“Si estamos tristes, que no se note”: por qué es saludable no negar el dolor

La sociedad actual nos demanda sonrisas y productividad a toda costa. ¿Pero está mal si sentimos malestar, angustia y ansiedad? ¿Cuál es la frontera de lo patológico?

“Si estamos tristes, que no se note”: por qué es saludable no negar el dolor
El estilo de vida actual proclama que el éxito pasa por el dinero y la enunciación de un bienestar permanente. ¿Pero qué ocurre si no podemos sostener esa careta? / Ilustración: Hugo Horita

Cada día es más notorio que vivimos en sociedades que no admiten (o se permiten) síntoma alguno, casi como si fuera mala palabra atravesar un período de duelo o de malestar. De allí que, a menudo, visiten el consultorio psicológico personas que argumentan estar un poco angustiadas, ansiosas o algo tristes: y, desde luego, el pedido inmediato es que los terapeutas borremos de un plumazo ese síntoma, cuanto antes, por medio de una terapia brevísima y casi por arte de magia.

¿Pero son en verdad problemáticos esos estados anímicos que el paciente quiere sacarse de encima? ¿Son auténticos síntomas de una patología mental? La respuesta es no. ¿Por qué? Porque es esperable que esté ansioso quien aguarda que se concrete su ascenso laboral, como así también es natural que esté triste la persona que discutió con familiares, o angustiada la que sufrió la pérdida de un ser querido... Estas reacciones anímicas solo dan cuenta de la condición humana. Lo patológico, en tal caso, sería que no expresaran emociones acordes a lo que les ha pasado.

“A menudo, estas personas llegan al consultorio angustiadas o tristes, clamando al terapeuta que borre de un plumazos esos síntomas, como si se trata de magia, no de terapia.”

A veces, este gran deseo de despojarse de las emociones molestas, los lleva incluso a automedicarse con psicofármacos. Por otra parte, es común que estas personas sobrevuelen las relaciones, ante el temor de involucrarse profundamente y atravesar las crisis lógicas de todo vínculo. ¿Qué buscan? ¿Convertirse en autómatas incapaces de sentir? Se me ocurre que, tal vez, el auténtico síntoma sea pretender deambular por la vida con una perpetua sonrisa en la cara, sin sufrir jamás. ¿Acaso eso es natural, es lo que “está bien”?

Asistimos a una época veloz, en la que los problemas se multiplican, el afuera presiona y ya no hay brecha para mirarnos al espejo y reconocernos. La idea de abrazar el ocio está muy mal vista. ¿Cómo vamos a atrevernos a pasear por un parque, leer un libro en un bar o tomarnos treinta minutos para meditar? Nada de eso.

“Es humano sentir malestar después de discutir con alguien querido o estar ansiosa mientras esperás una promoción laboral. Lo patológico es no expresar ninguna emoción acorde a lo que nos pasa.”

La sociedad presiona para que seamos exitosos, productivos, siempre sonrientes, quitándonos tiempo y perspectiva para interrogarnos a nosotros mismos. El estilo de vida actual proclama que el éxito pasa por el dinero y la enunciación de un bienestar permanente. ¿Pero es así para todos por igual? Una pregunta intere-sante, para nada zonza, podría ser: ¿Qué es ser exitoso o exitosa para mí? Es decir, no para nuestro entorno, sino para nosotros mismos.

Tal vez por tanta exigencia, es que muchos no se atreven a admitirse tiempos de duelo, de enojo o ansiedad. Pero taparlo todo, sepámoslo, no es otra cosa que huir de uno mismo.

Aunque pueda sonar desagradable, padecer también es parte de la vida. Por eso, en un proceso psicoterapéutico con estos pacientes, el objetivo es propiciar un análisis que los invite a la reflexión y a aceptar la vida también con sus altibajos. Realmente vale la pena comprender que los procesos internos llevan su tiempo, que a los mandatos viene bien cuestionarlos y que los días son más felices cuando seguimos nuestros deseos, no los impuestos por nuestra sociedad.

* Psicólogo y autor del libro Los laberintos de la mente (Editorial Vergara). www.espaciodereflexion.com.ar Contenido exclusivo para Rumbos.

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