Un escribano en la Ciudad de Barro

Tal vez Dios exista, pero hoy estuvo ocupado en otros menesteres. Me toca llorar y seguramente lo seguiré haciendo. Atravesaré esta tragedia como lo hacen todos a mi alrededor. Pero mañana, o en unos días, o en unas semanas, me levantaré y junto a los vecinos reconstruiremos nuestra ciudad.

Un escribano en la Ciudad de Barro
Terremoto de 1861 en Mendoza

Hay momentos cruciales en la historia de los mendocinos y uno de ellos fue el terremoto del 20 de marzo de 1861. He querido recrear -con el permiso que me da la ficción literaria- la voz en primera persona del escribano Roque Jacinto Rodríguez, protagonista de los hechos que se narran a continuación.

“Todo el día de hoy hizo calor, como si fuera enero. El verano parece no querer irse y encima por la tarde tuvimos ráfagas de viento zonda. Nos juntamos en la casa del Juez Domingo Bombal a donde suele ir el fiscal Villegas. Manuel Ortiz, Andrés Alvarez, Francisco Mayorga y yo, Roque Jacinto Rodríguez, somos los cuatro escribanos que hay en la ciudad. Podemos decir que hay una proporción de aproximadamente un escribano cada 5.000 habitantes. Los escribanos, el juez y el fiscal, tenemos esta costumbre de vernos todos los miércoles a las siete de la tarde y tomarnos unas copas de vino enfriado en la acequia con agua del deshielo; lo acompañamos con aceitunas sajadas, pasas, quesito de chancho y pan casero. Allí desperdiciamos el tiempo hablando de nuestras dudas jurídicas y lo recuperamos hablando de las carreras cuadreras del domingo que pasó, de las hermosas mujeres que hay en nuestra ciudad y de las proezas recientes de algún matón que viene poniendo a todos en vilo desde hace unos días. Las risas se intercalan con las anécdotas y las consultas profesionales. El Juez Bombal nos filtra alguna información de los expedientes judiciales y pide por favor, que guardemos la debida confidencialidad del asunto. Antes de las diez de la noche mis colegas, los escribanos Mayorga, Alvarez y Ortiz se van a sus casas. El juez Bombal, el fiscal Villegas y yo nos quedamos conversando en la amplia galería de baldosas en damero negro y marfil. Ya he señalado el botellón de vino, como para indicar que nos iremos recién cuando se termine. El fiscal se pone serio y nos cuenta algo para lo cual necesitaba un clima de intimidad. Sí, el asunto es serio. Nos cuenta que ha empezado una relación amorosa con una mujer casada. El también es casado y tiene hijos. Se ha enamorado de la esposa del Comisario General. Lo escuchamos con rigurosa atención y también con preocupación. Mendoza es una ciudad pequeña en donde los chismes de cuernos y de deudas se conocen rápidamente y el escarnio es algo que llegará seguro. Lo primero que le aconsejo al fiscal, es que se cuide y que cuide muy bien la reputación y el buen nombre de su amada. Bombal aconseja que la pareja se vaya a rehacer otra vida en otra provincia o en Chile. Nos hemos quedado los tres en silencio. Son las once de la noche y el calor no amaina. En eso, tiembla. La casa cruje. Las casas en Mendoza son todas de adobe. Y todas crujen. Pasó el susto, pasó el temblor y volvimos a la historia del fiscal. Son las once y cuarto y vuelve a temblar. La noche está muy estrellada acá en el centro de la ciudad, pero desde el sur y también en la cordillera se ve una enorme sombra negra que no es otra cosa que una gigantesca y espesa nube. Seguimos hablando, ya con menos concentración y algo inquietos por los movimientos sísmicos recientes. Son las once y veintiocho minutos de la noche. Los perros ladran de un modo extraño y continuo. El grito desgarrador de las catas y otras aves anuncia algo. A las once y treinta en punto el suelo empieza a vibrar, como si algo estuviera hirviendo debajo de nuestros pies con un ruido de borbotones graves. Crujen los techos y de sus cañas cae la arena acumulada durante años o siglos. Las copas y platos del armario de roble tintinean hasta caer al piso. Se cae un cuadro y un jarrón incaico, se caen otras copas, empiezan a quebrarse los marcos de las puertas y de las ventanas y puedo ver el movimiento ondular de todo, como si estuviéramos en una tormenta adentro de un barco en el medio del mar. Se cae un muro de la casa que da a la galería. Salimos corriendo al patio y después a la calle. El Juez Bombal saca a toda su familia también a la calle. Allí quedamos parados viendo el derrumbe final del coqueto y señorial caserón del juez. El sonido de la ciudad es el murmullo que hacen todos los diablos cuando están gritando o cuando ríen al unísono. El infierno parece cerca. Está cerca. Allí nomás salgo corriendo de lo de Bombal y me dirijo hacia mi casa, a buscar a mi esposa y a la hija que vive conmigo. Al lado vive mi otra hija, la mayor con su esposo. Acaba de tener un hijo. Todo queda a unas doce cuadras de donde estoy. Tengo que atravesar casi la ciudad de norte a sur. Iré por la calle de San Nicolás para ir más rápido. Pero no puedo llegar, las consecuencias del terremoto se interponen todo el tiempo entre mis pasos. Mi destino se va diluyendo, se va estirando y no sé cuándo llegaré a casa. Esto es así porque en el medio de mi travesía, ocurre la historia, mi historia y la de las personas a las que debo ayudar. Cada treinta o cuarenta metros me detengo para levantar un poste de quebracho sobre la cabeza de un niño que parece dormido, o para sacar debajo de los escombros a un joven que ya no siente las piernas. El trayecto hasta mi casa no debería durar más de veinte minutos, pero yo ya llevo tres horas quedándome a sacar vecinos de los escombros. Quiero ver a mi familia. La ansiedad no me permite llorar. Los ancianos gimen, los niños sí lloran, las mujeres gritan los nombres de sus hijos a los que no los pueden ver ni oír y los hombres sudan de desesperación y de angustia, pero ejercen una fuerza sobrehumana para levantar adobes gigantescos, vigas y columnas caídos sobre los cuerpos de sus seres queridos. Los muertos, que están por todas partes, duermen como el niño que vi primero. Por fin he llegado a mi casa. Pero todo es inútil ya. Mi esposa y mi hija Adela están sin vida. Sigo corriendo unos metros más y llego hasta la casa de mi hija mayor. Allí siento sus gritos, tiene en sus brazos a su bebé. Adobes inmensos los cubren. Después de dos horas logramos sacar con vida a los dos, con la ayuda de unos vecinos. El niño respira, si respira, gracias a Dios respira. Mi yerno también ha muerto. Con todas mis preguntas sin respuestas, en la más clara desolación, miro sin saber por qué durante unos segundos al cielo azul, que ya empieza de a poco a cubrirse de nubes. ¡Qué vacío siento! ¡Qué importa ya la historia amorosa del fiscal!¡Qué importan los pequeños hábitos, mi vino y mi tertulia! ¡Qué distinto es el tamaño de la realidad después de un terremoto! Ya no me interesa si el príncipe Hamlet vengará o no a su padre, ya no retengo ninguna de mis poesías ocultas e ignotas, ni recuerdo el sabor de un Jerez o de un pastelito frito! No importa ya la travesía increíble que mi padre hizo junto al General San Martín en el cruce de la cordillera para liberar a un continente. No sé dónde quedó la patria. Todo ha perdido sentido para mí. Ni siquiera sé si hay otras ciudades en el mundo que estarán sufriendo lo mismo en este momento. Un astrofísico famoso de Europa viene diciendo que un meteorito del tamaño de una cuadra podría destruir la Tierra si contra ella impactara. No sé si estoy frente al fin del mundo o si solamente es mi mundo el que se acaba de oscurecer. Ahora las nubes se desploman, cae un aguacero que si bien es cierto apagará algunos incendios, hará más triste y difícil la arcadia de los mendocinos. Las acequias y los canales se atascarán de escombros y se producirá una inundación. La lluvia empieza a confundirse con las lágrimas de todos. Hace nada más que cinco horas atrás yo vivía en una ciudad apacible, con amigos, con familia, con algunos libros que cobijaban mis dudas y pensamientos y ahora solo tengo una gran montaña de barro, de carne, de huesos, de saqueos y de almas que penan por todos lados. Saldrán las arañas, las ratas, las vinchucas y las víboras de su escondite y llegarán en los próximos días las pestes más horribles para terminar de hacer su trabajo de destrucción. Los perros sin dueños comerán los cadáveres. Los jotes y los caranchos harán lo suyo. Tal vez Dios exista, pero hoy estuvo ocupado en otros menesteres. Me toca llorar y seguramente lo seguiré haciendo. Atravesaré esta tragedia como lo hacen todos a mi alrededor. Pero mañana, o en unos días, o en unas semanas, me levantaré y junto a los vecinos reconstruiremos nuestra ciudad. Pido perdón a mis vecinos que solicitaron mis servicios de escribano público porque no sé en qué estado habrá quedado mi protocolo, en el que espero que aún queden vivas mis escrituras”.

He querido recordar en esta ficción, el momento histórico sufrido en la ciudad de Mendoza en la segunda mitad del siglo XIX. Los cuatro escribanos de Mendoza que menciono en el relato, sobrevivieron al terremoto del día 20 de marzo de 1861, de 7.8 en la escala de Richter que duró aproximadamente dos minutos. Los cuatro emprendieron su actividad notarial a los veintiocho días del desastre. Gracias a su acción, se pudo reconstruir el catastro de la ciudad. Los protocolos quedaron dañados, pero la guarda que de esos protocolos hicieron esos escribanos permitió que las personas conservaran la determinación parcelaria y jurídica de sus propiedades. Fue por sus protocolos que los derechos se preservaron. Ese día, y los días posteriores, murieron cerca de diez mil personas, más de la mitad de los que vivían en la ciudad Capital, en donde no hay calles ni plazas ni placas que recuerden al escribano Roque Jacinto Rodríguez.

Nota del autor: la fuente documental de este relato son los protocolos de los cuatro escribanos, una crónica escrita por el escribano Rodríguez extraída del Archivo Histórico de Mendoza y la tesis doctoral “El notario en la Fundación y en la Reconstrucción de una Ciudad: Mendoza” de la Doctora Elena Guevara Anzorena – Mayo 1994. Los escribanos y el Juez existieron. El fiscal es pura ficción.

* El autor es escribano público.

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