“Un traje de raso azul”, la columna de Cristina Bajo

María Mexía repartió sus bienes entre familiares y servidores, dejando un legado especial para su nieta Leonor.

“Un traje de raso azul”, la columna de Cristina Bajo
Cristina Bajo, escritora y columnista de revista "Rumbos".

Entre las mujeres que llegaron con don Jerónimo Luis de Cabrera a Córdoba, no podemos olvidar a la india María Mexía, del pueblo de los juríes.

El Mexía le venía de haber estado unida a Hernán Mexía Miraval, quien había entrado a Santiago del Estero con Nuñez de Prado. Los juríes, por entonces, conciliaban con los españoles para defenderse de los lules, que desde el Chaco los invadían para robar sus cosechas y raptar a sus mujeres.

Las juríes, según el cronista Díaz de Vivar, eran “de muy buen parecer y de muy lindos ojos [...], vestidas solo con unas pampanillas que les cubren de la cintura para abajo.”

Hernán Mexía de Miraval, un muchacho por entonces, quedó prendado de María, jovencita de rostro fino, piel canela y ojos negros que sería, por más de diez años, su compañera.

A la valentía de este hombre, había que sumarle cualidades raras en un conquistador: era conciliador, no dado a la pelea, y cuando cruzó a Chile para buscar un sacerdote, regresó con semillas que luego serían una de las riquezas de Córdoba. También trató con comechingones y sanavirones, anotando costumbres, armas y ropas.

María y Mexía Miraval tuvieron varios hijos, pero en 1565 la vida de ambos cambió con la llegada a Santiago del Estero del capitán Gaspar de Medina, quien escoltaba a unas jóvenes españolas –huérfanas de guerra rescatadas de los araucanos– con la intención de casarlas. Entre ellas, una llamó la atención de don Hernán: era muy joven y se llamaba Isabel de Salazar.

¿Se enamoró el capitán de ella? ¿Pensó, como decían, que Isabel educaría a sus hijas como españolas para casarlas de acuerdo a su linaje?

Poco se sabe, pero la ruptura fue rápida, y con su esposa legítima y sus hijas partió a Charcas. Con el tiempo, María se casaría con “el indio Andrés”, de quien no tuvo hijos –a pesar de que ella era joven–; es posible que fuese un matrimonio “de papel”, ya que no era bien visto que una mujer viviera separada.

A Córdoba llegó con su hija Leonor, casada con Tristán de Tejeda; su hija Ana, casada con Alonso de la Cámara; y con la menor, Juana, conformando las familias más relevantes de la ciudad.

María vivió en casa de los Tejeda, rodeada de cariño y respeto: Don Tristán solía consultarla en temas de negocios y de política. Se sabe que tenía servidores indios, ropas de calidad, monedas de oro –que dejó a su nieto Juan, el padre de Luis de Tejeda– un buen capital, una majada de ovejas, tres bueyes, una yegua galana y un potro, no mulas.

Vivió largamente; pudo ver a su nieta Leonor de Tejeda bien casada y muy amada, con una hermosa propiedad, con oratorio, imágenes y tallas doradas, ya que era una de las mujeres más ricas de Córdoba. María simpatizaba con su marido, el general Manuel de Fonseca Contreras, a quien había nombrado testigo de su testamento junto con sus yernos, Tejeda y de la Cámara.

Nunca se quejó de su destino; a pesar de todo, a la muerte de don Hernán mandó decir misas por él hasta el fin de sus días. Le gustaba la ropa a la española y dejó un buen ajuar, además de un traje de raso azul con pasamanería de seda plateada y otro negro, que guardaba bajo llave. Repartió sus bienes entre la familia y sus servidores, pero dejó un legado especial –no se sabe qué era– para su nieta Leonor. Abandonó este mundo como una dama de entonces: con mandas para la iglesia y vistiendo el hábito de San Francisco.

Sugerencias: 1) Leer Laberintos y Escorpiones, de Prudencio Bustos Argañaraz; 2) Córdoba la Llana, de Carlos Andrés –historia– con detalles de las mujeres de la fundación.

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