¿Qué le pasa? Claves para afrontar el silencio o el desinterés de nuestros hijos e hijas

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Angustia, silencio, desinterés. Claves para ayudar a los más chicos frente al malestar.

Los terapeutas solemos recibir en nuestro consultorio a padres que llevan a sus niños afectados por un profundo malestar: insomnio, depresiones, atención dispersa, violencia, desinterés y pérdida de respeto hacia las figuras de autoridad.

La generalización de estos síntomas nos obliga a analizar bien qué les está pasando a nuestros chicos.

Sabemos que hay una estrecha relación entre los cambios sociales y los sufrimientos subjetivos. ¿Qué civilización tenemos? ¿Cuáles son los valores que mandan?

Vivimos una época de transformaciones en la que las instituciones fuertes han sido tocadas: la familia, la escuela, el Estado..., un proceso que no es nuevo y aún no encontró su punto de detención.

La reconfiguración familiar genera cambios a todo nivel. El padre ya no es más “el modelo” a seguir: sin esa posición idealizada, aparecen nuevos modos de ejercer la función paterna; y cuando esta función falta, hay que captar cuáles son los sustitutos que se buscan para suplir esa ausencia.

Vemos entonces cómo toda la estructura, conmovida, vacila. Los modos de reaccionar son diferentes y los recursos para encontrar salidas varían en cada caso.

La escuela, cuando reconoce estos cambios, busca nuevas maneras de alojar a sus alumnos. Pero si eso no sucede, lo que aparece es la impotencia y su contracara: la prepotencia. Padres, maestros y gobernantes se encuentran en la misma encrucijada y a veces con la misma angustia.

Quizá la proliferación de las normas sea un modo, a ciegas, de recuperar “la normalidad” perdida. Ahora bien: si los cimientos que sostenían nuestro edificio familiar, educativo y social cedieron, lo que aparece es el temor al derrumbe, la angustia y el pánico ante el vacío. Si se angustia el niño, está el adulto para protegerlo; pero si se angustia el adulto, ¿quién protege al niño?

Los síntomas son una reacción, una salida espontánea ante la angustia. El insomnio muchas veces es la manifestación del temor y del estado de alerta. Una voz que le dice al niño, en su fantasía, que si se duerme no hay quien vele por sus sueños.

El déficit atencional suele ser la manifestación de la inquietud y la huida sin rumbo, un accionar compulsivo que evidencia una estampida en la seguridad subjetiva.

Cuando la huida es hacia adentro, nos encontramos con el silencio, el mutismo, el encierro de muchos niños presas del miedo.

Nos corresponde pensar con serenidad y sin temores cómo devolver a estos chicos una seguridad perdida, sin acallarlos

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