Un examen de Cafiero ante Cristina y de Fernández frente a Putin

Cristina Kirchner no descendió a escuchar la exposición de Cafiero en la casa donde es anfitriona. La ausencia de la vice puso en evidencia que uno de los primeros evaluados es él.

Un examen de Cafiero ante Cristina y de Fernández frente a Putin
La ausencia de la vice puso en evidencia que uno de los primeros evaluados es él.

Con más de 80 mil muertos por coronavirus en la espalda, la Argentina todavía ignora cuándo terminará la tragedia del presente, cuándo llegará el día de la última víctima, cuándo el regreso a la precaria economía previa al desastre.

La OCDE estima que entre los miembros de los Grupo de los 20, Argentina será el país que más tardará en reponer su economía en los niveles previos al coronavirus. Alcanzaría a reconstruir lo perdido recién a mediados de 2026. Es un cálculo provisorio. La crisis social entró ahora en otro espiral descendente porque la tardanza en la provisión de las vacunas obligó otra vez a nuevos confinamientos. Otra recesión inducida. Cantará la pobreza su canción invernal.

El final de la pesadilla está lejos. Sin embargo, el Gobierno nacional ya resolvió subirse al podio de la superioridad moral para prometer escarmiento. El jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, les advirtió a las voces disidentes -en el Senado Nacional y fuera de él- que el Gobierno será el promotor de una futura rendición de cuentas.

Conviene, en rigor, deflactar un poco la bravata. Cristina Kirchner no descendió a escucharla en la casa donde es anfitriona. Cafiero amenazó con un examen ajeno. La ausencia de la vice puso en evidencia que uno de los primeros evaluados es él.

La rendición de cuentas prometida no será. Está a años luz el debate que se observa en estos días en Estados Unidos, donde, por las normas de acceso a la información pública, trascendieron los correos electrónicos que intercambiaron Anthony Fauci, principal asesor de política sanitaria del gobierno, y George Gao, director de la oficina china para el control y prevención de enfermedades.

Aquí, el exministro Ginés González García admitió ayer entre dientes que se hicieron “once fases tres” en la Argentina. Dejó entender que hubo más de una decena de ensayos de vacunas contra el coronavirus con voluntarios argentinos. Entre ellos los cerca de 6 mil que pusieron el hombro para probar la por entonces desconocida eficiencia de la vacuna de Pfizer y los cientos de miles que cruzaron los dedos con la Sputnik V hasta que una publicación de la revista científica The Lancet le dio una certificación provisoria. Los cobayos más generosos del mundo. Sin embargo, no fue suficiente para vacunar a tiempo.

Nada de eso es lo que promete Cafiero, el nieto de su abuelo. Pero su advertencia debe ser leída como una revelación del texto que memorizó para rendir frente a Cristina. El oficialismo no sabe cuándo termina la pesadilla, pero ya conoce la fecha de examen: el 14 de noviembre. La rendición de cuentas que sugiere Cafiero es la noche de la elección. Caducó el libreto de la unidad nacional que encumbró a Alberto Fernández en una popularidad irrepetible. Cuando lo comparaban con Churchill. Allá lejos, a comienzos de la emergencia.

Se trata de un cálculo pragmático. En noviembre el país entero estará en los hechos inmunizado. Por vacuna o por contagio. La elección se dirimirá ofreciendo un culpable por la pandemia: la oposición. Y un placebo para la economía familiar destruida: asistencia estatal reforzada en un contexto (ideal, esperado) de moderada inflación. La ecuación del oficialismo: a mayor pobreza, más oportunidad.

Martín Guzmán tiene que garantizar en la economía esas cosas incompatibles. Emisión para repartir subsidios; dólar y tarifas planchados para no espantar más la inflación. Cristina le marcó la cancha hace ya tiempo con el destino de los derechos especiales de giro que distribuirá el FMI. Si son dólares, deben ir a campaña.

Y lo volvió a anticipar esta semana con el aumento de las dietas en el Congreso, por encima de la pauta salarial sugerida en el Presupuesto. Detonó el techo de paritarias. La misión imposible de Guzmán, si decide aceptarla, es explicarles estas previsibles heterodoxias a sus interlocutores en el Fondo Monetario Internacional.

Alberto Fernández observa esa deriva con sumisión pública. ¿A quién si no a él mismo le tocará en desgracia abrir la olla a presión el día después de las elecciones, incluso en el escenario hipotético de un triunfo? ¿Quién deberá administrar la presión del dólar subvaluado, las tarifas induciendo carencia energética, la bola de nieve de vencimientos externos postergados, la inflación registrando esas expectativas y el salario y subsidios sociales corriendo detrás de la devaluación?

Las extrañas reflexiones que el Presidente volcó al azar en estos días en el foro de San Petersburgo, encabezado por Vladimir Putin, dan cuenta de la desorientación que lo embarga ante ese desafío. Fernández habló como si Putin fuera el líder de la Unión Soviética que ya no existe. Denostando al capitalismo del cual Rusia y China son dos exponentes tan potentes y expansivos que en la crisis le disputaron a Estados Unidos y Europa la venta geopolítica de las vacunas.

Es posible que Fernández haya querido referirse a las evidentes fallas de la gobernanza global durante la pandemia. Más perceptibles en Europa y Estados Unidos, por las dificultades de articulación que les imponen sus regímenes de gobierno abierto.

La desesperanza de Fernández sería en ese caso más bien política. Más grave y premonitoria. Una frustración con las democracias occidentales. Una capitulación anticipada ante las autocracias capitalistas.

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