A 45 años del golpe de Estado, así vivió Mendoza el inicio de un horror que parecía “inevitable”

EL GOBERNADOR DE MENDOZA JORGE SIXTO FERNANDEZ JUNTO AL PRESIDENTE DE FACTO JORGE RAFAEL VIDELA, AÑO 1977-1978.
EL GOBERNADOR DE MENDOZA JORGE SIXTO FERNANDEZ JUNTO AL PRESIDENTE DE FACTO JORGE RAFAEL VIDELA, AÑO 1977-1978.

Un miércoles como hoy, pero de 1976, se consumó el último ataque militar al poder institucional. El ataque fue visto como consecuencia natural del caos reinante, y en la provincia tuvo un prólogo sangriento cuatro días antes.

El influjo de una oscura fatalidad proyecta aún su sombra por encima del 24 de marzo de 1976. Para la historia argentina es un capítulo que, aún hoy, aparece como un sol negro, capaz de proyectar más oscuridad que brillo.

El golpe militar, aquel que “suspendió el orden institucional” (según la fórmula utilizada por los medios en aquel entonces), tenía el signo de lo inevitable, de lo que todos “sabían” que iba a suceder. Hacía meses que la cúpula militar lo venía preparando y cuando, ese día, el Comunicado N°1 se difundió por radios y canales de televisión, a muchos les pareció una consecuencia natural de los hechos sangrientos y del clima de inestabilidad política y social que azotaban al país desde, al menos, el comienzo de la década.

Lo “inevitable”

Aquel miércoles de hace 45 años, los diarios locales adelantaban que la caída del gobierno de María Estela Martínez de Perón se daría en cuestión de horas. De hecho, la tapa de Los Andes estaba encabezada por un título (seguramente redactado por Antonio Di Benedetto) que lo decía todo: “Parece ya inevitable el pronunciamiento militar”.

No cargaba menos fatalidad el titular del día anterior: “Se creyó inminente la ruptura del orden institucional”. En cualquier caso, cuando el periódico del miércoles 24 de marzo de 1976 llegó a los lectores, el golpe estaba oficializado, y se cumplía lo que el primero de los textos de esa portada adelantaba: “El estallido de un movimiento castrense destinado a quebrar el controvertido proceso institucional argentino mediante el derrocamiento del gobierno, parecía esta noche inevitable y de una inminencia tal que informados observadores coincidían en vaticinar que los acontecimientos se desencadenarían en la madrugada”.

Pero en Mendoza, inserta en el caos institucional y en la ola de violencia que azotaba a todo el país, el golpe había comenzado antes. El contexto abonaba ese lamentable anticipo. El ambiente era de incertidumbre y particularmente anómalo en nuestra provincia, pues su gobierno se hallaba intervenido y a cargo de Pedro León Lucero.

Es decir, por esos días, nada estaba en su lugar. Atentados con bombas, represión, aparición de grupos paramilitares -los nefastos Comando Anticomunista de Mendoza y el Comando Moralizador Pío XII- y, sobre todo, mucho miedo, conformaban el anticipo de lo que se venía.

El preludio al golpe

Aunque el preludio más inequívoco de la barbarie llegaría, puntualmente, en la madrugada del 20 de marzo, con dos asesinatos que aún conmocionan. Por un lado, la pareja compuesta por el militante estudiantil Juan Carlos Carrizo y por Susana Bermejillo, estudiante de Letras a punto de recibirse y militante comunista, celebraba su primer año de matrimonio cuando un grupo de jóvenes ingresó a su vivienda de Godoy Cruz para secuestrarlos. Carrizo creyó que venían sólo por él y escapó por los techos, pero Susana fue raptada.

Casi al mismo tiempo, en la Sexta Sección de Ciudad, lo propio sucedía con Jorge Susso, estudiante de la UTN y miembro del Partido Comunista.

Los cuerpos de ambos aparecieron acribillados y mutilados, horas más tarde, en la calle Pescadores. “Escuché tantos tiros que creí que se venía el techo abajo”, contó una vecina a Los Andes.

Barbarie a la vuelta de la esquina

Cuando el acto final se consumó, es decir, cuando el 24 de marzo se cumplió lo que ya todos los medios anticipaban, puede que nadie se sintiera sorprendido. Y, sin embargo, es difícil que alguien pudiera prever la magnitud del horror desatado después.

Porque el aparente orden que trajo el llamado Proceso de Reorganización Nacional encabezado por Jorge Rafael Videla, era una escenografía de orden detrás de la cual se sucedían crímenes horrendos, que superaban en cantidad y perversión a los que decían querer combatir. En Mendoza, sin embargo, la fachada era tan espesa y bien montada, que no fue hasta mucho después que muchos supieron de ese horror.

El día del golpe había asumido como gobernador militar Támer Yapur, aunque pronto fue reemplazado por Jorge Sixto Fernández, quien mantendría el cargo hasta 1980. Bajo su mando, mientras se sucedía la censura cultural e informativa, crecía la deuda externa, se estimulaba la especulación financiera y la moneda nacional se devaluaba, también corría sangre y horror en todo el país, merced a los centros de detención clandestina.

En nuestra provincia, el gobierno que decía combatir “la subversión” eligió la estrategia de ocultarse a la vista de todos. Así, funcionaron como centros de detención espacios como el Liceo Militar General Espejo, la Penitenciaría de Mendoza, la VIII Brigada de Infantería de Montaña, las comisarías de toda la provincia (entre ellas, y con especial actividad, la Seccional N°7 de Godoy Cruz), el Campo los Andes y, sobre todo, el Departamento Dos del Palacio Policial, en pleno centro capitalino.

Este último, ubicado en Belgrano y Peltier de Ciudad, es acaso lo más parecido a un infierno terrenal que ha habido en la provincia. Allí se recluía, golpeaba, torturaba, violaba y asesinaba a los detenidos, tal como se pudo saber gracias a los testimonios vertidos en los diversos megajuicios por delitos de lesa humanidad celebrados en Mendoza. Un infierno a la vuelta de la esquina, cuya actividad fue intensa en los primeros años y que amainó a partir de la siguiente década, sin por ello dejar secuelas en la vida social y familiar de los mendocinos. Aunque muchos vivieran, aún, sin saber lo que pasaba, o creyendo que todo había acabado con la jornada inevitable y fatal aquella de la que hoy se cumplen 45 años.

Un destino y una lección

En el documental “A la sombra del Aconcagua”, de Rodrigo Sepúlveda, la recordada referente mendocina Elba Morales (Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos) supo expresar la concreción del golpe de 1976 mejor que nadie: “La noche del día 23 ya no había programas en la radio, sólo ponían música clásica. Hasta que llegó el momento del Comunicado N°1 y la certeza de que el golpe ya se había instalado. Y no hubo desde ningún sector el ánimo de resistir el golpe: ni de sindicatos, ni de partidos políticos, y menos de organizaciones ilegales. Ni fue resistido ni hubo ánimo en la población de resistirlo. Era vivido como una fatalidad del destino argentino”.

La fatalidad fue larga y extendida. La del golpe duró siete años, hasta que en 1983 la Guerra de Malvinas, el fracaso evidente y el peso de las muertes escondidas bajo el término de “desaparecidos” llevó a los militares a devolver el poder y llamar a elecciones.

Pero hay una lección histórica que aún la Argentina intenta digerir después de todos los hechos que derivaron en esa etapa de siete años de Proceso. Quizá la lección principal pueda resumirse en el lema “Nunca más”, que la Comisión Nacional de Desaparecidos eligió para titular su informe. Pero hay otra lección, anterior a esa: “No olvidar”. Porque en cuanto ese olvido, el que desprecia la Historia, se instala, todo parece inevitable, necesario e ineludible. Y es por esa rendija por la que puede ingresar el horror.

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