De hecho, estudios científicos han concluido que hasta 4 de cada 10 niños desarrollan dificultades alimentarias y la selectividad alimentaria es una de las situaciones más frecuentes. Hay chicos que se niegan a comer determinados alimentos y, más aún, hay algunos que solo aceptan comer siempre más o menos lo mismo. Milanesas, fideos, hamburguesas, salchichas son parte de los menús más aceptados. Como contrapartida, con escasez de frutas y verduras, indispensables por ser fuente de aportes únicos.
“En el consultorio, es frecuente encontrar niños cuya dieta gira en torno a un grupo muy reducido de alimentos: fideos, pollo rebozado, galletitas o lácteos. Aunque el volumen ingerido sea suficiente, la falta de variedad limita el aporte de nutrientes esenciales. Esto genera mucha angustia en las familias, discusiones, pero es bueno que traigan esa problemática a la consulta, porque existen estrategias específicas de probado éxito para comenzar a superar esta alimentación restrictiva ”, sostuvo la licenciada Lucía De Nobili, Magister en Nutrición Materno Infantil, nutricionista de Planta del Hospital Ramón Carrillo e integrante del Grupo de Estudio de Pediatría AADYND.
Qué pasa cuando los chicos comen siempre lo mismo
Cuando la dieta es monótona, el riesgo no está en la cantidad, sino en la calidad. Muchos niños cubren calorías, pero no alcanzan los requerimientos de nutrientes críticos como proteínas, calcio, hierro, vitamina B12, zinc y ácidos grasos esenciales.
“ La selectividad y la monotonía alimentaria no siempre responden a ‘caprichos’. La dificultad para incorporar variedad no se explica por una sola causa. Es el resultado de la interacción entre factores biológicos propios del desarrollo y aspectos conductuales que se consolidan en el entorno familiar”, explicó la doctora Irina Kovalskys, médica pediatra, especialista en Nutrición y Doctora en Medicina.
El rechazo a ciertos alimentos: desde la neofobia hasta una sensibilidad especial
El rechazo a incorporar determinados productos en la dieta infantil oscila entre la resistencia natural a lo desconocido y particularidades de la sensibilidad sensorial. Es bueno poder comprender qué es lo que les pasa a los chicos, no solo para evitar conflictos y malos momentos para todos a la hora de la comida, sino también para poder ayudarlos.
Desde una perspectiva biológica, la neofobia alimentaria, que es el rechazo a probar alimentos nuevos, constituye uno de los fenómenos más habituales entre los 2 y los 6 años. Este comportamiento posee un trasfondo evolutivo que actúa como un mecanismo protector en la etapa en que los niños ganan mayor autonomía.
“La resistencia a probar alimentos nuevos es una respuesta esperable del desarrollo, pero se vuelve un problema cuando esa limitación no se resuelve en el tiempo ”, advierte al respecto la licenciada De Nobili.
Expertos alertan sobre los riesgos de eliminar grupos de alimentos en la dieta de los niños
Expertos alertan sobre los riesgos de eliminar grupos de alimentos en la dieta de los niños
Por otra parte, la sensibilidad sensorial emerge como otro factor determinante, manifestándose en el rechazo hacia texturas, colores, olores o temperaturas específicas. Estas alteraciones pueden ser indicativas de dificultades en el procesamiento sensorial y, en ciertas ocasiones, vincularse a cuadros de mayor complejidad.
En la práctica, estas manifestaciones se traducen en conductas muy marcadas: niños que evitan alimentos blandos como purés o frutas maduras para volcarse exclusivamente hacia texturas crocantes como galletitas o milanesas; el rechazo a preparaciones mezcladas como guisos y ensaladas; o la selectividad basada estrictamente en el color, como evitar de forma tajante los alimentos verdes.
Todo por que coma: errores comunes y el rol de las familias
La búsqueda constante de familiaridad también consolida patrones repetitivos. La tendencia a ofrecer siempre fideos o milanesas para garantizar que el niño "coma algo" suele cronificar estas conductas. En este punto, existen dinámicas familiares que, de manera involuntaria, terminan reforzando la selectividad del menor:
- Presión activa: Las acciones de insistir, negociar o forzar el consumo de comida pueden intensificar el rechazo.
- Uso de pantallas: La utilización de dispositivos electrónicos funciona como un distractor que interfiere con el registro interno de hambre y saciedad.
- Menús fijos: Limitar la oferta a platos que ya se sabe que el niño acepta reduce drásticamente la exposición a nuevas opciones.
- Falta de rutinas: La ausencia de horarios regulares para las comidas complejiza la regulación natural del apetito.
El abordaje de esta problemática, por tanto, trasciende el comportamiento del niño. “La alimentación es una interacción. No depende solo del niño, sino también de cómo los adultos organizan la oferta, el ambiente y las expectativas. Para muchas familias, la dificultad no es ofrecer alimentos nuevos, sino sostener el proceso sin frustrarse. Es un trabajo gradual que requiere paciencia y acompañamiento”, concluye la doctora Irina Kovalskys, médica pediatra, especialista en Nutrición y doctora en Medicina.
Señales de alerta que requieren consulta
Diferenciar entre una etapa y una dificultad persistente es clave. Algunos indicadores a considerar:
- Duración mayor a 3 meses.
- Menos de 10-15 alimentos aceptados.
- Rechazo sistemático por textura, color u olor.
- Tiempo excesivo para comer o conflictos frecuentes en la mesa.
- Impacto en la dinámica familiar
Estrategias para ampliar la variedad en la alimentación de los chicos
Ampliar la alimentación es posible, pero requiere consistencia, tiempo y un enfoque progresivo. Diversos estudios y autores que analizan el tema mencionan estrategias que pueden aplicarse para lograr ampliar la variedad de alimentos que consumen los chicos.
La alimentación infantil sana es posible.
Nutrición infantil: muchos chicos rechazan ciertas comidas y esa alimentación acotada puede impactar en su salud y su desarrollo.
1. Exposición repetida: ofrecer sin obligar, un alimento puede necesitar entre 8 y 15 exposiciones antes de ser aceptado. Por ejemplo, servir brócoli en pequeñas cantidades en el plato, aunque no lo coma; incluir siempre una fruta nueva en la mesa familiar o ir cambiando la forma de presentación: zanahoria cruda, rallada o al horno. Lo importante no es que lo coma ese día, sino que lo vea, lo huela y se familiarice.
2. Transiciones desde lo aceptado: partir de alimentos seguros y hacer cambios graduales facilita la aceptación. En otras palabras, si come milanesas, probar milanesa de pollo y luego de pescado; si come fideos blancos, agregar salsa suave y luego verduras o mezclar un puré que acepta con otro nuevo (papa y calabaza). El cambio brusco suele generar rechazo; lo gradual construye confianza.
3. Ambiente sin presión ni negociación: la presión aumenta la resistencia y deteriora el vínculo con la comida. Evitar frases como ‘comé por mamá’ o ‘una más y terminás’. No usar premios (‘si comés, hay postre’) y permitir que decida cuánto comer. El adulto define qué ofrece, pero el niño decide cuánto comer.
4. Rutinas claras y previsibles: el orden ayuda a regular el apetito y reduce conflictos. Comer siempre en la mesa, sin pantallas, establecer horarios (desayuno, almuerzo, merienda, cena) y limitar la duración a 20-30 minutos. Si el niño sabe qué esperar, disminuye la ansiedad.
5. Participación activa del niño: el contacto con los alimentos mejora la aceptación. Involucrarse reduce el rechazo y aumenta la curiosidad. Que lave verduras o arme su plato, que elijan juntos una fruta en el supermercado y preparen -con supervisión- recetas simples (amasar, mezclar ingredientes).
6. Adaptar lo sensorial: modificar textura, forma o presentación puede marcar la diferencia. Si rechaza verduras cocidas, probarlas crocantes al horno; presentar alimentos separados en lugar de mezclados o usar cortes divertidos o formatos conocidos.
7. Apoyo nutricional cuando es necesario: cuando la dieta es limitada, el pediatra o nutricionista puede indicar suplementos alimentarios que ayuden a cubrir déficits. Mientras se trabaja en ampliar la variedad, se puede incorporar un suplemento en forma de batido en el desayuno o merienda, junto con una fruta. La clave es entenderlo como un complemento, no como reemplazo de comidas.
Las especialistas señalaron que en cada niño funcionará más una u otra estrategia, pero lo importante es probar y ser consistente. En conjunto, estas propuestas apuntan a algo central: construir una relación positiva con la comida.Destacaron que no se trata de que el niño coma perfecto de un día para otro, sino de generar condiciones para que, con el tiempo, pueda ampliar su alimentación sin conflicto.