El cheesecake es uno de esos postres que nunca falla. Cremoso, fresco y con ese equilibrio perfecto entre dulce y ácido que lo vuelve irresistible. Y si encima es de limón, sin horno y sin gelatina, solo buenos ingredientes, frío de heladera y un poco de paciencia.
Esta versión es ideal para cuando querés algo rico pero no tenés ganas de prender el horno, sobre todo en días de calor o cuando necesitás un postre práctico para llevar a una reunión. Tiene una base clásica de galletitas, un relleno suave y aireado, y un sabor a limón delicado que no empalaga.
Es de esas tortas que parecen más elaboradas de lo que realmente son. Además, al no llevar gelatina, la textura queda más natural, bien cremosa, casi como una mousse firme.
El secreto está en batir bien la crema y respetar el tiempo de frío. Con eso alcanza para que el cheesecake tome cuerpo y se pueda cortar prolijo. Esta receta está pensada para un molde chico de 15 cm de diámetro. Si querés hacer uno más grande, simplemente duplicá las cantidades.