“El punto final”, la columna de Cristina Bajo

El oficio de escribir tiene sus mañas... Mejor corregir con calma, que después los errores son difíciles de subsanar.

“El punto final”, la columna de Cristina Bajo
La escritora Cristina Bajo es columnista de Revista Rumbos.

Esta nota va dirigida a quienes me escriben pidiéndome consejos sobre el oficio de escribir. Hoy hablaré de cómo cerrar una novela. Quizás ustedes lo ignoren, pero aún les queda mucho por hacer.

Un escritor de best-sellers –Irving Wallace– escribió una guía sobre este trabajo final: los dos primeros archivos que Wallace aconseja llevar es, uno, sobre la investigación general de la obra –si esta necesita de ello– y, dos, sobre el argumento y los cambios que pueden producirse en él.

El segundo cuadro es el archivo que consigna el argumento. Aquí anotará los personajes, esbozos de escenas y cambios en la trama. El resto se irá desarrollando a medida que nos vayamos adelantando en el esquema general.

Una vez terminada la novela, debemos dejarla descansar unos días y luego, con la mente desapegada de la obra, dar una leída general a lo escrito.

En esa lectura vamos a detectar errores u omisiones, tanto en la ortografía como en la gramática, pero también en la secuencia de las escenas, la continuidad del relato y algunos olvidos de esa especie de cribado fino que, de a poco, veníamos corrigiendo con cada lectura.

Después de esto, que parece aburrido pero no lo es, y que además, es muy necesario, viene la última corrección. Si hablo por mí, puedo decirles que, con un poco suerte, podrán corregirlo solo una vez. Wallace reconoce haberlo hecho hasta tres veces. Por mi parte, la paso a cuatro personas de confianza, que me dirán su opinión y no lo que quiero oír.

Una vez que nos hagan la devolución, daremos otra leída para armonizar las correcciones que seguramente nos marcaron: cambios verbales, sinónimos y antónimos, afinar los diálogos para que suenen naturales.

En esta última lectura quizá notemos que hay escenas reiterativas o demasiado extensas, o frases que, al ser pronunciadas en voz alta, resultan “chirriantes”.

Cada capítulo o tramo debe llevar la extensión justa: no es bueno alargarlo sin motivo, aunque podemos tomarnos algunas licencias en escenas especiales, ya dramáticas, trágicas o románticas y, a veces, descriptivas.

Una vez cumplido el trabajo –suele ser lerdo por la amplitud de cosas que abarca– viene la última corrección: el borrador final.

Esto suele ser más ágil y grato, porque vamos tomando conciencia de que hemos terminado el libro. Si confiamos en algunas personas especiales, es el momento de hacer los últimos cambios, agregar o quitar algo que ellas puedan sugerirnos. Recién entonces el borrador estará listo para enviarlo a una editorial.

Pero aún nos falta otra etapa: las correcciones de la editorial que lo acepte: la primera de ella suele llamarse “de galeradas”, donde nos enviarán el libro con algunas correcciones, a pesar de todas las que nosotros hayamos hecho antes. Hay que prestar mucha atención, pues aunque no es común, de vez en cuando ellos también cometen errores.

La editorial puede darnos algunas indicaciones. Cuando me parecen razonables y estoy segura de que el libro a) mejora con ello o b) puedo darles el gusto sin que se menoscabe mi trabajo, las acepto. Pero si tengo dudas, mi respuesta es no.

Si el libro es aprobado tal cual está, recién entonces podemos firmar el contrato, pero después de leerlo exhaustivamente y consultar con otros escritores si tenemos dudas. Y de ahí, a soñar.

Sugerencias: 1) Antes de entregar los originales, es fundamental averiguar la integridad de la empresa editorial que los recibirá; 2) No se dejen llevar por la ansiedad: hacia el final de este largo proceso, los errores son difíciles de subsanar; 3) No firmen los contratos antes de aconsejarse con gente que sepa del tema. •

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