Hay niños que se dan cuenta muy rápido cuando un compañero está incómodo, cuando un hermano se puso triste o cuando un adulto dice “no pasa nada”, pero en realidad sí le pasa algo. Y eso no siempre tiene que ver con una madurez precoz ni con un carácter especial.
La habilidad poco común no es portarse bien: es leer mejor a los demás
Ese matiz cambia bastante la forma de mirar el tema, porque un chico puede ser tranquilo, educado y no generar problemas, pero aun así no registrar demasiado lo que les pasa a los demás.
En cambio, la empatía cognitiva implica algo más complejo: notar señales, interpretar emociones y entender que la otra persona puede estar pensando o sintiendo algo distinto a uno.
Un estudio grande con preescolares de Shanghái encontró que una menor duración del sueño nocturno y más problemas de sueño se asociaban con más dificultades en conductas prosociales, y que una parte importante de esa relación pasaba justamente por la empatía cognitiva.
Dicho más simple, cuando el sueño se altera no solo puede cambiar el humor del día siguiente, sino que también puede resentirse esa capacidad de “leer” mejor a los demás, que después hace más fácil compartir, ayudar, esperar turno o darse cuenta de que alguien necesita algo.
Si esto pasa en casa o en el jardín, ya hay una pista concreta
Acá aparece la parte más útil, porque esta habilidad no se ve primero en un test, sino en escenas muy comunes de todos los días.
Por ejemplo, en el chico que nota que otro quedó afuera del juego, en el que baja un poco el tono cuando ve que su hermano se angustió o en el que entiende que una maestra está seria no porque “está en contra suyo”, sino porque algo pasó. Esas pequeñas lecturas sociales están muy cerca de lo que la investigación llama empatía cognitiva y teoría de la mente.
Por eso, cuando un hijo duerme bien de forma sostenida, a veces el beneficio más interesante no aparece solo en que está menos irritable, sino también en algo más raro y valioso: una mejor capacidad para interpretar los estados mentales de los demás. Y eso, en la vida real, cambia muchísimo la convivencia.
El error más común es mirar solo cuántas horas durmió
Muchos adultos hacen una cuenta rápida y sienten que con eso alcanza: “durmió nueve horas, listo”. Pero los estudios vienen marcando otra cosa, porque no importa solo la cantidad, sino también la calidad del sueño y la presencia de alteraciones, despertares o resistencias al dormir.
En el estudio de 2025 sobre preescolares, tanto la menor duración del sueño nocturno como los problemas generales de sueño se vincularon con más problemas prosociales, y la empatía cognitiva explicó entre un 21% y un 32,97% de esa asociación.
Eso ayuda a entender por qué, a veces, un chico “cumple” con las horas y, sin embargo, está más reactivo, menos sensible a lo que pasa alrededor o más torpe socialmente. Dormir bastante, al final, no siempre significa dormir bien.
También hay otra capa: entender lo que el otro piensa
Además de la empatía, existe otra habilidad muy cercana que la psicología llama teoría de la mente, que es la capacidad de inferir lo que otra persona sabe, cree, quiere o siente.
Una revisión sobre sueño y teoría de la mente en chicos en edad escolar planteó que el sueño insuficiente o de mala calidad puede estar asociado con dificultades en ese terreno, justamente porque afecta procesos que ayudan a interpretar a los demás.
Eso se nota, por ejemplo, en niños que entienden mejor los dobles sentidos, que captan cuándo otro no sabe lo mismo que ellos o que no se apuran tanto a interpretar todo desde su propia mirada. No es una habilidad masiva ni automática, y justamente por eso resulta tan valiosa.