Relatos salvajes desde la Argentina tomada

Acampe del Polo Obrero en Mendoza
Cientos de manifestantes del Polo Bobrero de Mendoza reclaman por aumentos en planes sociales y posibilidades de trabajo mientras acampan en la Plaza Independencia
Foto: Orlando Pelichotti/ Los Andes
Acampe del Polo Obrero en Mendoza Cientos de manifestantes del Polo Bobrero de Mendoza reclaman por aumentos en planes sociales y posibilidades de trabajo mientras acampan en la Plaza Independencia Foto: Orlando Pelichotti/ Los Andes

La cruda versión social de lo que algunos llaman “la Argentina tomada”. Con calles y rutas cortadas (ahora se anuncian piquetes en rutas de casi todo el país, entre ellas la 7, en Mendoza), espectáculos deportivos condicionados por barrabravas, tierras usurpadas y bloqueos sindicales de empresas.

Casi 20 minutos volaron pedazos de cemento, arrancados de la tribuna, desde la popular de Quilmes a la platea descubierta donde hinchas de Boca veían el partido por la Copa Argentina que se jugó el miércoles en el estadio Malvinas Argentinas. No está muy claro qué motivó el ataque, pero nada lo justifica. Apenas una muestra.

Fue el atentado a la vicepresidente, Cristina Kirchner, a manos de la inverosímil “banda de los copitos” lo que encendió las alarmas. Un fenómeno que, hasta ahora, pasaba inadvertido mostró su cara más dramática. Un link con algo que, según el periodista Carlos Pagni, comienzan a detectar en los focus group cualitativos que realizan investigadores sociales: “Es la primera vez que vemos semejante estado de desolación en la gente” cita a un experto.

Diez años de una economía en crisis cada vez más profunda, los efectos de la pandemia global y discursos políticos crispados parecen haber terminado por calar en un ánimo social que lo traduce en desesperanza, cuándo no, en una violencia casi anómica.

Durante dos días la plaza Independencia lució un aspecto inusual. Un acampe con 400 carpas desplegadas por organizaciones lideradas por el Polo Obrero replicó una escena habitual en la Plaza de Mayo o la Avenida 9 de Julio, de la ciudad de Buenos Aires. Ocupaban un espacio público en reclamo de trabajo, planes sociales y mejores salarios.

Algo similar a lo que pedía el centenar de personas que cortaba la ruta 11, en Santa Fe, cerca del límite con Chaco. No esperaban encontrarse con hinchas de Talleres de Córdoba que iban a ver a su equipo jugar contra Independiente. Barras de la T se bajaron de los micros y desalojaron la protesta a los golpes y, según versiones, a tiros. La ley del más fuerte.

Hay más. Encapuchados atacaron y quemaron un puesto móvil de Gendarmería en las cercanías de Villa Mascardi, en Río Negro. Los vecinos aseguran que son integrantes de una comunidad que se reivindica como mapuche y que, desde 2017, ha ocupado más de 40 hectáreas de parques nacionales, entre otras. Guardaparques denuncian que es “zona liberada”.

Y más. Grupos radicalizados de estudiantes mantienen tomas en una docena de colegios secundarios porteños donde, en alguno, hasta cerraron con candado los portones. Un puñado de alumnos muy ideologizados que no permiten estudiar a miles: Les pibis para la liberación.

Distintos tipos de violencia. La cruda versión social de lo que algunos llaman “la Argentina tomada”. Con calles y rutas cortadas (ahora se anuncian piquetes en rutas de casi todo el país, entre ellas la 7, en Mendoza), espectáculos deportivos condicionados por barrabravas, tierras usurpadas y bloqueos sindicales de empresas.

Tal vez sea la consecuencia de una economía maniatada hasta lo inverosímil por regulaciones, impuestos y cepos. De una política a la carta, que cambia de reglas de juego en función de las conveniencias, por caso, de gobernadores que buscan eliminar las PASO y reviven la ley de lemas. El ejemplo siempre baja.

Así, somos objeto de estudio. Universidades del mundo envían a estudiantes de sus masters más avanzados para analizar cómo manejar sus empresas en realidades como la nuestra. “Acá planifican lo que va a pasar mañana. Viven el día a día y hacen sus estrategias asi. La resiliencia de la gente es increíble”, dice uno. “Sorprende ver que, a pesar de una realidad económica muy complicada, los argentinos llevan una vida social superactiva, con restaurantes y bares atestados de gente”, pinta otro. Contrastes de un país de sobrevivientes

Sin proyecto colectivo, gobernados por ideas viejas e intereses facciosos. ¿Cómo haremos para dar un salto a la modernidad que nos saque del pasado permanente? El cambio debe ser cultural. Vaya desafío.

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