Serbia y la cruzada anti-vacuna de Djokovic

Cientos de personas frente al parlamento serbio en una muestra de apoyo al jugador serbio Novak Djokovic que quería jugar el abierto de Australia sin vacunarse contra el Covid-19.
Cientos de personas frente al parlamento serbio en una muestra de apoyo al jugador serbio Novak Djokovic que quería jugar el abierto de Australia sin vacunarse contra el Covid-19.

La cruzada anti-vacuna de Djokovic excitó en Serbia un nacionalismo con muchas versiones exacerbadas.

El nacionalismo serbio disparó las balas que acribillaron al archiduque Francisco Fernando y la archiduquesa Sofía en Sarajevo, iniciando el big bang que detonó la Primera Guerra Mundial. Al gatillo lo apretó un miembro de la organización nacionalista serbia La Mano Negra. Y en la última década del siglo XX, la expresión más extrema de ese nacionalismo eslavo reapareció encarnado en Slobodan Milosevic.

El mariscal Tito era un comunista croata que había vencido a los ustachas fascistas de Croacia, pero con una milicia serbia: los chetniks. Por eso Yugoslavia tuvo el centro del poder en Belgrado, pero fue federal, dejó territorios con población serbia bajo soberanía de Croacia y de Bosnia, y dio autonomía dentro de Serbia a Kosovo y Vojvodina.

Pero tras la muerte de Tito, el ultranacionalismo serbio empezó a derribar las contenciones que le había impuesto el mariscal.

El resultado fue peor. Primero se independizó Eslovenia, luego Franjo Tudjman declaró la independencia de Croacia y poco después Alia Izetbegovic separó a Bosnia Herzegovina. Las sangrientas guerras que Milosevic le impuso a Croacia y a Bosnia para arrebatarle los territorios con población serbia y construir “la Gran Serbia”, mostraron el lado más feroz de un nacionalismo con raíces milenarias, con héroes y glorias, pero también con ríos de sangre.

Sin proponérselo, Novak Djokovic hizo que en Serbia asomara un nacionalismo proclive a la exacerbación. No era ese el objetivo del tenista serbio. La batalla que perdió en Australia fue, de hecho, una cruzada mundial anti-vacuna. Y es probable que el fallo que lo derrotó haya tenido un componente de resistencia pro-vacuna. Sobre la justicia o no de ese fallo, como en tantos otros temas jurídicos, las bibliotecas se dividen.

Lo que no se dividió fue la clase dirigente serbia. Gobierno, oposición y medios de comunicación se embanderaron con el ídolo deportivo y repudiaron al Estado australiano, calificando de “farsa” el proceso judicial que derivó en la deportación.

¿Acaso el país de Djokovic también es anti-vacunas? No. Como en el resto del mundo, los anti-vacuna son minoría. El problema es que en esa minoría está el astro deportivo que le devolvió el orgullo al país que cayó derrotado en todas las guerras de Milosevic y perdió el hinterland que había reconquistado en la Segunda Guerra Mundial: Yugoslavia.

El gobierno de Serbia realizó un plan de inoculación masiva que incluyó el pago de 25 euros a quienes acudieran a vacunarse. El presidente Aleksandar Vucic se esforzó para convencer a los anti-vacuna sobre lo nocivo y peligroso que resultan. En esa minoría estaba la cantante pop Jelena Karleusa, pero cambió de posición y llamó a los jóvenes a vacunarse.

Quien no cambió de posición fue Djokovic. Al contrario, devino un cruzado global contra la vacunación. Perdió la batalla en Australia pero visibilizó esa causa y, seguramente, acrecentó en el mundo el temor a las vacunas y el activismo anti-vacunas.

Su derrota fue vivida en Serbia como humillación, por eso gobierno y prensa se embanderaron acríticamente con el tenista. Djokovic activó el nacionalismo de ese pueblo eslavo que se derramó hacia el sur desde la cuna eslava (lo que hoy es Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Polonia) hasta llegar a los Balcanes en el siglo V. Allí se convirtió en vecino de Grecia, que les transfirió el cristianismo ortodoxo y el alfabeto cirílico en el siglo IX.

Cuando fueron sometidos por los otomanos en el siglo XV, Serbia era un reino medieval fuerte y extenso. La religión que recibió de los monjes griegos Cirilo y Metodio, que junto al alfabeto con que fueron cristianizados recorrió las venas eslavas hasta convertirse en la religión y el alfabeto de rusos, bielorrusos y ucranianos, fue un instrumento de identidad nacional porque medio milenio dentro del imperio otomano no alcanzó para islamizarlos. No obstante, adquirieron rasgos bizantinos que los alejaron de los otros eslavos balcánicos, los croatas y los eslovenos, que se habían germanizado dentro del imperio austrohúngaro.

Por eso, tras la Primera Guerra Mundial, nació crujiendo el llamado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, regido por un monarca nacionalista serbio: Pedro Karageorgevic.

Ese primer estado yugoslavo, palabra que significa “eslavos del sur”, desapareció en la Segunda Gran Guerra y renació luego como Estado comunista. Durante la desintegración de Yugoslavia, tanto Milosevic como los sanguinarios líderes serbo-bosnios Karadzic y Mladic mostraron los extremos a los que puede llegar el ultra-nacionalismo.

En Serbia, todos los partidos son nacionalistas. Vucic llegó al poder con el Partido Progresista, que profesa un nacionalismo moderado, pero antes militó en el ultranacionalista Partido Radical Serbio, que reivindica el proyecto expansionista de Milosevic que desangró los Balcanes.

La cruzada anti-vacuna de Djokovic excitó un nacionalismo cuyas versiones exacerbadas siempre están a milímetros de la superficie.

*El autor es politólogo y periodista

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