaje exótico sino que basta con una caminata sin auriculares, donde el único objetivo sea sentir el aire en el rostro y observar los detalles del entorno que normalmente pasamos por alto, apresurados por llegar a ninguna parte.
La psicopedagoga ofreció una enumeración de actividades alternativas a las pantallas para poder compartir en familia: entre ellas mencionó los juegos de mesa o favorecer espacios de lectura, adaptados a la edad.
Turismo cultural familiar: visitar espacios de lectura, donde tanto niños como padres se reencuentren con el asombro.
Picnic de invierno: una oportunidad para los días de sol y conectar con la naturaleza.
Observación del cielo: salir al patio o balcón de noche, y usar apps de astronomía (solo por un rato) para identificar constelaciones, apagando luego el dispositivo para mirar a simple vista.
Cocina colaborativa: amasar pan o hacer galletas requiere medir, esperar, tocar y oler. Es una clase de matemáticas y química sensorial a cuatro manos.
Construcción con materiales reutilizados: cajas de cartón, tubos, botellas.